Viernes, 21 Febrero 2020 11:14

El Padre celestial y sus hijos. Domingo VII Tiempo Ordinario

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El pueblo de Israel ha tenido siempre una conciencia muy viva de la santidad de Dios. Es el Dios infinitamente santo que ha hecho alianza con su pueblo para hacerle partícipe de su misma santidad. Por eso, la santidad de Dios y la del pueblo judío están estrechamente unidas como aparece claro en la conocida como ley de la santidad judía: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). La razón de la santidad del pueblo radica en que el Dios Creador ha dejado su impronta en la criatura, de modo que ésta debe reflejar la santidad de Dios. Además, al pactar con su pueblo, Dios le pide que viva sus mandamientos como forma concreta de santidad. Se comprende, entonces, que después de enunciar la ley de santidad —«Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo»—, el Levítico enuncie algunos preceptos que se refieren al amor, como expresión de la santidad de Dios.
En el texto del sermón de la montaña Jesús recoge la ley de santidad de Israel, pero se atreve a reformularla con algunos cambios significativos. Dice así: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,42-48).
Jesús no dice «vuestro Dios», sino «vuestro Padre celestial». Este cambio revela uno de los rasgos de la enseñanza Jesús: Dios es Padre que nos mira como hijos puesto que nos ha engendrado por el bautismo. Los hijos deben adoptar la conducta del Padre, de manera que no deben contentarse sólo con amar a los hermanos de raza, parientes o cercanos, sino que deben extender su amor a los enemigos y perseguidores, porque el Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y malos manda la lluvia sobre justos e injustos.
El segundo cambio que hace Jesús es utilizar la palabra «perfectos» y no «santos». No hay oposición entre ambos términos: la santidad a la que debe aspirar el discípulo de Cristo se concreta en la perfección (o plenitud) del amor, es decir, en imitar al Padre bueno. Esta perfección se expresa, a diferencia de la ley mosaica, en el amor a quienes nos persiguen o tenemos por enemigos. La plenitud de la ley consiste en el amor. Por eso, Jesús exhorta a vivir una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, es decir, a superar interpretaciones restrictivas del amor al prójimo reflejadas de modo expresivo en el «ojo por ojo, diente por diente». La perfección de la que habla Jesús no tiene fronteras: supone el cumplimiento íntegro de la Ley, cuyo origen es Dios, el Padre celestial, que nos urge a imitarle en todo. En definitiva, se trata de amar como Dios ama.
Seguramente alguien se preguntará si es posible amar como Dios. Quizás el texto de Mateo induce a confusión, pues dice que seamos perfectos como nuestro Padre celestial. La partícula griega que se traduce por «como» puede tener el significado de «porque», como en la ley de santidad judía. Se invita, pues, a los discípulos de Cristo que sean perfectos «porque» su Padre lo es, aunque no lleguen nunca a imitarle plenamente. No debemos olvidar, además, que Dios es quien infunde su amor en nuestros corazones mediante el Espíritu recibido en el bautismo. Si lo acogemos de verdad, amaremos como Dios ama.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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