Secretariado de Medios

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El libro del Apocalipsis dice que Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo. Por él todo ha sido creado y hacia él tiende la creación entera en una especie de arrobamiento que busca la consumación. Al acercarnos al fin del año litúrgico, la Iglesia mira al punto final de la historia, al Cristo Omega que, según el Evangelio de hoy, viene «sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13,26) para congregar a la humanidad en un juicio definitivo y solemne. Este lenguaje, de estilo apocalíptico, era bien conocido de los contemporáneos de Cristo pues habían sido educados en una visión teológica del cosmos y de la historia. Junto a estas imágenes, sin embargo, el mismo Evangelio de hoy utiliza otras más sencillas que describen el fin del mundo de manera más cercana y amable. Jesús propone que, si miramos a la higuera cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano está cerca. Del mismo modo, cuando veamos que suceden los signos apocalípticos referidos en su discurso, debemos pensar que «él está cerca, a la puerta».

Junto a una visión extraordinaria del mundo que, ante la llegada del Señor, se estremece en sus fundamentos y en los cielos, tenemos esta otra del visitante que llama a la puerta. También esta imagen aparece en el Apocalipsis: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apc 3,20). Pocas imágenes podemos hallar más expresivas que esta. La historia se consumará cuando el Resucitado vuelva en su gloria y llame a mi puerta para cenar conmigo. El Dios de la creación y de la historia, el vencedor sobre el pecado y la muerte llama a la puerta para intimar en una cena que no tendrá fin.

Ante esta perspectiva se comprende que, desde la partida de Jesús resucitado al Padre, la iglesia anhelara su vuelta. Miraba al final, a la meta de su peregrinar. Añoraba el tiempo de la convivencia con el Maestro y atisbaba el horizonte con el deseo de su retorno. Estaba a la espera de que alguien llamara a la puerta y abrirle con la certeza de que era el Maestro. Esta visión de la historia hoy suena a mito, leyenda, relato piadoso y edificante, es decir, literatura. Nos falta la vivencia de la cercanía de Dios en Cristo. No miramos a la meta, hemos perdido lo que Julián Marías llamaba la visión «futuriza» de la vida. Si hay algo cierto es que la vida avanza hacia su fin. En estos días los poderosos de la tierra, reunidos para hablar del clima y de nuestro planeta, han pronunciado discursos apocalípticos sobre el fin de nuestro planeta si seguimos tratándolo como un cubo de basura. ¿Son los nuevos profetas? Dejando aparte la visión global del planeta, más cercano es el fin de cada uno de nosotros, la llegada a la «Estación Termini» de la vida. Como en la película de Vittorio de Sica que lleva este nombre, la estación es el símbolo de la decisión: ¿qué hacer con mi vida? No podemos dejar que pasen los trenes, uno tras otro, sin tomar en serio la verdad de mi vida, cuyo fin es seguro. La vida tiene un punto omega, que, gracias a Cristo, está lleno de esperanza y de amor infinito. Creer es esperar el momento de la consumación, de la plenitud escatológica en la que este mundo viejo dará paso al nuevo, totalmente liberado de la esclavitud y de la muerte, inimaginable pero real, un mundo que se abrirá paso en la vida de cada uno de nosotros cuando oigamos que llaman a la puerta y la abramos con la convicción de que el Altísimo se ha hecho tan cercano a nosotros, tan compañero y amigo, que viene a cenar con nosotros en la cena sin fin, partiendo el mismo pan que nosotros comemos cada domingo.

 

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Sábado, 06 Noviembre 2021 18:15

REVISTA DIOCESANA NOVIEMBRE 2021

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Hay enseñanzas de Jesús que parten de sus observaciones sobre la conducta de la gente. Por los Evangelios sabemos que Jesús era un observador atento a cuanto sucedía a su alrededor, bien en la calle con la gente, bien en los actos de sociedad, como un banquete, o bien mirando a la muchedumbre de los peregrinos cuando subían al templo. En el Evangelio de hoy, el evangelista dice que «estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,41-44).

