Jueves, 25 Mayo 2023 09:06

«Pentecostés», solemnidad de Pentecostés

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La solemnidad de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo clausura el tiempo de Pascua e inicia lo que se ha dado en llamar «tiempo del Espíritu» o «tiempo de la Iglesia». La historia de la salvación está dividida en tres etapas: la primera, desde la creación hasta la encarnación, tiene por protagonista al Padre; la segunda, desde la encarnación a pentecostés, es el tiempo del Hijo; y, desde entonces hasta el fin de la historia, el Espíritu Santo dirige la barca de la Iglesia. Naturalmente, el hecho de que cada etapa se adjudique a una de las tres personas de la Trinidad no significa que actúen por separado pues en la salvación todos actúan en plena armonía y comunión.

            Al partir de este mundo, Jesús dice a sus apóstoles que les enviará desde el Padre al Espíritu Santo, y esto sucede en Pentecostés. Quizás sorprenda a los lectores del Evangelio de Juan que sitúe la donación del Espíritu Santo a los apóstoles el mismo día de la resurrección, tal como se proclama en la liturgia de este domingo. Jesús, en efecto, se aparece a los Doce al anochecer de aquel día y, mediante el gesto de soplar sobre ellos, les otorga el Espíritu Santo con la capacidad de perdonar los pecados. La acción de soplar recuerda lo que hizo Dios al crear a Adán, cuando sopló sobre él para darle vida. Jesús exhala su aliento para otorgar la nueva vida que trae. Al describir este gesto de Jesús, el evangelista quiere decir que con la resurrección de Jesús el Espíritu es comunicado a los suyos, aunque sea en Pentecostés cuando se manifieste sobre toda la Iglesia, reunida con María, de forma solemne y portentosa.

            En la aparición de Jesús resucitado en la escena que acabo de comentar hay tres palabras que definen los dones que trae Jesús resucitado: paz, alegría y perdón. El saludo de Jesús, “paz a vosotros”, significa la plenitud de los dones mesiánicos. Además de ser el saludo normal entre judíos, la paz de Jesús representa, en este caso, la llegada del tiempo definitivo, cuya nota distintiva es la paz. La alegría que experimentan los apóstoles «al ver al Señor» es también el signo de los tiempos nuevos: una alegría que, según Jesús, nadie les podrá arrebatar. Es la alegría de saberse salvados y amados por Dios. Finalmente, el perdón de los pecados, relacionado con la paz, revela que Dios ha establecido una alianza definitiva con el hombre a través de la muerte y resurrección de Jesús.

            Todo esto es Pentecostés. Y todo esto es obra del Espíritu que actúa como admirable constructor de la Iglesia. En el relato de los Hechos de los Apóstoles que lee hoy la Iglesia en la liturgia, se dice, además, que los apóstoles estaban reunidos «en un mismo lugar» con María, la madre de Jesús, algunas mujeres y con sus hermanos. Es la Iglesia en su variada composición. La expresión «en un mismo lugar» no se entiende solo como referencia a un sitio físico, sino a la comunidad establecida por la oración común. El Espíritu, al descender sobre la comunidad, la constituye en «católica», es decir, universal. De ahí que pueda expresarse en todas las lenguas, de forma que todos los hombres puedan escuchar el evangelio «en su propia lengua». La confusión generada en Babel desaparece en Pentecostés con el Espíritu de unidad, gracias al cual, cada cristiano puede decir, como afirma san Pablo, que «Jesús es Señor», el Resucitado, y anunciar a los demás la salvación.

            Al preparar el sínodo sobre la sinodalidad, esta fiesta nos ayuda a entender el verdadero sentido de esta palabra. Sínodo significa «caminar con» otros. Esto solo es posible si nos dejamos llenar del Espíritu que infunde en la Iglesia el conocimiento de Dios y nos permite confesar con alegría la fe al mundo de hoy.

 

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