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Martes, 21 Diciembre 2021 08:38

«La familia de Dios» Domingo de La Sagrada Familia

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Navidad es la fiesta familiar por excelencia. A pesar de la secularización e indiferencia religiosa, las familias se reúnen en Navidad como atraídas por una fuerza irresistible que se remonta a Belén. Allí, en la noche más clara de la historia, Dios habitó la escena humana en el seno de una familia que llamamos sagrada. Con toda sencillez lo cuenta san Lucas: «Y sucedió que, mientras estaban allí (María y José), le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre» (Lc 2,6). Sin retórica, sin amplificaciones legendarias, sin apelación a lo sobrenatural, el Hijo de Dios nace en nuestra carne constituyendo la familia que permanecerá para siempre como paradigma del amor mutuo y sin fisuras. Dios ha querido reflejar su vida trinitaria en la convivencia sobrecogedora de una virgen madre, un varón recto y justo y un niño cuyo nombre —Jesús— lo dice todo: Dios salva.

            Al hablar de paradigma nos referimos a su carácter de ideal y prototípico. Bien sabemos que esta familia es única, irrepetible, nacida de una acción directa de Dios, que rehace su plan original mediante misterios trascendentes que forman la trama sobrenatural de lo que sucede. El Dios hecho carne justifica la concepción inmaculada de María, su virginidad perpetua; también justifica la elección de José con su paternidad legal y davídica y su papel de custodio y protector de María y José. Pero es indudable que el carácter único de esta familia no se agota en el misterio que la sostiene, sino que se proyecta sobre el mundo para que toda familia humana tenga un espejo donde mirarse y aprender las virtudes que ensalza la liturgia de este domingo.

            La familia de Belén, además, es el fundamento de otra que ensancha las fronteras de aquella aldea hasta el confín del mundo. Para participar en ella, Jesús invita al hombre a «nacer de nuevo». Se lo dice a Nicodemo y, en él,  a todos los que quieran escucharle. Lo dice públicamente cuando, al decirle que su madre y sus familiares le buscan, afirma: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,48-50). Con estas palabras, Jesús describe la familia que ha venido a fundar y abre el horizonte de una comprensión más amplia de la familia que se funda, en último término, en la actitud de María al acoger la palabra de Dios sin reservas y decir «hágase en mi según tu palabra». Por eso, en el prólogo del cuarto evangelio se dice que los miembros de esta familia no nacen «de sangre, ni de deseo de carne ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1,13). Es obvio que el evangelista sitúa en paralelo el nacimiento del Verbo en nuestra carne y el de los cristianos que acogen con fe a Cristo y creen en su nombre. Ambos nacimientos se explican mutuamente desde la fe. Gracias a la fe, Dios engendra a sus hijos en el bautismo, los une en la consistencia de un solo cuerpo, que es la Iglesia, y los convierte en su familia, que tiene la misión de extenderse por el mundo.

            El Hijo de Dios se ha hecho hijo de los hombre no solo para santificar la primera institución humana, cuna de la vida y origen inviolable de derechos, sino también para revelarnos el plan de Dios sobre la humanidad, que está llamada a participar de la vida de Dios al modo «familiar», es decir, según el amor trinitario que nos vincula unos a otros, no con lazos de carne y sangre, sino con el vínculo indestructible de la vida divina. Como dice san Juan, no sólo nos llamamos sino que en verdad somos hijos de Dios.

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