            La fórmula que emplea Jesús para iniciar sus palabras —«en verdad os digo»— expresa que quiere enseñar algo importante. Para entender bien su enseñanza conviene tener en cuenta, en primer lugar, la contraposición entre «muchos ricos» y la «viuda pobre». Es sabido que en la Biblia la viuda es un personaje que representa el desamparo, la pobreza y la necesidad. Junto a los huérfanos y a los extranjeros vivían de las limosnas y ayudas de los demás, especialmente si la muerte del marido las había dejado sin recursos para vivir. De ahí que a Dios se le dé el calificativo de Dios de huérfanos y de viudas. Si, además, habían quedado sin descendencia, muchas de ellas quedaban en la más absoluta pobreza. Se explica que Jesús, en la cruz, viendo a su madre viuda, se la encomendase a Juan para que la protegiera. En el libro de Baruc, la comunidad judía en el destierro se presenta como una «viuda abandonada de todos» (4,12). Sabemos que la comunidad cristiana naciente se ocupó especialmente de las viudas, cuidando de su futuro y amparándolas frente a la adversidad.

            No es difícil imaginar la escena que contempla Jesús. En contraste con los ricos, la viuda se acerca a uno de los cepillos del templo y echa dos monedillas, que, según Marcos, era «todo lo que tenía para vivir». Esta traducción del texto griego le quita expresividad, porque literalmente dice: «ha echado toda su vida». Frente a los que echaban de lo que les sobraba, ella entrega la vida representada en las monedas que guardaba para sus sustento. No se escapó este gesto a la mirada aguda y penetrante de Jesús que conoce la intimidad de cada hombre. La viuda se convierte así en el prototipo del verdadero culto, pues esta escena tiene lugar en el templo, donde los judíos daban culto a Dios. Su actitud pone de relieve la esencia del culto a Dios, que no consiste en dar de lo que a uno le sobra, sino de entregar la vida entera en oblación. Si el primer mandamiento de la ley es amar a Dios con todas las fuerzas, la mente y el corazón, la pobre viuda lo ha cumplido con creces porque se ha dado a sí misma poniendo toda su seguridad y confianza en el Dios vivo.

            Hay pasajes evangélicos que resumen de modo admirable en qué consiste la esencia de la religión y del culto que damos a Dios. Este es uno de ellos. La viuda, sin buscarlo, es sacada por Jesús de su anonimato y enaltecida en su pequeñez hasta la cima de la ejemplaridad. Ella honra a Dios de la única manera que es posible honrarlo. Frente a un culto que reduce la entrega de uno mismo a dar de aquello que le sobra, la viuda adora a Dios con la virtud que es atributo de Dios: la magnanimidad. No se guarda nada para sí misma y lo entrega todo con el convencimiento de que Dios no necesita nuestras limosnas sino el corazón entregado. Este es el verdadero culto que conquista a Dios y atesora en el cielo nuestras riquezas.

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Premio SAR 1

 

El obispo de Segovia le hace entrega un reconocimiento concedido por representar a todos los que trabajan vocacionalmente por una Iglesia y una sociedad mejores

 

El premio San Alfonso Rodríguez que la Diócesis de Segovia concede anualmente a finales del mes de octubre reconoce en una sola persona la labor callada pero eficaz de todos aquellos que dedican su tiempo a los pequeños servicios cotidianos en favor de la Iglesia y la sociedad.

Esperanza Diéguez, de 79 años, ha sido la galardonada este año con todo merecimiento. Voluntaria en proyectos de carácter social desde hace 35 años, fue una de las pioneras en los programas de promoción de la mujer de Cáritas Diocesana de Segovia. Su labor ha sido múltiple y variada en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen de la capital: catequista de niños y jóvenes, animadora de grupos parroquiales, miembro del consejo de pastoral, responsable de Cáritas, estando siempre disponible para feligreses y vecinos.

