Viernes, 14 Junio 2019 07:54

La Trinidad y la vida contemplativa. Domingo de la Santísima Trinidad.

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La Trinidad y la vida contemplativa

 

El domingo de la Santísima Trinidad la Iglesia nos invita a orar por quienes forman la vida contemplativa. Son hombres y mujeres que, a diferencia de quienes se dedican a la vida activa, escogen el silencio, la oración y el trabajo para dedicarse a Dios mediante la contemplación de su verdad, bondad y belleza. La importancia de este modo de vivir sólo se comprende si tenemos en cuenta que Dios es el Absoluto, bien supremo y felicidad infinita. Dios supera todo lo creado e imaginable. De ahí que haya personas que experimenten la atracción irresistible de buscar su rostro, contemplar en la fe lo que un día será la visión cara a cara de Dios, meta de todo hombre.
En un mundo que ha perdido —hablamos en general— el sentido de la trascendencia, no es fácil entender la vida contemplativa que da sentido a tantos monasterios. Sin embargo, cuando la gente se acerca a estos lugares de paz, silencio y oración, y participa en la liturgia, descubre ese otro mundo que habitualmente resulta desconocido. Hasta personas que no creen, confiesan, cuando pasan por un monasterio, que hay algo que les invade como una ráfaga de otro mundo imperceptible para los sentidos, pero real. Es el mundo de Dios en el que se adentran quienes aspiran a la contemplación.
Con mucha frecuencia, se piensa que lo más importante del hombre es hacer. El homo faber se ha convertido en el prototipo que construye civilizaciones, técnicas, arte y cultura. Es evidente que el hombre ha sido creado para la acción. «Creced, multiplicaos, dominad la tierra y sometedla», dice el Creador a Adán y Eva. Pero no olvidemos que este mandato de Dios sólo se explica desde el presupuesto de que el hombre ha sido hecho «a imagen y semejanza de Dios». Y Dios, además de Creador, es relación entre las tres divinas personas. Su ser más íntimo es esta comunión interpersonal que hace de la vida de Dios una fascinante realidad de comunicación amorosa. Entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fluye la vida divina no sólo entre ellos sino entre quienes, por la gracia del bautismo, participamos de su mismo ser.
Para la vida contemplativa, por tanto, la Santísima Trinidad es el icono en que mirarse para realizar su vocación. Cada una de las tres personas nos introduce en el diálogo eterno del único Dios que busca relacionarse con el hombre. Y los tres, en su armonía indestructible, nos enseñan a vivir como reflejo de su comunión. Un misterio tan insondable hace de la contemplación una tarea inacabable, pues Dios, en su inmensidad sin principio ni fin, siempre está más allá de nuestras posibilidades de comprensión. Sólo a través del silencio interior y exterior, de la adoración y de la súplica confiada, de la acogida de lo que nos sobrepasa, podemos llegar a ser contemplativos, aunque no vivamos en un claustro. Dios se revela a quienes le buscan con humildad y sencillez de corazón, y, sobre todo, a los que le aman. Como dice Jesús, Dios pone su morada en quienes cumplen su voluntad y le agradan en todo.
Contemplar a Dios no es sólo tarea de las personas contemplativas sino de todo hombre que tiene su origen y meta en Dios. Y aunque nos parezca difícil hacerlo, no olvidemos que, al hacerse hombre, el Hijo de Dios nos ha facilitado el camino, pues quien ve al Hijo ve al Padre, dado que ambos son uno. Y ambos viven en el amor del Espíritu Santo que, según san Pablo, ha sido derramado en nuestros corazones para que podamos llevar la vida misma de Dios. En realidad, basta recordar que cada cristiano es templo vivo del Espíritu de Dios y no olvidar que Dios «es más íntimo a nosotros mismos que nuestra propia intimidad» (San Agustín).

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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