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Es frecuente entre los cristianos tener una idea equivocada de la fe. No me refiero al aspecto intelectual de la fe que acepta las verdades reveladas, sino al aspecto existencial que nos lleva a confiar en Dios en las adversidades de la vida. De hecho, cuando nos toca pasar por pruebas duras, nuestra fe se tambalea y hasta dejamos de confiar plenamente en Dios. Basta leer la vida de los santos para darse cuenta de que a ellos les pasó lo mismo, con la diferencia de que confiaron en Dios hasta el final. Es conocida la frase de santa Teresa de Jesús, cuando, en una de sus luchas, le dijo con humor al Señor: «Si así tratas a tus amigos, ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

            La fe, como actitud vital, no es una posesión pacífica exenta de escollos. Creer, como amar, supone dificultades y asumir que Dios puede probar nuestra confianza. ¿No hacemos nosotros lo mismo cuando queremos tantear la confianza que depositamos en alguien?

            El Evangelio de este domingo narra una escena llena de simbolismo. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se queda en tierra despidiendo a la gente y apremia a sus discípulos para que suban a la barca y se adelanten a la otra orilla. Ya en el lago, con el viento contrario, la barca es zarandeada por las olas. Jesús se les acerca caminando sobre el agua y llenos de miedo creen  ver un fantasma, pero Jesús les tranquiliza: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). Pedro, con su característica decisión, le pide que, si es él, le haga ir a su encuentro sobre el agua. Jesús le dice que vaya, y Pedro comenzó a andar acercándose a Jesús. Pero, en un momento determinado, por la fuerza del viento, sintió miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Dice el evangelista que Jesús extendió su mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

            No es difícil aprender la lección. Volvamos a nuestra reflexión sobre la fe. Y lo hacemos con dos expresiones del profeta Isaías: «Si no creéis, no tendréis estabilidad» (Is 7,9); «quien cree, no vacilará» (Is 28,16). Creer supone poner la estabilidad en Dios que nunca defrauda aunque a veces no entendamos sus caminos. Las crisis de fe se producen normalmente cuando sucede algo que no esperamos, como el viento repentino que zarandea la barca o a Pedro que ha comenzado a andar sobre las aguas. Nos paraliza el miedo, vacilamos, desconfiamos. El reproche de Jesús, en esta y en otras ocasiones, es la falta de fe en él, en su providencia, en su presencia oculta y eficaz entre nosotros. Miramos la historia de la Iglesia y de la humanidad con nuestras estrechas entendederas y pensamos que Dios nos ha dejado de la mano. En realidad, creemos que somos dueños de nuestra historia y que podemos dirigirla sabiamente. Esto no es creer; a lo sumo, es creer según nuestra conveniencia.

            Dios nos supera y nos trasciende. Sus caminos y pensamientos no son los nuestros. Creer es ajustarse a los caminos de Dios, tratar de conocer sus pensamientos y vivir en la docilidad a sus planes, lo que significa renunciar a los nuestros. La confianza en Dios se alcanza cuando hemos perdido la confianza en nosotros mismos. A eso se refiere Jesús cuando dice: «sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,8). Esto no significa que el cristiano no deba confiar en sus posibilidades, o cruzarse de brazos esperando que Dios venga en su ayuda, como si todo dependiera de Dios. Significa que la fe es un trabajo arduo, exigente, perseverante. Es el trabajo de quien actúa como si todo dependiera de él, y confía como si todo dependiera de Dios. Entonces andaremos sobre las aguas, sin miedo, contra el viento. Quizás por eso, Jesús les dejó solos mientras él oraba.

+ César Franco

Obispo de Segovia

carlos cuéllar

 

El obispo realiza este nombramiento por el periodo de un año con el fin de conservar y fomentar la vida espiritual de los devotos de ‘la Morenita’

 

El Obispo de Segovia, César Franco, ha nombrado al Rvdo. Sr. Don Carlos García Nieto como rector del santuario de la Virgen del Henar (Cuéllar). Un nombramiento que se produce por el periodo de un año.

D. Carlos Miguel García Nieto es un sacerdote nacido en Cuéllar, aunque desde 1993 es sacerdote diocesano de Toledo, donde ha desempeñado su ministerio en diferentes ámbitos pastorales. Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid y posteriormente realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor ‘San Ildefonso’ de Toledo. Además, es doctor en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente, es catedrático de Historia de la Iglesia y coordinador del Bienio de Licenciatura en Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico San Ildefonso.