En una típica tarde de otoño, la iglesia del Seminario acogió este pasado domingo 31 de octubre a un centenar de segovianos, amigos y familiares de la premiada y fieles de las parroquias de San Alfonso Rodríguez de El Sotillo y del Salvador, en Segovia, que siguen conservando la devoción al santo portero con entusiasmo y sentido cristiano.

En un clima de comunión y participación, a pocos días de haber comenzado el sínodo de la Iglesia Católica que por primera vez cuenta con una fase diocesana abierta a la escucha de todos, se leyeron textos místicos de san Alfonso acompañados de la música compuesta por la hermana Mónica Pérez, religiosa de María Inmaculada, se compartieron testimonios sobre la premiada y se remató el acto con el himno a San Alfonso Rodríguez cantado por los asistentes e interpretado al órgano por su autor, Alfonso María Frechel.

Tras recibir el llamador artesanal de manos del obispo de Segovia, Esperanza afirmó sentirse agradecida a Dios por haber podido demostrar en su vida su vocación de servicio a los demás y animó a todos hacer lo mismo.

Con estas palabras, se cerró una jornada festiva, un acto sencillo y coral, con muchas voces, de una Iglesia de Segovia que quiere seguir, al estilo de san Frutos y san Alfonso Rodríguez, la senda de la sencillez, la espiritualidad y el servicio a los demás en la sociedad de hoy.

La solemnidad de Todos los Santos apunta al origen y meta del cristiano y le advierte de que la vida es peregrinación. La santidad de Dios está en el origen de todo. Dios es santo. Así se reveló al pueblo de Israel. De esta verdad se deriva que el hombre, creado a su imagen, está llamado a la santidad. «Sed santos porque yo soy santo» (Lv 11,45). Jesús toma esta «ley de santidad» del pueblo judío y la reformula de esta manera: «Sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Es un cambio ligero pero significativo: nos acerca, en primer lugar, la imagen de Dios, llamándolo Padre, e interpreta la santidad en clave de perfección para hacernos entender que podemos llegar a alcanzarla, porque todo en el hombre tiende a la perfección de su ser, a la plenitud de sus capacidades si orienta bien su libertad.

Desde esta perspectiva, entendemos que san Pablo, dirigiéndose a los cristianos de sus comunidades, los llame «santos». Si lo consideramos bien, es una justa definición del cristiano, que ha sido santificado en el bautismo por su incorporación a Cristo. Es verdad que esta santidad ontológica del bautismo tiene que hacer efectiva en la santidad moral de cada día: en esto consiste el ejercicio de la vida cristiana. Aspirar a ser lo que ya somos por el bautismo.

Quienes han llegado a la patria del cielo, los santos —canonizados o no— han alcanzado la meta y en ellos brilla de modo definitivo la belleza de la santidad de Dios. El 1 de noviembre celebramos en una sola fiesta la multitud de quienes han imitado al Padre celestial y, durante su vida en la tierra, han reflejado en su comportamiento la forma de ser de Dios. Así exhorta san Pedro a sus cristianos: «Lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta» (1 Pe 1,15). Al contemplar ya en la gloria a quienes nos han precedido en la fe, nos miramos a nosotros mismos para recordar nuestra condición de «santos» en la tierra que caminan hacia su destino final. Hoy la palabra «santidad» suena extraña, alejada de nuestros intereses. Hablemos de integridad, rectitud, justicia, y seguramente nos resultará más familiar. Todo esto encierra el término hebreo (qadosh) con que la Biblia define la santidad, y lo que Jesús entiende por «perfección» cuando nos invita a ella. Es la llamada que Dios nos ha dirigido al crearnos según su propia imagen. Entender la vida así es la aspiración de nuestra naturaleza, que no podemos frustrar bajando el listón.

