SábAgo19

Siempre ha sorprendido, en el pasaje de Jesús y la cananea que leemos este domingo, la constancia en la súplica de esta mujer que pide la curación de su hija. Sorprende sobre todo que, ante la negativa de Cristo y el aparente desprecio de sus palabras por pagana, ella responda con la firmeza de la fe en un gesto de humildad que cautiva a Cristo. Para comprender bien este pasaje, es preciso saber que Jesús entendió su misión como enviado principalmente al pueblo de Israel; por eso, cuando los discípulos interceden para que atienda a la cananea que viene gritando detrás de ellos por la curación de su hija, Jesús afirma: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Sabemos, sin embargo, que Jesús hizo alguna incursión en territorios paganos y también allí predicó y realizó milagros. Pero sólo después de la Resurrección, los apóstoles entendieron que la misión de Cristo era universal. El pasaje de la cananea, es, en cierto sentido, un anuncio de esta misión a los paganos.

Vayamos a la escena. Cuando la mujer consigue llegar a Jesús, se postró ante él con esta sencilla súplica: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es muy escueta y hace alusión a la costumbre de echar a los perrillos de la casa trozos de pan: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». La mujer, acoge el reto de estas palabras de Cristo, y responde con toda franqueza y libertad: «Tienes razón, Señor, pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». ¡Hermosa respuesta que conquista a Cristo! Una pagana, que no pertenece a Israel, ha manifestado una gran fe. Se realiza algo que Jesús dirá al contrastar la carencia de fe en el pueblo escogido y la fe de los pueblos gentiles que vendrán a sentarse en la mesa del Reino de los cielos. La fe de esta mujer puede presentarse como ejemplo a seguir para Israel, el pueblo elegido. Jesús, doblegado en cierta medida, realiza el milagro, pero lo presenta como si hubiera sucedido por la simple fuerza de la fe: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Quienes estamos dentro de la Iglesia y, por tanto, sentados en la mesa de Cristo, pensamos muchas veces que tenemos derecho a comer el pan de los hijos. Y así es en razón de nuestro bautismo. Olvidamos, sin embargo, que hay gente que, sin pertenecer aún a la Iglesia, busca a Cristo, atraída por su persona, sus palabras y gestos. Ansían tener fe y poder sentarse a su mesa. A esta gente puede sucederle lo mismo que a la cananea: que se acercan a Cristo para recoger las migajas de pan que caen de su mesa. Y con pocas migajas alimentan su deseo de salvación. Esto debe interpelarnos a quienes nunca nos falta el pan de los hijos. ¿Qué hacemos con él? ¿Cómo progresa nuestra fe? ¿Con qué gratitud seguimos a Cristo y le servimos? ¡Cuántos hombres y mujeres habrá en el mundo que, si tuvieran parte en la mesa de Cristo, nos enseñarían a ser verdaderos hijos! Como la cananea que, sin duda, interpeló a los discípulos de Cristo y a él mismo.

Este evangelio nos invita a gritar con fuerza a Jesús: «Señor, socórreme». Quizás no lo haga enseguida, pero no dejará de atendernos si gritamos con fe humilde y perseverante. Así lo dice Guillermo de Saint-Thierry: «A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes, pasas de largo y yo te grito como la cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti? Seguro que sí: los perritos echados de la casa de su amo siempre vuelven a ella y, por guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi alma no puede vivir lejos de mi Dios!».

+ César Franco

Obispo de Segovia

Valora este artículo
(0 votos)
Volver