La tesis doctoral de García Nieto fue clave para el proceso de beatificación del cardenal Sancha, figura sobre la que versa su tesis doctoral ‘El cardenal Sancha y la unidad de los católicos españoles’ y la biografía ‘Pastor y Primado en el Amor. Vida del cardenal Sancha’. El santuario de la Virgen del Henar es un enclave diocesano de relevante devoción mariana. Las especiales circunstancias por las que atraviesa, después de la salida de los Padres Carmelitas de la Antigua Observancia, exigen regular debidamente el culto y la pastoral de dicho santuario -así como su gestión económica- de modo que se acreciente el fervor mariano y la evangelización de cuantos lo visiten.

Al estar situado en la demarcación territorial de la parroquia de Cuéllar, la jurisdicción del párroco alcanza a cuanto se refiere a la pastoral general de la Iglesia dentro y fuera del santuario. Por ello, el capellán o rector del mismo tiene que realizar su ministerio en comunión con el párroco del lugar y, obviamente, con el plan diocesano de pastoral de la diócesis de Segovia.

Actualmente, las moradoras del santuario son las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús quienes, a pesar de haberse instalado en el Henar hace escasas fechas, ya están prácticamente adaptadas a su nuevo hogar. De hecho, casi desde su llegada reciben a los visitantes y alegran las celebraciones eucarísticas con sus canciones.

De esta forma, gracias a las carmelitas samaritanas y al recién nombrado rector, la atención espiritual a los fieles queda garantizada.

Una vez que se ha finalizado el estado de alarma decretado por el Gobierno a causa de la pandemia de la Covid-19 y que originó la dispensa del precepto dominical, el Obispo de la Diócesis emite el decreto en virtud del que se produce el cese de la dispensa del precepto dominical.

Asimismo, D. César hace un llamamiento a los feligreses para que continúen orando por el fin de la pandemia y que parcipen de las Eucaristías en domingo y días festivos respetando las normas vigentes.

decreto cese de dispensa

Hay una palabra que define la misión de Cristo entre los hombres: compasión. Para ser exactos, los evangelistas utilizan un verbo griego que, traducido literalmente, significa «estremecerse las entrañas». Así lo dice el evangelio de este domingo cuando Jesús, al contemplar la multitud que le seguía para escucharle, «se le estremecieron las entrañas y curó a mucha gente» (Mt 14,14). Esta compasión de Jesús es la misma que define al padre del hijo pródigo, cuando ve que retorna a casa; y la del buen samaritano que encuentra al herido junto al camino por donde pasa. Podríamos decir que la compasión es lo que el hombre experimenta cuando sus entrañas se estremecen ante el sufrimiento ajeno. Movido a compasión, se hace solidario con su dolor y se compromete a aliviarlo.

En el evangelio de este domingo, después de curar a la gente, Jesús realiza otro gesto de compasión. Al advertir que el día se ha echado encima y que están en despoblado, Jesús pide a sus discípulos que den de comer a la gente. Pero ellos le replican que sólo tienen cinco panes y dos peces. Jesús, entonces, ordena que se los traigan, manda que la gente se recosté en la hierba, bendice los panes y los peces y comienza a repartirlos entre sus discípulos para que estos se los hagan llegar a la gente. Sus manos se convirtieron en una fuente inagotable de alimento. Comieron hasta saciarse unos cinco mil hombres sin contar mujeres y niños y hasta recogieron doce cestos de sobras.

Para entender este gesto de Jesús, conviene recordar que el profeta Isaías, al anunciar la llegada de los tiempos mesiánicos, como narra la primera lectura de hoy, invitaba a sedientos y hambrientos a comprar trigo y comer sin pagar vino y leche de balde. La llegada del Mesías se presentaba como tiempos de abundancia, en los que hasta los pobres se saciarían sin necesidad de tener que pagar nada. Todo sería gratis. La misericordia de Dios lo suplía todo. Hasta el punto de que, al final de los tiempos, la imagen que utiliza el profeta es la de un gran banquete en la cima de un monte santo donde todas las ansias de la humanidad —el hambre y la sed son puras metáforas— quedarían saciadas. Dios colmaría de felicidad a cada hombre.

Es evidente que el milagro de la multiplicación de los panes y peces, signo de la compasión de Jesús, debe leerse con el telón de fondo de estas profecías que anuncian la llegada del Mesías. Y no porque Jesucristo haya venido a solucionar los problemas económicos del mundo, sino porque sólo él, en razón de su ser y de su misión, es capaz de saciar al hombre con bienes que superan los materiales. Por ello, cuando Jesús se da cuenta de que la gente le busca porque les ha dado de comer y desean hacerle rey, huye a la soledad del monte para dedicarse a la oración.

