Viernes, 24 Junio 2022 10:27

«El hombre es misión en la tierra» Domingo XIII de Tiempo Ordinario

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Es frecuente entre los cristianos que al escuchar la palabra «vocación» pensemos de inmediato en la llamada especial al sacerdocio, a las misiones o a la vida consagrada. Pocos piensan en la vida como vocación, o en la vocación a vivir, que es la primera de todas las vocaciones. La palabra «vocación» viene del latín vocare, que significa llamar. Dios llama al hombre cuando inicia su existencia en el seno materno. Es la primera y fundamental vocación: la llamada a la vida. Vivir con pleno sentido significa que el tiempo en este mundo es una gracia de Dios para desarrollar nuestra condición de personas. Todo hombre, sin excepción, es vocación. Y, al mismo tiempo, es misión porque no se concibe que Dios llame a alguien sin otorgarle una misión específica. Así lo dice el Papa Francisco: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades» (EG 273).

            Vivir con esta intensidad del alma es la vocación que todo hombre y mujer recibe por el hecho de ser creado. Ese es nuestro destino. Con el bautismo, además, la vocación recibe un carácter cristológico: se trata de vivir en Cristo, como dice san Pablo. Esto configura la vida del bautizado de forma plena y total. Ser en Cristo y vivir en Cristo es la vocación del bautizado, que se convierte en testigo del Evangelio y de la vida nueva de la resurrección. A esto llamamos vocación laical (que viene de la palabra griega laos, pueblo), o secular (de seculum, siglo o mundo). En cuanto miembro del pueblo de Dios, el Papa dice: «La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme» (EG 273). Por lo que toca a vivir en el mundo, es obvio que sería una alienación desentenderse de él y de las tareas temporales que, como seglares, los cristianos deben realizar sin separar la vocación cristiana de la vida pública. 

            En este domingo, leemos relatos de vocación de personas que son escogidas para una radical entrega a Dios. El profeta Eliseo, discípulo de Elías, recibe la misión de continuar su tarea. En el Evangelio, varias personas se acercan a Jesús para seguirle con entrega total (cf. Lc 9,57-62). Las condiciones que pone Jesús pueden parecer exageradas, pero indican que, para seguirle, no basta sólo la propia voluntad, sino aceptar que es Cristo quien llama y elige a los quiere, no por sus méritos, sino por la elección del quien puede poner condiciones por ser Hijo de Dios. «No me habéis elegido a mí, dice Jesús, soy yo quien os he elegido». Hay que tener en cuenta que, si Jesús puede poner condiciones para el seguimiento radical, es porque también ofrece lo que ningún ser humano puede dar: la vida eterna. Si olvidamos esto, ni la vocación laical, ni la sacerdotal ni la de la vida consagrada tendrían pleno sentido. Dios, al crearnos, nos ha dado la libertad para aceptar o no su llamada, pero, si Dios es Dios y no puede dejar de serlo, es él quien pone las condiciones cuando llama. En este sentido no hay vocaciones de primera, de segunda o tercera categoría, porque quien reconoce la existencia de Dios, acepta su soberanía y entiende que la libertad consiste en amarle sobre todas las cosas.

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