Jueves, 03 Marzo 2022 09:08

«El desierto cuaresmal» Domingo I de Cuaresma

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El desierto ocupa en la Biblia un lugar predominante. La experiencia de Israel al salir de Egipto y vivir cuarenta años por el desierto del Sinaí marcó para siempre su vida y espiritualidad. Una vez asentado en la tierra prometida, la memoria de Israel retornaría, como vemos en la Biblia, al tiempo del desierto que se convirtió en símbolo de la prueba, de la fidelidad de Dios y de la alianza de amor. Los milagros de Dios en el desierto —la nube de fuego, el agua de la roca, el maná del cielo— se convertirían en símbolos de la constante presencia de Dios a pesar de la incredulidad de su pueblo. Aunque parezca extraño, las tentaciones que padeció Israel durante su peregrinación en el desierto eran un preludio de la gran alianza de amor que Dios se disponía a establecer con Israel. Se comprende que el desierto sea al mismo tiempo lugar de tentación y lugar de desposorios. «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón», dice Oseas 2,16, presentando a Dios como el esposo de Israel, su esposa.

            Al inicio de su ministerio público, Jesús se dirige al desierto de Judá, se adentra en su soledad y espesura espiritual, para reinterpretar la experiencia de Israel durante sus cuarenta años. Los cuarenta días y noches de Jesús, en ayuno y oración, evocan la búsqueda de Dios, el anhelo de la alianza y la tentación que superará alimentado por la palabra de Dios y la seguridad de su presencia. Jesús va al desierto impulsado por el Espíritu, atraído por Dios que le llama a confirmar su fidelidad. En el desierto se encontrará con el Adversario del hombre, Satanás, que pretenderá seducir a Jesús y desviarlo del camino de Dios. Jesús, sin embargo, se manifiesta como el fuerte que vence la tentación, en oposición a Israel, que cayó tantas veces en la infidelidad y sucumbió en la idolatría. Al final de los cuarenta días y cuarenta noches —imagen de la estancia de Israel en el desierto— Jesús aceptó ser tentado por el diablo para mostrar el camino de la victoria. La Palabra de Dios, el alejamiento del mesianismo triunfalista y el rechazo de la idolatría fueron las armas para vencer al enemigo. Las tentaciones de Jesús se convierten así en el camino para llegar a la alianza de amor con Dios. Jesús sale del desierto como el nuevo Israel victorioso.

            Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia nos invita a entrar en el desierto espiritual de nuestro interior, donde el hombre experimenta su vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la presencia del Dios escondido. Las tentaciones son las mismas para el antiguo Israel, para Jesús y para los cristianos de hoy, que somos un pueblo peregrino. También nosotros somos tentados por el hambre de bienes temporales, por un mesianismo de poder temporal y por la adoración de los ídolos que nos ofrecen o que nosotros mismos fabricamos. Hace tiempo que los cristianos hemos abandonado la oración y la palabra de Dios como el pan de cada día; hemos perdido el sentido del poder del Espíritu; y hemos reducido la adoración de Dios al templo y la liturgia olvidando la más arriesgada, que tiene lugar en la vida ordinaria. Nos ha invadido lo que ha dado en llamarse «apostasía silenciosa». Del amor hemos pasado al desamor.

            La Cuaresma es tiempo oportuno para renovar la alianza de amor. Los prácticas cuaresmales no nos separan de la vida cotidiana; nos introducen en ella como el lugar idóneo para vivir en la tensión del desierto: tiempo de prueba y tiempo de triunfo. Cuaresma es camino hacia la Pascua donde Dios renueva fielmente su alianza con su pueblo y este se consolida en la fidelidad. Debemos entrar animosos en el desierto porque solo así saldremos de él con el gozo de la fidelidad. Dios nos espera para hablarnos al corazón.

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