La Iglesia, continuadora de la misión de Cristo, no ha sido instituida para solucionar los problemas sociales y económicas de la humanidad. Pero no pasa indiferente ante tales problemas. Se estremece, como Jesús, ante el dolor del mundo y, como fruto de su compasión, tiende la mano con sus muchas o pocas posibilidades para aliviar el hambre, la pobreza, la necesidad de los más pobres. En ocasiones da la impresión de que hace milagros con lo poco que tiene. Y hay que reconocer que algo de verdad hay en esto, pues la providencia del Señor nunca falta. Pero el milagro cotidiano que acontece en la Iglesia es el de trasformar nuestro raquítico egoísmo en la compasión misma de Cristo que se hace presente en los cristianos que le abren la puerta para que él pueda seguir actuando con su infinita caridad. Se entiende así que la compasión atraiga los hombres a Cristo y a la casa común de todos que es la Iglesia.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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Cerca de 200 personas, lo permitido según las limitaciones establecidas por la normativa vigente, se han unido en oración para cumplir con el deber de caridad de rezar por los difuntos que la pandemia de la Covid-19 ha dejado en nuestra diócesis. Un funeral que también ha servido para acompañar a todas esas familias que han sufrido en soledad la pérdida de sus seres queridos y transmitirles un mensaje de fraternidad y esperanza. Esperanza, como ha dicho el Obispo de Segovia, Mons. César Franco, en que todos aquellos que han partido de este mundo, resucitarán como lo hizo nuestro Señor.

La Iglesia de Segovia ha hecho suya la propuesta de la Conferencia Episcopal Española para celebrar el funeral por las víctimas de la pandemia los días 25 o 26 de julio. En este caso, D. César, respaldado por el Consejo Episcopal, eligió la fecha de hoy, 26 de julio, día en que se celebra la festividad de san Joaquín y santa Ana, abuelos de Jesús y patrones de los abuelos, esas personas tan duramente castigadas por el coronavirus.

Además de un nutrido grupo de familiares de las víctimas -a quienes se había invitado especialmente a participar de esta Eucaristía-, también han acudido diversas autoridades políticas como la alcaldesa, Clara Luquero; la subdelegada del Gobierno, Lirio Martín; el presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel de Vicente o el delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Segovia, José Mazarías. Junto a ellos, representantes de los diferentes partidos en la corporación municipal, provincial e incluyo en las Cortes Generales. Igualmente, han estado presentes representantes del ámbito policial, militar y sanitario, como los voluntarios de protección civil.

 

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El prelado ha querido también agradecer la labor de todos aquellos profesionales que han estado en primera línea en la batalla contra el coronavirus, siendo testimonio del amor de Dios e incluso perdiendo su propia vida por acompañar y estar al lado de quien sufría la enfermedad sin el calor de los suyos. En definitiva, un emotivo funeral con el que la Diócesis de Segovia y, en su nombre, D. César, ha querido despedir a las víctimas con el honor que se merecen y mostrar el afecto de todo el pueblo a quienes han tenido que despedirse de sus seres queridos durante este tiempo de pandemia.

 

Homilía completa en las exequias por los difuntos a causa de la pandemia. Domingo, 26 de Julio de 2020

 

«Yo soy la resurrección y la vida»

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La Iglesia que peregrina en Segovia, unida al resto de las diócesis españolas, hemos acogido la iniciativa de la Conferencia Episcopal Española de celebrar ayer y hoy las exequias por los fallecidos de cada diócesis durante este tiempo de pandemia. Queremos cumplir así con el deber de justicia y caridad de orar por los difuntos y acompañar con nuestra oración, fraternidad y esperanza a sus familiares, muchos de los cuales no han podido despedirse de sus seres queridos con los signos propios del afecto y del luto que conlleva la muerte. Lo hacemos ahora como expresión de nuestra comunión con todos los que han padecido la muerte y la separación de sus seres más queridos. Lo hacemos en el domingo, día del Señor, y en la fiesta de san Joaquín y santa Ana, pues muchos de los fallecidos son ancianos, abuelos y abuelas entrañables, llorados ahora por sus hijos y nietos.

           «Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén» (Is 40,1-2).

            Con estas palabras del profeta Isaías deseo expresar el significado y la finalidad de estas exequias. Todos los hombres, ante la muerte, buscan consuelo. Creyentes y no creyentes necesitamos ser consolados. Por eso dice el profeta: Consolad, consolad a mi pueblo, habladle al corazón.