Los fieles difuntos, a quienes recordamos el 2 de noviembre, están ya salvados, aunque esperan el momento definitivo de ver a Dios cara a cara en el estado que la Iglesia llama «purificación». Son la iglesia purgante. Los conmemoramos con piedad y oramos por ellos con la clara certeza de que entre todos los miembros de la iglesia existe el vínculo indestructible de la caridad. La conmemoración de los fieles difuntos nos recuerda, a los que aún peregrinamos en este mundo, que existe otro, el definitivo, al que debemos llegar con la vestidura blanca del bautismo, limpios de toda mancha, para contemplar el rostro del Dios vivo, el solo Santo entre todos los santos. La santidad es, por tanto, participación de la vida de Dios. Él ha impreso en nosotros nuestra dignidad y destino. Nos ha entregado a su Hijo para que veamos en él lo que espera y quiere de nosotros. Nos ha dado todos los medios necesarios para llegar a la meta. Y, mientras caminamos, nos permite vivir en una purificación constante mediante los sacramentos, la oración y la práctica de las virtudes. No carecemos de nada para ser santos. Contamos, además, con una muchedumbre de intercesores que, desde la meta, nos aseguran que es posible alcanzarla.

+ César Franco

Obispo de Segovia.


El papa Francisco inauguraba el domingo pasado el sínodo que culminará en 2023. Hoy todas las diócesis del mundo iniciamos el proceso sinodal en la eucaristía dominical, precedida por la oración y reflexión de ayer, acogiendo el deseo del Papa al convocar este sínodo sobre el tema: «Por una iglesia sinodal: comunión, participación, misión». Os animo a que acojáis la invitación, que recibiréis de vuestros párrocos, sacerdotes o responsables de realidades eclesiales, para hacer visible que la iglesia es un pueblo que peregrina unido hacia la casa del Padre anunciando a todos los hombres la salvación de Cristo.

            Con el autor de la carta a los Hebreos, también yo os invito a manteneros firmes en la confesión de la fe verdadera y a acercaros a Cristo para recibir el auxilio oportuno. La iglesia, cuando camina unida, confiesa sin error la fe verdadera y la proclama con audacia en cada momento histórico. El nuestro no es un momento fácil, vivimos un cambio de época, que arranca de atrás con la secularización de la sociedad y el rechazo expreso de Dios. Hace unos días, un escritor de prestigio repetía lo que dijo uno de los impulsores del ateísmo contemporáneo: «El cristianismo está muerto, y bien muerto está». Es posible que, al decir esto, confundiera sus deseos con la realidad. Esta muestra todo lo contrario. Existe el pueblo cristiano que, aunque desaparezca de un lugar, renace en otro; existen los mártires que son semillas de cristianos; existen comunidades exultantes de vida en los lugares más insospechados del planeta. La razón es siempre la misma: Cristo vive y su presencia se hace palpable y visible en la comunión de la iglesia. Cuando se escribe la carta a los Hebreos, los cristianos eran considerados una secta del judaísmo, que ponía en peligro la ortodoxia de la ley. Los seguidores de Cristo eran perseguidos y encarcelaos, expropiados de sus bienes. Algunos apostataron de su fe, otros salieron fortalecidos de la prueba.

            ¿Cuál es el secreto de esta pervivencia de la Iglesia en medio de una sociedad adversa? Nos lo ha dicho el texto de Hebreos: Mantener la confesión de la fe porque tenemos un sacerdote grande, que ha vencido el pecado y la muerte, Jesús, el Hijo de Dios, sentado junto al Padre en el cielo. El sínodo pretende fortalecernos en la fe y hacer de la iglesia un pueblo confesante, capaz de llevar la salvación a los hombres, nuestros hermanos. Para hacer esto, no basta confesar el credo en nuestras asambleas, sino participar en la misión de la iglesia, ser todos actores convencidos de la salvación de Cristo. La fe se confiesa en el templo de manera solemne cada domingo, pero se confiesa en la calle, en la vida ordinaria, mediante el testimonio de una vida conformada a Cristo. En esto consiste evangelizar.

