Agenda de Eventos

CALENDARIO
Listar Todo (173 contenidos)

YA LLEGAN LOS SANTOS Y LOS DIFUNTOS

 

El próximo martes, día 1 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos y al día siguiente conmemora a Todos los Difuntos. Son días de especial culto y recuerdo hacia los que ya pasaron de esta vida a la otra.

 


Pero, ¿Cuál es esa otra vida?  Los no creyentes dicen que ninguna.  Para los que creemos en Cristo es la esperanza y la certeza de la pervivencia eterna junto a Dios. Deben ser muchos, muchísimos, los creyentes a juzgar por las manifestaciones de fe y asistencia a cultos y visita a los cementerios para rezar por los difuntos. Si no se cree ni se espera, sobra todo eso.

 

            En esa solemnidad de Todos los Santos la Iglesia celebra en conjunto a todos los salvados por Jesucristo, que gozan de su presencia y por lo mismo ya son “santos”. Durante el año, día a día, vamos honrando y celebrando a los que han sido canonizados, pero que son un número pequeño en relación con todos los salvados y redimidos por Cristo a través de todos los siglos. A esta multitud de santos anónimos los celebramos el día primero de noviembre: padres y madres de familia, jóvenes, viejos y niños, religiosos y laicos, misioneros y sacerdotes, religiosos y religiosas, trabajadores, gente de todas las clases sociales... que han ido pasando por la historia del mundo dejando una estela de bondad y buen hacer en cada época.  Estos testigos han sido y siguen siendo la Iglesia viva de Jesucristo, que muchos miopes de hoy no saben o quieren ver, y que confunden con otras cosas por una falta elemental de cultura religiosa y un desconocimiento absoluto de toda la historia de la Iglesia. El árbol les impide ver el bosque.

 

            Junto a esos santos, que gozan ya para siempre de la gloria, tenemos a otros redimidos que pueden estar purificando aún sus culpas pasadas y esperan su inmediata incorporación a los moradores de la Ciudad celestial. En el Purgatorio tenemos a muchos amigos y parientes, y sabemos por la “comunión de los santos” que los méritos y sufragios que realicemos por ellos pueden servirles ante la justicia divina, que es la que sabe dar a cada uno lo más justo. Por eso oramos por nuestros difuntos y muy especialmente en la Eucaristía para suplicar la benevolencia de Dios. Constatamos con tristeza la crueldad actual de tantos familiares que nunca ofrecen una Misa por sus difuntos más allegados, ni siquiera en el primer aniversario de su fallecimiento. ¿Es que no les deben ningún agradecimiento? Orar por los difuntos es un deber de caridad cristiana.

 

            La solemnidad de los Santos y la conmemoración de los Difuntos nos ofrecen una ocasión singular para poder sentirnos más Iglesia y más hermanos entre los hermanos, ya que todos pertenecemos a la única Iglesia de Jesucristo. Nos ofrecen una ocasión para plantearnos con autenticidad nuestra fe en Dios y despojarnos de posibles creencias mágicas o de querer comprar o engañar a Dios con monedas o flores o cirios... sin más.

Estas fechas nos deben hacer recordar que junto con los santos del cielo y los que están en el purgatorio formamos la única Iglesia de Cristo, y que todo el culto y la liturgia que hacemos nosotros en la tierra es exactamente la misma que la liturgia celeste. Los santos lo hacen en visión plena y nosotros lo hacemos en fe y en esperanza, pero todos tributamos la misma gloria y alabanza al Dios Uno y Trino en una misma liturgia perenne de acción de gracias. Esto es muy importante y a tener en cuenta para que nos esforcemos en dignificar cada vez más nuestras celebraciones litúrgicas con las que nos entroncamos con toda la historia de la salvación, y para que tengamos cada vez más ganas e ilusión en conectar con todos los redimidos.

 

            Con todo esto estamos dando cumplida razón de nuestra esperanza, esa virtud teologal que sólo puede tener el creyente  y que pone en práctica cuando ora por sus difuntos para que lleguen a los “cielos nuevos y la tierra nueva”, esa renovación misteriosa que transformará la humanidad y el universo. Porque no podemos quedarnos en una salvación individual y momentánea, sino que sabemos que al fin de los tiempos los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y toda la creación será renovada. Esta es la gran esperanza que nos ofrecen estas festividades y no sólo un recuerdo fugaz de nuestros difuntos. Seamos auténticos.

 

                                               Alfonso María Frechel Merino

                                               Canciller del Obispado