            ¿Cómo podemos consolarnos ante una muerte inesperada, vivida en muchos casos en dramática soledad? ¿Quién puede darnos una palabra de consuelo? ¿No es mejor callar?

            La muerte, hermanos, es el máximo enigma de la condición humana. Entendemos lo que dice el libro de las Lamentaciones: «He perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije: Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor. Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado» (Lam 3,17-20). No se puede describir mejor la desolación que acarrea la muerte. El escritor sagrado llega a decir algo que parece blasfemo: ha sucumbido mi esperanza en el Señor.

            Sin embargo, a renglón seguido, la queja da paso a los sentimientos de esperanza porque trae a la memoria que la bondad y la misericordia del Señor no se agotan, sino que se renuevan cada mañana. Y, aunque le resulte difícil esperar, sabe que Dios es bueno para quien le busca, y espera en silencio la salvación del Señor (cf. Lam 3,21-26).

            ¿De qué manera consuela Dios a su pueblo y le habla al corazón? Lo ha hecho, y sigue haciéndolo, en su Hijo Jesucristo. Entre los títulos del Mesías, figura el de Consuelo de Dios, porque la misión de Cristo es consolar a los hombres ante el drama de la muerte. Jesucristo ha venido a consolar, como hizo a lo largo de su vida, enjugando las lágrimas de quienes sufrían, acompañando a quienes padecían soledad, ungiendo como buen samaritano las heridas de nuestros pecados y, finalmente, asumiendo sobre sí todo el dolor del mundo dejándose clavar en la cruz. Dice san Pablo que hemos sido crucificados con Cristo. ¿Qué quiere decir? Sencillamente que él se ha puesto en el lugar de quien sufre para ser fuente de inagotable consuelo. En Cristo crucificado y muerto en la cruz tenemos la expresión del máximo dolor y de la máxima compasión. Porque Cristo no nos ha consolado sólo con palabras, sino con el gesto sobrecogedor de pasar por la muerte para vencerla para sí mismo y  para nosotros. ¿Quién dudará entonces del amor de Dios manifestado en Cristo? preguntaba san Pablo.

            La muerte, en efecto, nos hace dudar. Nos amenaza con su acción destructora que pone en peligro la esperanza. Cristo experimentó también la soledad ante la muerte y la expresó con unas palabras sobrecogedoras dirigidas a su Padre: «Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado». La gente se burlaba de él, le decían que bajara de la cruz si era el mesías. En esa soledad de Cristo, que, según Ortega y Gasset, «declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humana que es su radical soledad», se concentraba toda la soledad de quienes mueren en este mundo, la soledad de quienes han muerto sin la presencia de los suyos en esta terrible pandemia. Pero esta soledad de Cristo, que expresa su solidaridad con el hombre, no ha quedado sin fruto ni sin respuesta.

            En la conversación que sostiene Jesús con Marta, hermana de su amigo Lázaro, ésta se queja porque Jesús no ha llegado a tiempo para salvarlo. Jesús la consuela recordándole la fe de Israel sobre la resurrección de los muertos, pero Marta piensa en la resurrección final, la del fin de los tiempos. Ella quiere ver a su hermano ahora, quiere ver su rostro, escuchar su voz y poder abrazarlo. Es entonces cuando Jesús proclama solemnemente la verdad que ningún ser humano se ha atrevido a pronunciar: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,25-27).

            Ha dicho un gran teólogo que estas palabras sólo puede decirlas un loco o alguien que realmente sea lo que afirma ser, es decir, Dios mismo. Cuando momentos después, Jesús resucite a Lázaro, sus palabras se harán realidad, confirmando la verdad de su enseñanza.

            Hoy también Jesús nos pregunta si creemos esto. Muchos, seguramente, contestarán con las palabras de Marta: sí, Señor, creo. Otros dudarán, como ocurrió con los que las oyeron por primera vez; otros, quizás, las escucharán con reserva con la secreta esperanza de que escondan algún barrunto de verdad. Sin embargo, siguen resonando en el corazón del mundo como la única respuesta que puede ayudarnos a superar el drama de la muerte con la certera esperanza de que no caemos en la nada.

