VieSep29

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (A): Coherencia de la fe

Hoy hablamos mucho de coherencia. La exigimos a los políticos, a los eclesiásticos, a los hombres de empresa y a los demás. Los pedagogos insisten en educar en la coherencia, es decir, en la adecuación entre nuestras creencias —religiosas o no— y el comportamiento diario. Somos conscientes de que sin coherencia el hombre se convierte en un fariseo, un cínico y, en último término, un ser inconsistente. La coherencia hace creíble a la persona y la reviste de dignidad y respeto. «Es coherente con sus ideas», decimos cuando queremos hablar de la integridad de alguien.

Jesús trata el tema de la coherencia en la parábola de este domingo, que tiene como destinatarios a los sumos sacerdotes y ancianos de Israel que se jactaban de ser justos cumpliendo la voluntad de Dios. Jesús presenta el caso de un padre que tiene dos hijos a quienes manda ir a trabajar a su viña. El primero le dice de primeras que sí, pero no va; el segundo dice que no, pero recapacita y va. ¿Quién de los dos obró bien?, pregunta Jesús. No era difícil responder a la pregunta, que parece dirigida a niños. Sólo el segundo hizo la voluntad del Padre, responden los interlocutores de Jesús.

La enseñanza de la parábola reside en las palabras que pronuncia Jesús después y que resultan extrañas al lector de hoy: «Os aseguro —dice— que los publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan el Bautista a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no lo creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni lo creísteis». ¿Qué relación hay —se pregunta el lector actual— entre la historia de los dos hijos y estas palabras de Jesús? Los publicanos y prostitutas son dos categorías de pecadores que, en tiempo de Jesús, tenían cerrada la entrada en el Reino de los cielos, en razón de sus escándalos públicos. Sin embargo, sabemos que algunos de ellos se convirtieron al escuchar a Juan el Bautista, y entre los seguidores de Jesús había publicanos y prostitutas convertidos. Eran como el hijo rebelde de la parábola que no quería obedecer la ley de Dios, pero, al final, fue a trabajar a su viña. Por el contrario, los líderes religiosos de Israel, que decían formalmente sí a Dios, vivían de espaldas a su voluntad. Eran como el hijo que dice sí al padre, pero no va a trabajar a la viña. ¿Quiénes eran entonces los coherentes? Tampoco es difícil responder a esta pregunta.

Si aplicamos esta enseñanza a nosotros mismos, descubrimos su enorme actualidad. Es un examen de conciencia sobre la coherencia de nuestra fe. Un estudioso de este pasaje hace esta consideración: «Nosotros, cristianos, hacemos profesión de seguir a Jesús, somos practicantes; externamente mostramos todos los signos de la docilidad a Dios; pero esta docilidad ¿es verdaderamente real, profunda, o es solamente superficial, contradictoria con tantas acciones que no son realizadas según la voluntad de Dios?». Junto a esto, todos conocemos personas que han vivido en desobediencia a Dios y, al convertirse, comienzan a llevar una vida ejemplar de fidelidad a Dios, adelantándonos en el camino hacia el reino de los cielos. Jesús invita a cambiar la actitud del corazón: pasar de una aparente actitud de justicia, que se queda en meras fórmulas externas sin contenido, a la verdadera obediencia de la fe, que consiste en cumplir la voluntad de Dios. Jesús lo dice con otras palabras que establecen el principio de la coherencia de la fe: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre  que está en los cielos» (Mt 7,21).

+ César Franco

Obispo de Segovia

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