            Aprendamos la lección del evangelio de hoy. Los apóstoles seguían a Jesús, pero sus intereses no eran los suyos. Buscaban, como afirman expresamente Santiago y Juan, ocupar los primeros puestos en el reino que anunciaba Cristo. Y los demás apóstoles se indignaron con esta pretensión, que sin duda les arrebataba lo que también ellos querían: puestos de poder. Jesús les preguntan en primer lugar a los dos hermanos si están dispuestos a participar en su pasión, en su entrega de la vida a los hombres. Y a todos ellos les advierte del peligro de pensar y vivir con categorías mundanas: en su reino, los grandes serán los que sirvan; los primeros, los que se hagan esclavos de los demás, porque ese es el estilo de vida de Cristo: que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

            No pensemos que nosotros somos mejores que aquellos primeros apóstoles. La mundanidad es, dice el Papa Francisco, un peligro actual de la iglesia. Las pasiones humanas son las mismas: deseos de grandeza y poder, pretender dominar a los demás, afán de notoriedad, aspiran a ser servidos… Nada de esto corresponde al Reino de Cristo, ni a la iglesia que es su germen e inicio. La identificación con Jesús, que se nos pide en el evangelio, supone la aceptación de un estilo de vivir, de confesar la fe y de realizar la misión, totalmente alejado de los parámetros mundanos. Caminar juntos, en sinodalidad, nos sitúa ante los demás en actitud de servicio y disponibilidad, siempre dispuestos a dar la vida por los demás, sea cual sea nuestro lugar, ministerio o carisma en la Iglesia. Esto no significa un igualitarismo ingenuo y romántico de quienes pretenden anular toda diferencia y alteridad en la iglesia, estructurada a través de los diversos ministerios, carismas y servicios. Significa vivir en la «comunión» con aquel que es Redentor de todos y nos hace participes de su vida y misión por pura gracia. Significa que la dignidad de hijos de Dios precede y pervive antes de cualquier otra diferencia y nos permite tenernos por hermanos de Cristo y miembros de la Iglesia. Significa que la edificiación de la iglesia corresponde a todos, según la propia llamada de Dios y el estado de vida correspondiente. Por esta razón, debemos escucharnos con sencillez y verdad; acogernos sin acepción de personas; integrarnos en la unidad que brota de la Trinidad y de la eucaristía; perdonarnos sinceramente y llevar unos las cargas de los otros; vivir la misión que el Espíritu nos confíe; amarnos, en definitiva, como nos ama Cristo.

            Hacer un sínodo no es crear estructuras que se superpongan a los elementos constitutivos de la Iglesia. Es vivir lo que ya somos por gracia de Dios, por la redención de Cristo y por la acción siempre santificadora del Espíritu. Todos debemos ponernos a la escucha de lo que Dios quiere para esta iglesia de Segovia, renunciar a nuestros planes individualistas y acoger, mediante la obediencia de la fe, el plan de Dios para el mundo de hoy. La renovación de la iglesia pasa por la conversión personal y pastoral de cada miembro de la Iglesia. Sin esta conversión, toda reforma resultará estéril e ineficaz. Mediante la conversión, es decir, mediante la expropiación de nosotros mismos al servicio de Dios y de los hermanos, la iglesia se renovará y producirá los frutos de justicia y santidad que ha dado a lo largo de su historia. Así lo dice el texto de Isaías que hemos proclamado en la primera lectura, referido a Cristo, Siervo de Yahvé, que puede aplicarse a cada uno de nosotros. Al entregar su vida como expiación de los pecados del mundo, Dios ha dado a Cristo una descendencia innumerable. Su vida no ha sido un fracaso, sino la victoria sobre el mal. «Por los trabajos de su alma, verá la luz; el justo se saciará de conocimiento» (Is 53,11).