            Queridos familiares de los difuntos del coronavirus. Os invito a escuchar estas palabras de Jesús, que no engaña. El es la resurrección y la vida, y el que cree en él aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en él no morirá para siempre. En esta celebración, queremos unirnos a vuestro dolor y ponerlo sobre el altar para que Cristo de nuevo lo haga suyo. Queremos dar gracias a Dios por vuestros familiares y por el bien que habéis recibido de ellos. No temáis. No son meras cenizas que vuelven a la tierra. Son hijos de Dios que han retornado al Padre, como un día haremos nosotros. Dios —dice Jesús— no es un Dios de muertos sino de vivos porque para él todos están vivos. El hecho de que hayan desaparecido de la escena de este mundo visible no quiere decir que han caído en la nada. Todo lo que es de Dios vuelve a Dios. Mirad a Cristo en la cruz y se aplacará vuestro dolor. Miradlo resucitado y sanará vuestras heridas. Os confortará y consolará.

            El filósofo existencialista Gabriel Marcel escribió que «amar a alguien es decirle tú no morirás jamás». En la entraña del amor existe la necesidad de la permanencia, de la vida más allá de la muerte. Esto es lo que Dios nos ha enseñado en Cristo: que su amor es más fuerte que la muerte. Y que la muerte no es la última palabra sobre el hombre, que resultaría, si así fuera, una pasión inútil, un ser sin finalidad ni consistencia. También durante la pandemia hemos visto que el hombre es más fuerte que la muerte. Lo hemos visto en tantos hombres y mujeres que, en el ejercicio de las más diversas profesiones al servicio del bien común, nos han testimoniado el poder y la fuerza del amor que acompaña con ternura a quienes sufren y mueren. Gracias a ellos, podemos decir que no morimos solos: siempre hay una mano samaritana que, apretando la de quien sufre y muere, le está asegurando, quizás sin saberlo, que ahí está Dios unido a nuestra carne temblorosa y sufriente, que ahí está Dios, en la entraña de nuestro morir, que ahí está Cristo muriendo y resucitando al mismo tiempo por nosotros. En esta eucaristía, queremos dar gracias por tantos hombres y mujeres que han testimoniado el amor perdiendo incluso su propia vida.

            «Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor, habladle al corazón». Desearía con estas palabras haberos ofrecido la gracia del consuelo, de la compañía de esta comunidad diocesana de Segovia que quiere sentirse al lado de todos los que sufrís. Pero desearía aún más que fuera Dios mismo quien os hablara al corazón y os hiciera entender que aquellos que han pasado ya por la muerte están vivos. Dios no permite que nada de lo que es suyo se lo arrebate la muerte, pues por eso murió Cristo. Dios los tiene consigo y, aunque el paso del tiempo y de las generaciones, borre su memoria, ellos viven. Dios los guarda para sí y para nosotros, que un día volveremos a ver sus amables y queridos rostros.

            Que la Virgen de la Fuencisla, que permaneció junto a su Hijo al pie de la cruz, permanezca también junto a vuestra propia cruz, y mezclando sus lágrimas con las vuestras, os libere de toda duda y turbación y os conforte con su poderoso amor de Madre. Y que san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen y abuelos de Jesús, cuya memoria celebramos, sean vuestra familiar compañía. Amén.

Aldehuela del Codonal 23

Castroserna de Abajo23


 

Como muestra del compromiso de mantener el patrimonio cultural de la provincia, el Obispo de Segovia, César Franco, y el presidente de la Diputación, Miguel Ángel de Vicente, firmaban recientemente un convenio mediante el que la institución provincial presta su colaboración  en la restauración de varios templos de la diócesis. En virtud de dicho acuerdo, ambas instituciones realizarán una inversión de 240.000 euros, a partes iguales, para sufragar las diferentes intervenciones a practicar en los inmuebles. Asimismo, las parroquias -y los ayuntamientos- de las localidades donde se ubican las iglesias también realizarán sus aportaciones para completar los presupuestos totales de las intervenciones.

Grado del Pico, Castroserna de Abajo, Aldehuela del Codonal, Fuenterebollo y Villoslada son las cinco localidades en cuyas iglesias parroquiales se llevarán a cabo labores de restauración y reparación en sus estructuras y cubiertas por un valor total superior al medio millón de euros. 

iglesias dipu

 

Fuenterrebollo2Grado del Pico2villoslada

La Conferencia Episcopal Española ha pedido a las diócesis que los días 25 y 26 de julio celebren funerales por los difuntos de la pandemia. La diócesis de Segovia ha elegido el domingo 26, fiesta de san Joaquín y santa Ana. Hemos escogido el domingo por ser el día del Señor, de su resurrección de entre los muertos. Además, la fiesta de los abuelos de Jesús nos permite recordar a tantos mayores fallecidos que están siendo llorados por sus nietos y nietas. ¡Que el Dios de la Vida acoja a todos en su paz!

