Jueves, 15 Octubre 2020 07:48

«Aquí estoy, envíame» Domingo del Domund, XXIX de Tiempo Ordinario

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El lema del Domund para este año tiene aire profético. Recuerda la vocación de Isaías, cuando, después de haber sido purificados sus labios con un ascua encendida, dice a Dios: «aquí estoy, mándame». La disponibilidad del profeta es total ante la llamada de Dios. Es la misma disponibilidad de los apóstoles de Jesús cuando éste los llama: dejándolo todo, lo siguieron.

Es imposible ser miembros de la Iglesia y no estar disponibles a la misión. La llamada de Dios es imperiosa, no admite demoras. No podemos reducir el Domund a una colecta extraordinaria, a unas celebraciones litúrgicas especiales, o a testimonios emotivos de misioneros que acuden a las parroquias a contarnos su vida. Todo eso está bien. La misión ad gentes es mucho más.

En primer lugar, es tomar conciencia de que «aquí estoy». Soy yo, mi persona, quien es interpelada por la llamada de Dios. Estamos en el mundo con una misión, cada persona es misión. Dios cuenta conmigo para cooperar en la obra redentora de Cristo que se extiende generación tras generación. «Aquí estoy» significa reconocer que mi existencia es un regalo de Dios al mundo. Solo quien toma conciencia de lo que significa existir como don y regalo de Dios a los hombres, puede decir con pleno sentido «aquí estoy».

En segundo lugar, la misión ad gentes implica decir «envíame». Nadie se da a sí mismo la misión ni la vocación. Ambas cosas unidas vienen de Dios. Somos llamados para ser enviados. Sólo así podemos realizar una misión que no es nuestra, ni en la que tenemos la iniciativa. Dios solo es quien envía y nos prepara para la misión con el don de la disponibilidad. Sin esta libertad, centrada en la voluntad de Dios, reduciríamos la misión a una empresa particular en la que me siento protagonista. No es así. El protagonismo en la Iglesia lo tiene el Espíritu Santo, que se sirve de los cristianos para llevar adelante la expansión del cristianismo. La disponibilidad al Espíritu Santo es, como dicen los Padres de la Iglesia, la actitud primordial del cristiano, de la que derivan las demás: fortaleza, ánimo apostólico, alegría, capacidad de entrega, fidelidad hasta el martirio.

Cuando pensamos en la misión, nos creemos importantes por lo que aportamos a países necesitados. Todo esto es verdad. Pero el primer beneficiado de la misión es el enviado por Dios. Su vida, en las manos de Dios, adquiere un sentido nuevo porque se convierte en un signo de la misión de Cristo en el mundo. Así como Cristo, en cuanto enviado, es el signo del amor del Padre, así los enviados por Cristo son signos suyos y de su salvación. Lo dice claramente Jesús en el discurso de despedida: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Para vivir la misión en la Iglesia no podemos perder este horizonte que nos remite al Enviado por excelencia, Jesús, el Hijo de Dios. Identificarse con Cristo en su propia misión es necesario para ejercer la nuestra y olvidarnos de nosotros mismos para ser fecundos como el grano de trigo que cae en tierra. Las palabras de Jesús adquieren un sentido nuevo cuando las acogemos desde esta perspectiva. No existimos para que nos sirvan, sino para servir; no vivimos para conservar la vida, sino para perderla; no buscamos nuestra propia gloria, sino la de Dios; no somos dueños de ninguna parcela en la Iglesia, sino trabajadores de la viña del Señor; no ostentamos poderes mundanos, sino espirituales en orden a incorporar a los hombres a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. En definitiva, somos enviados para testimoniar que Cristo ama al mundo y lo ha redimido con la entrega de sí mismo. Solo viviendo así podemos decir: «Aquí estoy, envíame».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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