            Queridos diocesanos: Dios es fiel a sus promesas. Acerquémonos a él con toda confianza. Trabajemos gozosamente con todo nuestro ser y nuestras capacidades en el proceso sinodal que ahora iniciamos, y, como dice el profeta, veremos la luz. Esa luz es Cristo reconocido en su triunfo sobre el pecado y la muerte, aclamado por los pueblos, confesado por los suyos. En este tiempo de oración, reflexión y vida compartida, también nosotros nos saciaremos del verdadero conocimiento que se ofrece a los hombres como el mejor servicio y ofrenda de comunión y amor. Confiemos en el Señor que nos dará la ayuda oportuna, a través de su Espíritu y de las mediaciones humanas y eclesiales, para hacer de la Iglesia el Cristo que peregrina en la historia, entre luces y sombras, pero siempre con la certeza de que él es el Camino, la Verdad y la Vida, el mismo ayer, hoy y siempre. Luz y conocimiento son dos palabras que definen el proceso sinodal, del que seremos los primeros beneficiados. Se trata de a luz de Dios que viene de su palabra viva, eterna y eficaz, la palabra que estructura la personalidad del cristiano con criterios, actitudes de vida y sabiduría moral. Es la luz que brota de nuestro bautismo y que nos permite iluminar a los demás con la Luz imperecedera de Cristo. Como dijo el papa Francisco en la inauguración del sínodo: «La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación guiado por el Espíritu. Jesús […] nos llama en estos días a vaciarnos, a liberarnos de lo que es mundano, y también de nuestras cerrazones y de nuestros modelos pastorales repetitivos; a interrogarnos sobre lo que Dios nos quiere decir en este tiempo y en qué dirección quiere orientarnos» (10-X-2021).  

            El sínodo nos sacará también de conocimiento. La acogida de la Palabra de Dios y la acción de esta palabra en nuestras vidas nos permitirá entender, con la sabiduría de lo alto, la realidad de Dios, de la Iglesia y cada uno de nosotros. Conocer es lo propio de Dios y es también atributo del justo, es decir, del hombre que acoge su voluntad y la cumple. Las reflexiones de sínodo nos harán crecer, como dice san Pablo, en el conocimiento de la revelación, de la fe que profesamos y de nuestra misión en el mundo. No se trata de un conocimiento meramente intelectual, sino el que trasforma el corazón y la vida según la voluntad de Dios. Este conocimiento nos permitirá acompañar al hombre de nuestro tiempo, a nuestros amigos y conocidos, ofreciéndoles la verdad que sana y salva. Así hizo Jesús con todos los que se acercaban a él.

            Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos eduque a vivir el camino sinodal con sus propias actitudes de obediencia fiel a la voluntad de Dios, de confianza en su Providencia y de servicio incondicional a cuantos nos necesiten. Que nos eduque, sobre todo, a engendrar a Cristo en nuestras propias vidas para que nos convierta en luz para el mundo y en buena noticia para nuestros contemporáneos.

+ César Franco

Obispo de Segovia


 En 2017, con motivo del IV Centenario de la muerte de San Alfonso Rodríguez, la diócesis de Segovia instituyó estos premios de carácter anual que quieren reconocer a aquellas personas que, por su trayectoria vital, han hecho suyos en la sociedad actual los valores y las virtudes que demostró San Alfonso.

Los candidatos han debido destacar en su vida y en su trabajo por su sencillez, su humildad, su disposición y servicio a los demás en pequeños quehaceres, realizados durante una larga trayectoria, siendo su labor conocida y apreciada sólo en su entorno más inmediato.

El premio de 2021 le ha sido concedido a Dª Esperanza Diéguez del Río, madre de una hija y feligresa de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, de Segovia, que con servicio perseverante y discreto a la Iglesia ha encarnado en nuestros días los valores de nuestro santo segoviano. Ha sido voluntaria de Cáritas parroquial y lo es de Cáritas Diocesana, donde durante 25 años lleva animando un nutrido grupo de mujeres. Catequista de niños de confirmación durante más de 20 años y miembro de diversos grupos y comunidades parroquiales en El Carmen, es conocida por sus vecinos por su disponibilidad en favor de las necesidades de la Iglesia.