La Biblia nos dice que “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera” (Sab 1,13-14). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, que engañó a nuestros primeros padres para que se rebelaran contra Dios. Junto a la caída, vino la muerte que se extiende a todas las generaciones. Aun así, la muerte no tiene el poder definitivo sobre el hombre. Sólo Dios es Señor de vida y muerte. También dice Jesús que Dios “no es Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos están vivos” (Lc 20,38). El plan de Dios sobre el hombre no es la disolución de su condición humana ni la muerte que pone fin a la existencia temporal. Es cierto que la muerte es “el máximo enigma de la vida humana” (GS 18), difícil de asumir por la razón. Por eso, dice el Concilio Vaticano que “el hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano” (GS 18).

La terrible pandemia que estamos padeciendo da a estas palabras una actualidad inesperada. Muchos familiares y amigos han sido arrancados de nuestro lado de manera trágica, llenando nuestro ser de desconsuelo. Nuestro pueblo se ha vestido de luto y de dolor y, ante tanto sufrimiento, hemos enmudecido. Pero la muerte no es la última palabra sobre el hombre. Nuestros difuntos no han caído en la nada, ni han desaparecido para siempre, aunque ya no gocemos de su presencia física. Dios no deja que le arrebaten lo suyo. Y, en medio del dolor, la palabra de Cristo y su resurrección nos abren el horizonte de la vida que no tiene fin. La rebeldía que el hombre siente ante la muerte es el anhelo profundo de inmortalidad que Dios ha puesto en él en la creación. En cuanto terrenos, volvemos a la tierra; en cuanto espirituales —dice san Pablo— llevamos en nuestra carne la semilla de la resurrección.

Las exequias de hoy son la palabra de consuelo que Dios nos dirige a quienes quedamos aquí esperando el encuentro final. Es momento para dar gracias a Dios por quienes han partido y aunque el paso del tiempo y de las generaciones borren su memoria, ellos están vivos siempre en Dios. Gabriel Marcel decía que “amar a una persona es decirle: tú no morirás jamás”. Esta certera intuición de la razón y del corazón humano ha sido verificada y confirmada por Cristo, quien, en su resurrección, ha destruido el poder de la muerte. Lloremos, hermanos, sí, por nuestros seres queridos, pero que esas lágrimas rieguen nuestra carne como aguas bautismales y nos purifiquen de cualquier tentación o duda sobre el destino de nuestros seres queridos, porque, no los hemos perdido para siempre. Dios los guarda para sí y para nosotros.

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

catedral funeral interior

La Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos acogerá el próximo domingo 26 de julio, a las 12.30 horas, un funeral por todas las víctimas de la Covid19 en la diócesis de Segovia. Una Eucaristía que estará presidida por el obispo Mons. César Franco.

Al funeral están invitados de una manera especial los familiares de los fallecidos, a los que se facilitará la mayor asistencia posible. En todo momento, habrá que seguir las indicaciones pautadas por las autoridades sanitarias y cumplir con dos requisitos obligatorios: el uso de mascarilla en toda la celebración y el mantenimiento de la distancia de seguridad. El aforo queda limitado al 75%.

En esta Eucaristía, toda la Iglesia de Segovia se unirá en oración para acompañar en el duelo a tantas personas que se han visto afectadas, en una terrible soledad, por la pérdida de sus seres queridos. Además, pediremos por el eterno descanso de todos cuantos han sido llamados a la casa del Padre en estas difíciles circunstancias.

Como aseguró don César en su homilía de la Pascua del Enfermo, el Espíritu que el Señor nos envía «nos asegura que la vida no termina en la muerte». Por eso, la esperanza de la Resurrección es la luz y el consuelo frente a las pérdidas sufridas.

Mensaje para la jornada de afectados por la pandemia

El día 26 de julio la Iglesia celebra a san Joaquín y santa Ana, patrones de los abuelos. Por este motivo, la Diócesis de Segovia ha escogido esta fecha para el funeral, ya que las personas mayores son las que más han sufrido las consecuencias de la pandemia.

Precisamente con motivo de la celebración de este día, la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Subcomisión de Familia y Defensa de la Vida lanza el siguiente mensaje:

Desde el pasado mes de marzo que se decretó el estado de alarma en nuestro país, por motivo de la pandemia de la Covid- 19, hemos podido contemplar cómo los más afectados por este virus han sido los mayores, falleciendo un gran número de ellos en residencias, hospitales y en sus propios domicilios. También, nuestros mayores, debido a las circunstancias tan excepcionales, son los que más han sufrido el drama de la soledad, de la distancia de sus seres queridos. Todo esto nos debe llevar a pensar, como Iglesia y como sociedad, que “una emergencia como la del Covid es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (Pandemia y fraternidad universal, Nota sobre la emergencia Covid-19, Pontificia Academia para la Vida, 30/03/2020).

