Jueves, 10 Febrero 2022 09:15

«Nuestra indiferencia los condena al olvido» Domingo VI de Tiempo Ordinario

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La campaña de Manos Unidas forma parte ya de nuestra conciencia social en la lucha contra el hambre en el mundo. La solidaridad entre todos los seres humanos, propia de la fe cristiana y puesta de relieve con insistencia en el magisterio del Papa Francisco, nos impide contemplar los problemas del hombre desde un punto de vista meramente individual. Todo lo que afecta al individuo es una cuestión social, que involucra a la sociedad entera y a sus instituciones. El individualismo no encaja en la naturaleza del cristianismo: ni en la oración dominical, que empieza con «Padre nuestro», ni en la cumbre de la liturgia que es la eucaristía, donde Cristo se ofrece por toda la humanidad.

            Ser indiferente a las problemas del hombre es desvincularse de la propia identidad y negarse a sí mismo en cuanto miembro de la humanidad. ¿Nos gustaría encontrarnos solos y aislados en un mundo hostil? ¿Qué sentiríamos si gritáramos nuestro dolor sin encontrar ningún eco? La indiferencia significa pérdida de sensibilidad, de empatía, de comunión con el hombre. Es una especie de escudo protector de nuestros intereses que se ven amenazados cuando quienes sufren reclaman nuestra atención y ayuda. Es mejor olvidar que hacer memoria de qué somos y cuáles son los verdaderos vínculos que nos unen a los demás.

            Uno de los signos de la decadencia de nuestra sociedad es precisamente el afán por protegernos ante los problemas de los demás. La fe cristiana es justamente lo opuesto. Jesucristo, en sus palabras y gestos, nos recuerda que solo la caridad nos salva. La venida de Cristo a nuestra carne y la plena participación en el destino del hombre hasta llegar a la cruz es el camino que nos propone si queremos que un día, en el juicio final de la historia, seamos proclamados benditos para entrar en el reino eterno. Jesús es el buen samaritano que carga con el malherido en el camino, el pastor que da la vida por los suyos, el siervo que lava los pies de los discípulos, el cordero que asume los pecados de los hombres, el compasivo que unge las heridas y sana a los enfermos, el misericordioso que atiende a los que la sociedad desprecia o margina: sordos, ciegos, lisiados, leprosos. No hay rastro de indiferencia en las palabras de Cristo ni en sus gestos. Su lema es el olvido de sí; su mandamiento: amaos unos a otros como yo os amo.

              Manos Unidas ha nacido de esta profunda convicción de fe de unas mujeres de Acción Católica que, con una primera colecta por el hambre, desafiaron a quienes piensan que la caridad es obsoleta y que lo importante es la justicia. Tal contraposición entre caridad y justicia es anticristiana. En Dios no existen contradicciones en sus infinitos atributos. Y, cuando establece la justicia en el mundo, lo hace por medio del amor, que es su esencia misma. Al asumir el Hijo nuestra condición humana en el seno de María, al hacerse carne como nosotros, el amor se hizo visible, como dice la primera carta de Juan. Se hizo palpable, audible. Fuimos rescatados del egoísmo y de la indiferencia. Cuando olvidamos este camino de Cristo en nuestra carne humana, negamos lo nuclear de nuestra fe y, al mismo tiempo, condenamos a los pobres al olvido. Porque nadie puede decir que ama a Dios si no ama a su prójimo. Más aún, quien diga y haga eso, es un mentiroso y la verdad no está en él. Dejémonos arrastrar por esta corriente del amor de Dios, que nos permite vivir la memoria de nuestra condición de hijos de Dios, hermanos de los hombres, para no condenar a los que sufren al olvido, ni condenarnos a nosotros en las tinieblas de la indiferencia.

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