Jueves, 16 Diciembre 2021 08:56

«Dios cumple su palabra» Domingo IV de Adviento

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La historia de la salvación es una sucesión ininterrumpida de promesas de Dios. Cuando los testigos de los acontecimientos de Cristo —apóstoles y evangelistas— deciden consignar por escrito lo que han visto, oído y tocado de Jesús, personaje histórico, recurrirán continuamente a las Escrituras para encontrar claves, indicios, anuncios más o menos explícitos y contrastarlo todo con lo que un exegeta alemán llama el «Cristo acontecido». Eran conscientes de que la presencia de Cristo entre los hombres tenía que ver necesariamente con la revelación al pueblo de Israel, llamado pueblo de las promesas. Con ese pueblo, el más pequeño de los pueblos de la tierra, Dios había hecho un pacto que ni siquiera el pecado podría romper. Israel sabía que Dios era fiel y cumpliría sus promesas. Cada promesa nueva era, en cierto sentido, una renovación de la alianza. Se explica, por tanto, que en los evangelios aparezcan expresiones como estas: para que se cumpliera la Escritura, según dice la Escritura, como dice el profeta, etc. En otras ocasiones, los hechos de Jesús son presentados, aunque no expresamente, como el cumplimiento de las profecías y promesas del Antiguo Testamento.

            En el pasaje evangélico de este cuarto domingo de Adviento, se lee el encuentro de María con su pariente Isabel en casa de Zacarías. Es un pasaje entrañable donde se evocan temas del Antiguo Testamento de extraordinario simbolismo. Al escuchar Isabel el saludo de María, la criatura saltó en su vientre y, llena del Espíritu Santo, Isabel levantó la voz y exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,42-45). En la exclamación de Isabel se utiliza un término que en la Biblia griega de los LXX se vincula a la liturgia de los levitas ante el arca de la alianza. De modo indirecto, Isabel vocea con grito grande ante la presencia del arca de la nueva alianza, que es María, en cuyo seno habita ya el Señor. El título aplicado a María — «la madre de mi Señor»— desvela el misterio sucedido en la Virgen que lleva en su seno al «Señor» de cielos y tierra, el Hijo del Altísimo.

            Otro título —«bienaventurada la creyente»— se contrapone a la incredulidad de Zacarías, esposo de Isabel, que no dio fe a las palabras del ángel cuando le anunció el nacimiento de un hijo. María es «la creyente» por excelencia, y su gozo consistirá en el cumplimiento de las palabras del Señor. Más aún: Lo dicho por el Señor ha empezado a realizarse en la gestación del hijo de María. Dios ha sido fiel a sus promesas gracias a la fe de María. Como predicaba el papa Inocencio III, «el autor de la fe no podía ser concebido por una madre incrédula».

            No hay que discurrir mucho para concluir que este pasaje evangélico es el mejor colofón del Adviento y la mejor obertura para las fiestas de Navidad. Dos mujeres encinta: una lleva al precursor; otra al Mesías. Un saludo repleto de gozo y esperanza, porque en la escena aparece «la madre de mi Señor». Y una bienaventuranza que, dicha de María, se hace extensiva a quienes desde entonces a hoy son bienaventurados porque creen que las cosas dichas por Dios no son en vano, sino que tienen cumplimiento, realización. No cabe mayor esperanza para el mundo saber que si el Verbo de Dios se ha hecho carne, es que Dios se ha implicado de tal modo en la historia de los hombres que nada ni nadie podrá abatir la esperanza que nos sostiene como peregrinos de este mundo. ¡Feliz Navidad!

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