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Jueves, 24 Febrero 2022 10:26

«Discernimiento» VIII Domingo de Tiempo Ordinario

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Una actitud del hombre sabio es el discernimiento. Esta palabra viene del término latino «discernere», que significa separar, cribar.  Es la acción de quien separa la paja del trigo, lo bueno de lo malo. En el libro del Eclesiástico leemos este pasaje sapiencial de permanente vigencia: «Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos. El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación. El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona. No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona» (Eclo 27,4-7). La sabiduría práctica que revela este texto apunta a la necesidad del discernimiento como tarea esencial del hombre. Por medio de la palabra la persona desvela su corazón y, con frecuencia, sus propósitos, del mismo modo que el fruto indica si el árbol es bueno o malo.

            Jesús utiliza esta imagen en el Evangelio de hoy para «discernir» la bondad o maldad del hombre: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Lc 6,43-45). Es obvio que Jesús utiliza el Eclesiástico para decirnos que «la palabra revela el corazón de la persona», su bondad o malicia.

            La palabra sufre hoy una devaluación dramática, que tiene sus consecuencias en el orden del ser y, por tanto, en el del actuar, según el principio «agere sequitur esse». En el orden del ser, la palabra se utiliza con frecuencia con la pretensión de cambiar la naturaleza de las cosas en razón de la propia ideología que cercena el vínculo entre la razón y la realidad. Si la palabra, por naturaleza, define el ser de las cosas, su manipulación contradice el ser, es decir, nos sumerge en el caos de una enorme torre de Babel en la que nadie se entiende. Adán recibió la potestad de nombrar las cosas y así lo hizo; hoy el hombre se arroga el derecho de cambiar la realidad cuando expropia a la palabra de su capacidad de definir. Este caos en el orden del ser tiene nefastas consecuencias en el orden moral porque si la palabra pierde su virtualidad, ¿quién asegura entonces la verdad? La mentira es, por tanto, una prostitución de la palabra en cuanto nexo con la realidad y es la profanación más indigna de quien miente. Se miente a sí mismo y miente a los demás. ¿A quién aprovecha este comportamiento? Solo al que lo realiza: es el reino del propio interés, la disolución de toda relación humana verdadera. Se entiende que Jesús diga en el evangelio: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5,37), el «padre de la mentira» (Jn 8,44).

            Volvamos al discernimiento como actitud del hombre sabio. Apliquemos las palabras de Jesús para discernir la interioridad del hombre. Atendamos a lo que se habla y, sobre todo, al fruto que produce la palabra. Si de lo que rebosa el corazón habla la boca, tenemos un criterio seguro para discernir qué hay en el corazón de la persona que me habla. La repulsa que sentimos cuando alguien nos miente es la reacción propia de quien ha sido creado para la verdad. Es llamativo, sin embargo, que no sintamos la misma repulsa cuando la mentira se expande globalmente como un anestésico que nos adormece cuando no afecta de modo directo a nuestros propios intereses. ¿No será entonces que hemos perdido la capacidad de discernir? O peor aún, ¿qué solo discernimos en beneficio propio?

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