Hoy, premiando a Esperanza, la diócesis de Segovia quiere rendir un merecido homenaje a todos aquellos que, con su trabajo callado y su presencia escondida, dedican su tiempo y sus talentos al servicio pastoral que requiere la vida de nuestra Iglesia. A todos los fieles sencillos que, con su entusiasmo y testimonio, hacen visible al Señor en nuestra sociedad con el estilo de San Alfonso.


En el Mensaje del Papa Francisco para el DOMUND de este año, que celebraremos el domingo 24 de Octubre, exhorta a todos los cristianos a vivir la misma compasión de Cristo con la necesidad que el mundo tiene de redención. Recordando la experiencia de los apóstoles que, según dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (4,20), no podían dejar de hablar de lo que habían visto y oído, nos invita a poner el amor en movimiento y comunicar a los demás la alegría de la salvación y los dones que nos ha traído Jesucristo.

Si la experiencia cristiana es auténtica, nos lleva a la misión. Es la forma de agradecer lo que gratuitamente hemos recibido de Dios. «Ponerse en estado de misión, dice el Papa, es un efecto del agradecimiento». Los dones de Dios nunca quedan reducidos al ámbito de quien los recibe, sino que se expanden por la fuerza misma que llevan en sí mismo. Esta expansión y comunicación de la gracia recibida es lo que llamamos misión.

Muchos cristianos se acobardan, a la hora de misionar, ante las dificultades de nuestra sociedad secularizada, descreída, que se olvida de Dios y lo rechaza. A este respecto, el Papa recuerda también que los tiempos del inicio del cristianismo tampoco fueron fáciles. «Los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a trasformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión».

Debemos, pues, convertir las dificultades en retos, desafíos, ocasiones providenciales para la proclamación del evangelio. Para ello, es preciso «vivir las pruebas abrazándonos a Cristo», como nos pide el Santo Padre. Sin esta comunión con Jesús, en sus padecimientos y en su triunfo, no podemos ser misioneros. Nuestros hermanos cristianos que sufren cada día la persecución, e incluso el martirio, son un estímulo permanente para quienes vivimos en situaciones menos violentas y agresivas.

Dar testimonio de lo que hemos visto y oído exige volver cada día a la experiencia fundamental de la fe cristiana: el hecho de nuestra redención. «Ver y oír» supone que nos adentramos en la contemplación del Verbo de Dios, que nos ha trasmitido lo que ha visto y oído del Padre. Él nos ha comunicado su experiencia de Hijo amado del Padre y nos permite participar en ella a través de la unión personal con él. La misión que nos encomienda es continuidad de la que él ha recibido de su Padre. Por eso, tenemos garantizada la fecundidad de nuestro trabajo, pues Dios no puede negarse a sí mismo ni dejar de actuar en su Iglesia. El debilitamiento de la misión es, en realidad, debilitamiento de nuestra experiencia cristiana, que hunde sus raíces en la experiencia del Enviado del Padre. Jesús nos envía al mundo como fue enviado él por su Padre. El Espíritu de Cristo, dado en Pentecostés, es el Espíritu que nos capacita para llevar adelante la misión. De ahí que no se justifique en los cristianos el desaliento, el escepticismo ni la mediocridad en el anuncio del Evangelio. «En el contexto actual urgen, dice el Papa, misioneros de esperanza». No se trata de un esperanza ingenua, infundada, ni condicionada al éxito que esperamos. Se trata de la esperanza nacida de la fe, que es certeza de la salvación de Cristo y del triunfo de su amor sobre el pecado y la muerte. Es la certeza de que la Iglesia, alentada por el Espíritu, siempre camina hacia la plenitud de la gracia que Dios ofrece a cada hombre, a la humanidad entera.

Animo, pues, a los cristianos de Segovia a testimoniar con hechos y palabras lo que han visto y oído cuando Cristo salió a su encuentro y les concedió la gracia de ser redimidos por él, llamados a la vida eterna.

+ César Franco

Obispo de Segovia.