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Jueves, 17 Marzo 2022 10:06

«Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino» Día del Seminario. Domingo III de Cuaresma

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La Iglesia comenzó a formarse caminando con Jesús. La llamada de los primeros discípulos formó una comunidad en camino que invitaba a la gente a entrar en lo que más tarde se llamaría «Iglesia». Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de caminar, hasta el punto de que el cristianismo fue llamado ya en Jerusalén «el camino». Esta expresión designaba la enseñanza moral del cristianismo, pero recogía la espiritualidad judía del caminar juntos en la dirección marcada por la ley de Dios.  Lo «sinodal» no es un invento actual; es consubstancial a la Iglesia. Después de Pentecostés, los apóstoles y sus colaboradores se dirigieron a todos los pueblos para que Cristo fuera reconocido como Salvador del hombre. Que la Iglesia formara comunidades estables, presididas por los apóstoles y sus sucesores, los obispos, no quiere decir que haya dejado de caminar por el mundo como hizo al inicio de su existencia.

            Al servicio de esta Iglesia en camino están los sacerdotes, necesarios colaboradores de los obispos, que participan con ellos de la autoridad de Cristo y de la preocupación por todas las Iglesias. El Día del Seminario es una ocasión propicia para rogar al dueño de la mies que mande operarios a su mies. El sacerdote es pastor del pueblo de Dios que le acompaña, como dice el Papa Francisco, yendo a la cabeza, en el medio y también a la cola alentando a los que se retrasan en la peregrinación. Es un hombre, con todas las características buenas y malas de los hombres, llamado a ejercer la misión de Cristo Pastor en su pueblo. Dicho así, surge la pregunta inevitable: ¿Se puede representar a Cristo? ¿Se puede salvar la distancia entre la santidad de Cristo y la pobreza radical del hombre llamado a representarlo? Se puede, sí. De otra manera, Jesús no hubiera llamado a Pedro y al resto de los apóstoles que, como sabemos, eran hombres débiles. Tampoco habría llamado a pecadores públicos como, por ejemplo, san Mateo, san Pablo, san Agustín y santo Tomás Becket para ostentar su autoridad. Jesús elige a quien quiere y en la condición concreta de su vida, y la historia muestra que Dios puede transformar a un pecador en santo.

            La libertad con que Cristo llama es propia de un amor que no discrimina en razón de las virtudes que tenga o no la persona concreta. Es obvio que, al acoger la llamada, la persona recibe la gracia de poder cumplir con el encargo que recibirá en su día; de lo contrario, Dios pondría al hombre en condiciones imposibles de responder al llamamiento. Para cualquier vocación, Dios da la gracia.

            La misión sacerdotal se realiza de muy diferentes maneras, porque Dios, al llamar, no anula las habilidades y capacidades de cada uno. Hay sacerdotes dedicados al estudio y a la enseñanza, a las misiones, a la pastoral sanitaria y penitenciaria. Los hay que son capellanes de instituciones religiosas. Si variado es el pueblo de Dios en sus formas de vida, variada es la misión sacerdotal que debe atender a los fieles en el lugar donde se desenvuelve su existencia. Una cosa unifica a todos: son ministros de Cristo y de la Iglesia, servidores del Pueblo de Dios. Esto quiere decir que sin una radical comunión con Cristo y con la Iglesia, el sacerdote no podrá cumplir su ministerio. Sin oración, sin cuidado de la vida espiritual, sin verdadera amistad sacerdotal, sin formación permanente, el sacerdote estará expuesto a muchas dificultades para ser fiel a la misión de Cristo. También para él vale lo que Jesús dijo para todos: sin mí no podéis hacer nada. Dicho con palabras de san Pablo, la gracia de Dios y su fuerza se manifiesta en nuestra debilidad.

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