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Palabras de D. Ángel en la misa de la Jornada de la Vida Consagrada

 

El jueves día 2, la catedral albergó una celebración preparada por CONFER para festejar la Jornada de la Vida Consagrada. En la homilía el obispo de Segovia agradeció la tarea que los consagrados están realizando en la diócesis y subrayó que con su vida “son testigos de la misericordia y de la ternura de Dios hacía todo ser humano”. Transcribimos algunas de las palabras del obispo en la homilía.


 

Invitó a los religioso a hacer de sus comunidades, centros educativos y asistenciales:

 

1º Escuelas de evangelización.

Existimos para evangelizar: y el objetivo de la evangelización consiste en que toda persona humana se encuentra con Cristo y se enamore de Él. Esto es imposible trasmitirlo si uno no lo vive y si no lo vive con pasión. Un evangelizador auténtico ha de saber comunicar la belleza y alegría del cristianismo, y ha de convencer de que realmente vale la pena arriesgar la propia vida por Cristo; que no se nos pide otra cosa sino el que vivamos para Él y desde Él, que Él sea para nosotros ese tesoro escondido o esa perla fina del Evangelio, que lo merece todo y reclama que nuestro corazón sea ganado enteramente para Él, y que nuestros criterios de juicio y de pensamiento sean los suyos. Sólo en Cristo se encuentran la alegría y la plenitud de la vida. Sólo así se puede atraer a los no creyentes y a los alejados con una presentación, con un proyecto de vida fascinante del todo positiva, que corresponde a los anhelos profundos del corazón.

 

2º Escuela de Misión

Miembros activos de la iglesia y de la sociedad. Llevemos, pues, el Evangelio, sin ningún miedo ni complejo, con firmes y básicas certezas, con plena libertad y valentía, con la alegría que viene de Dios y el gozo de la dicha que encierra el tesoro del Evangelio, con las razones que sustentan el anuncio del Evangelio, capaces de responder con toda seguridad a las explicaciones que hoy se nos piden. Mostremos, sin echarnos atrás y sin retiramos, a Jesucristo; obedeciendo a Dios antes que a los hombres, conscientes y sabedores, con certeza, de que el Evangelio, la palabra de Dios, no están encadenados ni en trance de perecer, y son fuerza de salvación para todo el que cree; sabiendo, además, que navegamos contracorriente, que estamos en el «mar proceloso» de nuestro tiempo, sacudidos por tantas cosas, por tantas olas de modas culturales que tanto presionan, por tantos vientos, a veces tan adversos, que parecen confundirnos y llevarnos sin rumbo, al retortero. Pero el Señor está con nosotros, navega con nosotros sin bajarse de la frágil barca de Pedro (Cf Me 4,35-40), y que Él, en medio de la noche, ya en la alborada de un nuevo día, nos busca, viene a nuestro encuentro caminando sobre las «aguas agitadas» de hoy, agarrándonos de la mano para que no nos hundamos, y seamos salvados y conducidos a buen puerto con los vientos y las aguas sosegadas, Cristo sigue contando con nosotros.

 

3º Escuela de comunión

El espíritu misionero y evangelizador ha de ir acompañado necesariamente de la espiritualidad de comunión. Vivir en estrecha comunión con la Iglesia universal a través de su iglesia particular y en íntima conexión con su Obispo y sus sacerdotes. Nuestra misión es hacer unidad en la caridad. Tu Iglesia diocesana y la Iglesia Universal son única Iglesia: la Iglesia de Cristo, que es la misma Iglesia que la que está en Roma y en cualquier parroquia de la diócesis y en la propia comunidad. Esta espiritualidad es la capacidad de sentir al nosotros en la fe como alguien que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad; es saber dar un espacio al hermano, llevando las cargas los unos de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que nos asedian y generan competividad.

 

Dicha radicalidad evangélica de la Vida Consagrada se expresa en la comunión filial con la Iglesia, hogar de los hijos de Dios que Cristo ha edificado. La comunión con los Pastores, que en nombre del Señor proponen el depósito de la fe recibido a través de los Apóstoles, del Magisterio de la Iglesia y de la tradición cristiana. La comunión con vuestra familia religiosa, custodiando su genuino patrimonio espiritual con gratitud, y aprecian o también los otros carismas. La comunión con otros miembros de la Iglesia como los laicos, llamados a testimoniar desde su vocación específica el mismo evangelio del Señor.