Jueves, 31 Marzo 2022 08:11

«La adúltera y Pablo de Tarso» V Domingo de Cuaresma

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Cercana ya la Pascua, este domingo último de Cuaresma nos dispone para vivir la absoluta novedad que trae la muerte y resurrección de Jesús, que termina con todo lo antiguo para establecer lo definitivo. Dice Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,18). Eso de antaño son las grandes hazañas que Dios hizo con su pueblo. Sorprende esta afirmación porque las obras de Dios deben recordarse siempre. El profeta, sin embargo, lanza su mirada al futuro y ve cosas mayores, inauditas, sorprendentes. Dios actuará con un poder admirable, que dejará pequeñas las obras realizadas hasta el presente.

La escena de la adúltera perdonada por Jesús es un ejemplo de esas obras mayores y una advertencia para no mirar al pasado, en este caso, la ley de Moisés. Los fariseos tienden una trampa a Jesús para que confirme la lapidación exigida por la ley. Jesús calla, escribe algo en el suelo, y finalmente dice su sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8,7). Después, volviéndose a la mujer, le dice que ninguno la ha condenado y tampoco él la condena, pero que, en adelante, no peque más. Sin abolir la ley, Jesús la deja sin eficacia, porque establece un principio nuevo de moralidad: Solo Dios, el único santo, es el que puede juzgar y condenar. Todos los demás tenemos pecado y no podemos condenar a nadie. En esta escena brilla la novedad de Jesús que perdona a la mujer y la exhorta a no pecar más.

En la segunda lectura de este domingo, tomada de la carta de Pablo a los filipenses, encontramos otro ejemplo de la novedad absoluta de Cristo. Pablo, en este relato autobiográfico (Flp 3,8-14), mira también su pasado para renunciar a él, pues se tenía por justo, irreprochable, cumplidor de la ley como el que más. Por eso, perseguía a los cristianos con furia para acabar con la obra de Jesús a quien tenía por blasfemo. Esa imagen de sí mismo se vino abajo cuando se encontró con Jesús en el camino de Damasco y comprendió que el único Justo era él. Comenzó entonces un camino de conversión que le llevó a decir: «Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». He aquí la novedad: La persona de Cristo y su acción salvadora con los hombres. Por alcanzar esta salvación, Pablo mira su vida pasada como basura comparada con el conocimiento sublime de Cristo Jesús. Y confiesa con humildad: «Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe» (Flp 3,8-9). 

Todos nosotros estamos llamados a descubrir la fascinante novedad de Cristo que año tras año celebramos en la Semana Santa. Como la adúltera y Pablo de Tarso también nosotros hemos encontrado en Cristo la redención que todo hombre anhela: ser liberado del pecado y de la muerte. Mirar hacia atrás en nuestra vida (a no ser para agradecer lo bueno) puede impedirnos aferrarnos a lo que está por venir, a la salvación futura. Tanto a la adúltera como a Pablo, el encuentro con Cristo les abrió una perspectiva nueva, que les libró de conceptos caducos, basados en la ley mosaica. El fariseo Pablo también habría pedido la lapidación de la adúltera, como pidió la del diácono Esteban. Se situaba en la perspectiva antigua hasta que descubrió la ley de Cristo cuya absoluta novedad nos obliga a mirar a Dios como el único santo que ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para que salve por Él.

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