Lunes, 15 Julio 2019 10:45

«Anda y haz tú lo mismo». D. XV. T.O.

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La parábola del buen samaritano, una de las más bellas de Jesús, permanece en la memoria de la Iglesia como la mejor definición de quién es el prójimo. Un letrado pregunta directamente a Jesús: ¿quién es mi prójimo? Y Jesús le responde con la parábola. Desde el comienzo de la parábola, es notable que la pregunta del letrado sobre cómo alcanzar la vida eterna no revela un corazón limpio, sino que desea «poner a prueba» a Jesús. Busca examinarle sobre la ley mosaica y sus exigencias porque Jesús tenía fama de no cumplirla o de suprimir alguna de sus exigencias. Otro dato que merece tenerse en cuenta sobre la actitud del letrado es la apostilla del evangelista cuando dice que, «queriendo aparecer como justo», pregunta a Jesús: «Y, ¿quién es mi prójimo?». Cualquier israelita sabía que prójimo era el más cercano que necesitara ayuda, medios para subsistir. Eran también los huérfanos, viudas y emigrantes, que vivían indefensos, sin recursos y marginados de la sociedad. La pregunta sobre el prójimo, sobre todo en labios de un letrado, revelaba ignorancia fingida o retórica vana.
La respuesta de Jesús no es abstracta. Cuenta una historia que, según algunos estudiosos, podía haber tenido lugar por aquellos días. Un hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por bandidos que le despojaron de todo e, hiriéndole, le dejaron medio muerto. Pasaron por allí un sacerdote y un levita que, dando un rodeo, pasaron de largo. Pasó un samaritano que, al verlo, sintió compasión. Lo montó en su cabalgadura, lo llevó a la posada y lo cuidó. Al día siguiente, le dio al posadero dos denarios y le dijo que cuidara de él y que le pagaría a su vuelta lo debido.
La actitud de este samaritano es el núcleo de la parábola. Jesús escoge adrede, frente al sacerdote y al levita, un enemigo clásico de los judíos: un samaritano. A pesar de la enemistad, es el que siente compasión por el herido. La expresión más exacta del verbo griego es se le conmovieron las entrañas, la misma que utiliza la parábola del hijo pródigo para expresar los sentimientos del Padre cuando ve retornar a su hijo perdido. El samaritano es el signo de la compasión de Dios. No le basta curarle las heridas, lo sube a su cabalgadura y le lleva a la posada para que le cuiden hasta su vuelta. Esta caridad sin medida contrasta con la frialdad del sacerdote y del levita, que, seguramente para no contraer impureza ritual, pasaron de largo para poder hacer sus oraciones en el templo.
Al terminar la parábola, Jesús recoge la pregunta del letrado y se la devuelve a modo de interpelación moral: ¿Quién actuó como prójimo? El letrado respondió: el que tuvo misericordia de él. Y Jesús le sitúa en el mismo camino de la compasión: Vete y haz tú lo mismo. Se ha pasado de una pregunta sobre quién es el prójimo a una actitud moral: tener misericordia del prójimo. La novedad evangélica de esta parábola es que Jesús rompe el esquema de las relaciones humanas para situar en el centro de la acción a un «enemigo» que practica la caridad en contraste con quienes debían haberlo hecho por ser precisamente hermanos de mismo pueblo y religión. La caridad supera las fronteras cuando el prójimo, sea quien sea, reclama nuestra atención. El amor verdadero no se fija en culturas, razas, lenguas religiones. Sobran las preguntas retóricas sobre quién es o no nuestro prójimo —¿acaso no lo sabemos?— y sobra mantener apariencias de justos cuando todos necesitamos la misericordia de Dios. Sobra, sobre todo, querer poner una trampa a Cristo, que es la Verdad suprema, pues él sabe mejor que nadie lo que existe en el interior del hombre. Como el letrado, podemos caer en nuestra propia trampa.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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