Viernes, 18 Octubre 2019 06:59

Fe y perseverancia. D. XXIX del tiempo ordinario.

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En el evangelio de este domingo, Jesús cuenta la parábola del juez inicuo que no quería atender las quejas de una viuda que acudía a él para que la defendiera de sus enemigos. Harto de escuchar los lamentos de la pobre mujer decidió atenderla, no tanto movido por la justicia, cuanto para evitar que, al no ser acogida, terminara por pegarle en la cara. El evangelista dice claramente cuál es la intención de la parábola: animar a los discípulos a orar sin desfallecer, pues si el juez inicuo termina haciendo justicia, Dios, que es sumamente justo, escuchará las súplicas de quienes acudan a él.
Recordarán los lectores que, en domingos anteriores, hemos comentado una parábola muy parecida a ésta: la del amigo inoportuno, que, a fuerza de insistir, consigue el favor que quiere. Jesús utiliza situaciones de la vida ordinaria para explicar su doctrina sobre los diversos aspectos de la vida moral. La parábola de hoy se cierra con unas palabras de Jesús que intentan ponernos en guardia contra uno de los peligros más frecuentes de la vida cristiana. Después de afirmar que Dios escuchará a quienes griten a él día y noche y les hará justicia sin tardar, Jesús termina con esta pregunta: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». Por la retórica de su discurso, Jesús da a entender con esta pregunta que el hombre está amenazado de perder la fe, si no es perseverante en la oración. En otro pasaje del evangelio de Lucas, Jesús dice abiertamente: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).
Perseverar no es fácil. El hombre tiene un corazón inconstante y cambiante, según dice la Escritura. Y esta falta de perseverancia se hace más notable en la vida espiritual, y, especialmente, en la determinación de practicar la oración. En el libro de su vida, santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, habla de las dificultades que experimentaba ella para ser fiel a Dios en la oración. Siempre tenía alguna excusa para dejarla: atender a otras necesidades, dedicarse a ocupaciones más satisfactorias o simplemente acortar el tiempo de la oración cuando se le hacía cuesta arriba. Hasta que Dios le hizo entender que por este camino nunca llegaría a la perfección que aspiraba. Fue entonces cuando esta maestra de oración se comprometió «con determinada determinación» a ser fiel a Dios en la oración diaria.
Muchos cristianos no llegan a la madurez espiritual por esta falta de perseverancia en la oración, que consiste, como dice también santa Teresa, en «tratar de amistad con quien sabemos que nos ama». Sin oración es difícil descubrir la voluntad de Dios sobre uno mismo, y es más difícil aún que, una vez descubierta, pueda perseverar en ella superando los constantes reclamos de una cultura enferma de hiperactivismo. Si no damos tiempo a Dios en nuestra vida, si no le dejamos entrar hasta en los últimos rincones de nuestra morada interior, Dios terminará siendo insignificante y, tarde o temprano, perderemos la fe. A eso se refiere Jesús con su pregunta retórica: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
La perseverancia se alimenta, no sólo de la determinación de la propia voluntad, sino de la conciencia de nuestra propia debilidad, es decir, de la humildad. Sólo quien tiene conciencia clara de su pobreza, acudirá, con súplicas ardientes, de día y de noche, como la viuda del evangelio, a quien puede hacerle justicia frente a sus enemigos. Y permanecerá insistiendo hasta que se abra la puerta del único que puede darnos la perseverancia en la fe. Por eso, la Iglesia se reúne todos los días en oración, consciente de que sólo así, cuando el Señor vuelva, la encontrará en vela esperando la salvación.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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