En una sociedad, en la que muchas veces se reivindica una libertad sin límites y sin verdad en la que se da excesiva importancia a lo joven, los mayores nos ayudan a valorar lo esencial y a renunciar a lo transitorio. La vida les ha enseñado que el amor y el servicio a los suyos y a los restantes miembros de la sociedad son el verdadero fundamento en el que todos deberíamos apoyarnos para acoger, levantar y ofrecer esperanza a nuestros semejantes en medio de las dificultades de la vida. Como afirma el papa Francisco: “la desorientación social y, en muchos casos, la indiferencia y el rechazo que nuestras sociedades muestran hacia las personas mayores, llaman no sólo a la Iglesia, sino a todo el mundo, a una reflexión seria para aprender a captar y apreciar el valor de la vejez” (Audiencia del papa Francisco a los participantes en el Congreso Internacional “La riqueza de los años”, Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida, 31/01/2020).

Pero no basta contemplar el pasado, aunque haya sido en ciertos momentos muy doloroso, hemos de pensar en el futuro. No deberíamos olvidar nunca aquellas palabras del Papa Francisco en las que afirmaba que una sociedad que abandona a sus mayores y prescinde de su sabiduría es una sociedad enferma y sin futuro, porque le falta la memoria. Allí donde no hay respeto, reconocimiento y honor para los mayores, no puede haber futuro para los jóvenes, por eso hay que evitar que se produzca una ruptura generacional entre niños, jóvenes y mayores.

“Conscientes de ese papel irreemplazable de los ancianos, la Iglesia se convierte en un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo. Este intercambio intergeneracional nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia las personas mayores, a aprender a mirar el futuro junto con ellos. Los ancianos no son sólo el pasado, sino también el presente y el mañana de la Iglesia”

 

Las enseñanzas de Jesús partían de ejemplos muy concretos de la vida ordinaria. Era una forma de enseñar propia de los rabinos, aunque Jesús dejara su propia impronta que el pueblo valoraba con una rotunda expresión: «enseña con autoridad». La autoridad de Jesús se manifestaba de dos maneras: ayudaba a mirar las cosas ordinarias desde la perspectiva del Reino de Dios, de la salvación del hombre, del juicio al final de la historia. Sus parábolas, ordenadas en bloques, son auténticos arcones de sabiduría de donde sacaba lo nuevo y lo viejo. Su autoridad, además, se mostraba en extraer el misterio que ocultan las cosas más pequeñas y sencillas cuando se miran desde la óptica de Dios.

Otra característica de su enseñanza es la invitación a escuchar con atención: «el que tenga oídos para oír, que oiga». No todo lo que el hombre recibe por el oído madura en su interior. Necesita prestar atención y acoger la palabra del Maestro.

En este domingo, Jesús cuenta tres parábolas sobre el reino de los cielos que nos hablan de los tiempos o ritmos de Dios. En la parábola de la cizaña, cuando los agricultores se dan cuenta de que ésta crece junto al trigo, piensan que lo mejor es arrancarla de cuajo. Pero el dueño del terreno se lo impide porque, al arrancar la cizaña, pueden también arrancar el trigo. Mejor es esperar, les dice, al tiempo de la siega para cortar la cizaña y arrojarla al fuego y recoger el trigo en el granero. El tiempo de Dios no es nuestro tiempo. El Señor de la historia sabe esperar el momento del discernimiento final, dando así tiempo a que el hombre se convierta de sus obras malas, que el diablo siembra en su corazón. Dios no tiene prisa en establecer su juicio, y el hombre que pretende situarse en el lugar de Dios puede estropear su obra juzgando antes de tiempo quién es digno o no de entrar en su reino. En esta vida, el bien y mal crecen juntos, pero no hay que precipitarse. Para entender esto, bastaría pensar en qué hubiera sido de nosotros si Dios nos hubiera arrancado de esta tierra cuando hemos sido cizaña.

La segunda parábola, la del grano de mostaza, nos enseña que una diminuta semilla esconde una potencialidad exuberante. Sembrada en la tierra, crece y se desarrolla hasta formar un árbol capaz de alojar en sus ramas a los pájaros del cielo. También aquí el Señor nos educa en la importancia del crecimiento del bien en nosotros, a pesar de la apariencia de pequeñez que ofrece a primera vista. «Lo pequeño es hermoso» es el título de un libro sobre economía publicado en 1973. Nos fascina lo grande, lo aparatoso, y olvidamos que Dios se ha complacido en lo pequeño para elevarlo a la cima de sublime. Debemos dejar que lo pequeño que Dios nos ha regalado crezca y crezca según su capacidad para convertir nuestra vida en un hogar donde puede caber el universo.

La tercera parábola, de la levadura, es la más breve y concisa de todas: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina para que todo fermente». Aunque en tiempo de Jesús la levadura poseía una connotación negativa, símbolo de la descomposición y del pecado, Jesús la utiliza en sentido positivo para enseñar que, como en el grano de mostaza, una pequeña porción puede fermentar la masa del pan por la fuerza que en sí tiene y no porque el hombre realice esa transformación. Dios actúa en ese proceso de manera oculta pero certera. Al utilizar la levadura como ejemplo del reino de los cielos, Jesús nos ofrece la segura esperanza de que quien acoge en su corazón el reino predicado por Jesús, experimentará la trasformación de su persona e irá creciendo misteriosamente en él toda la riqueza que esconden sus parábolas.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

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La cesión de uso de la ermita, ubicada junto al palacio medieval y dependiente de la parroquia de la Asunción de la localidad tendrá vigencia por un periodo de 75 años. Además, el acuerdo contempla la cesión por diez años del perímetro y entorno de la ermita.

 

El Obispo de la Diócesis, César Franco, y el Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Laguna de Contreras, Ángel Rojo Palomar, han firmado hoy el convenio por el que el Obispado de Segovia cede el inmueble conocido como “Ermita de las Ánimas” al consistorio de la localidad. El Obispado es titular de dicho inmueble, dependiente de la parroquia de la Asunción y ubicado junto al palacio medieval, propiedad del Ayuntamiento.

            Este convenio se realiza entendiendo que la recuperación del palacio por parte del ayuntamiento, y de la ermita por parte del Obispado con ayuda de la Junta de Castilla y León, enriquece el patrimonio cultural de la localidad. Así, en virtud del citado acuerdo, el Obispado cede gratuitamente -por un periodo de 75 años- la “Ermita de Ánimas” al ayuntamiento, para que éste realice los trabajos de recuperación previstos, pudiéndola utilizar como lugar de contemplación cultural y ocio de vecinos y visitantes.

Agradecimientos mutuos

            El alcalde de la localidad, Ángel Rojo, ha agradecido al Obispado la agilidad en el trámite de la cesión y a la Junta de Castilla y León por su interés y rapidez en su atención. Además, ha avanzado que, “con el tiempo” su intención es realizar un estudio del inmueble para conocer su historia y orígenes ya que, aunque creen que data del siglo XI o XII, el desconocimiento es grande.

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            Rojo ha asegurado que el objeto de esta cesión es “el mantenimiento del patrimonio que tenemos en el pueblo, que para los vecinos es un emblema”. Por eso, dado que actualmente la ermita y su perímetro están abandonados, lo primero que habrá que hacer es “restaurar la bóveda de piedra sin tejado”. El primer edil ha insistido en agradecer también el trabajo de concejales y vecinos para mantener cuidado el recinto y sus jardines a pesar del abandono. Por eso, ha subrayado que “todo lo que sea hacer algo en beneficio de la cultura y los vecinos, bien está”.

           Por su parte, don César también ha agradecido esta propuesta que hace posible que el patrimonio se mantenga, mostrando su deseo porque, como Laguna de Contreras, “todos los pueblos pequeños cuiden de su patrimonio, porque es su historia, son sus raíces y es lo que identifica el alma de un pueblo”. El prelado dado las gracias también por el empeño en cuidar y mantener no solo la “Ermita de las Ánimas”, también su perímetro, puesto que, de esta forma, “se le da vida, gana el pueblo, gana la provincia y el patrimonio”.

Colaboración institucional

            Finalmente, el Vicario General de la Diócesis, don Ángel Galindo, ha puesto en valor el diálogo entre diversas instituciones, eclesiástica y políticas (ayuntamiento y Junta de Castilla y León), destacando “cómo las instituciones se unen para mantener lo que es común” aunque presten servicios diferentes.

            De esta forma, el Ilmo. Ayuntamiento de Laguna de Contreras se hace cargo del arreglo y mantenimiento de la ermita y su entorno, espacio que comparte con la parroquia de la Asunción. Todo ello con el fin de mejorar la zona y adecuarla a las visitas y actividades que puedan realizarse, siempre y cuando las mismas no vayan en contra de la fe y las costumbres católicas.

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