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Sábado, 30 Julio 2016 20:44

Domingo XVIII: La necia codicia

A medida que el hombre se cierra a Dios, se bloquea en él el pensamiento de la muerte. Es el síndrome de la avestruz que esconde la cabeza en un agujero para no ver el peligro. Este tipo de hombre, incapaz de mirar la muerte de frente, en la antigüedad era considerado necio, porque perdía el horizonte de su existencia finita. Sabio era, por el contario, el que pensaba en la muerte, consideraba su término temporal y se preparaba a morir, consciente de que sólo así dignificaba sus días. Filosofar era sinónimo de aprender a morir.

Es lógico que, cuando el hombre deja de pensar en Dios y en el más allá, se aferre al más acá, y ponga su nido en las cosas de la tierra, se torne codicioso, con la ingenuidad poco contrastada de que así será feliz. ¿Pueden las cosas de este mundo, o el mundo entero, saciar la sed de infinitud que habita al hombre? ¿Pueden las riquezas hacerle verdaderamente feliz?

En el evangelio de hoy, un oyente pide a Jesús que interceda ante su hermano para que reparta la herencia con él. Jesús, dirigiéndose al público, dice que se guarden de toda clase de codicia porque, aunque uno ande sobrado, la vida no depende de sus bienes. Lo sabemos por experiencia. Jesús no dice nada nuevo. Hasta los más ricos y poderosos de la tierra mueren como los más pobres, irremediablemente. Jesús cuenta entonces la historia de un rico que, al tener una gran cosecha, se dio cuenta que no tenía dónde almacenarla. Pensó entonces derribar los graneros que poseía y construir otros más grandes, capaces de guardar todos sus bienes hasta el fin de sus días. Y se decía así mismo: «alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente». En estas andaba, dice Jesús, cuando Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?». Y, como colofón  de la historia, concluye Jesús: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,19-21).

¿Quién no conoce historias semejantes? La codicia no tiene límite, se autoalimenta con el afán de agrandar el granero. Jesús lanza primero una pregunta que desvela lo absurdo de almacenar bienes que serán para otro, porque la muerte impide gozarlos a quien los atesora. El fin de muchas fortunas termina en la Hacienda pública o en disputas feroces de herederos, legítimos o advenedizos. La segunda afirmación de Jesús nos sitúa en el plano de la transcendencia, el que los codiciosos olvidan: así es el fin de quienes atesoran para sí y no son ricos ante Dios. Naturalmente, quien no cree en Dios quedará frío ante esta consideración. Jesús llama necio al que vive así, porque hacerse rico para sí mismo, cuando tenemos los días contados, sólo se justificaría si la riqueza tiene un fin social, y se convierte en ayuda para otros. Pero no es esta la perspectiva de la parábola, que busca poner en evidencia la necedad de una vida en la que todo se ve de tejas para abajo. Por eso Jesús advierte del peligro que tiene la codicia. Cuanto más grande es el imperio que uno logra, más trágico es el fin que le espera sin el horizonte de Dios y de la inmortalidad. Al final, se queda sólo consigo mismo y con sus bienes, como muestra la genial película «Ciudadano Kane», un magnate ambicioso que, cuando muere totalmente solo, pronuncia el nombre del trineo con que jugaba en su niñez, la única etapa de su vida en que fue feliz. Normalmente el codicioso tiene el alma fría, es insensible a las necesidades de los demás, vive obsesionado por los bienes, volcado en sí mismo, enterrado ya en vida entre sus bienes. Olvida que cada día que pasa es un día que le gana la muerte en su llegada. Es un necio.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Publicado en Tiempo Ordinario
Sábado, 30 Abril 2016 10:04

La morada y el huésped

 

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo revelan la originalidad del cristianismo. A punto de partir hacia el Padre, Jesús prepara a sus discípulos para la despedida y les dice esta misteriosa frase: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». ¿A qué se refiere Jesús? Ciertamente se va. Retorna al Padre. ¿Por qué dice entonces que vuelve a su lado?

Los discípulos no quedarán solos ni abandonados. No habrá motivo para la cobardía ni el temor: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde», dice Jesús. Su lugar será ocupado por el «Consolador», que es el Espíritu del Padre y del Hijo. Durante el tiempo de su presencia entre los hombre, Jesús ha realizado el oficio de consolar. En su condición de Mesías, ha sido el «Consuelo de Israel» (Lc 2,25), anunciado por los profetas. Viviendo y caminando con el hombres, Jesús ha enjugado lágrimas, ha curado heridas, y ha dado esperanza a los decaídos. Es normal, pues, que el anuncio de su partida provoque inseguridad, temor y desamparo. Pero no será así: él mismo afirma que vendrá «otro Consolador» y ocupará su puesto. Le llama Defensor y Espíritu de la verdad, cuyo oficio consiste en enseñar toda la verdad a los cristianos y recordarles lo que él ha dicho. El Espíritu viene a ocupar el puesto de Jesús y a hacer viva su memoria. ¿Existe mayor consuelo?

Las palabras de Jesús no se limitan a esto. Da un paso más. Su venida a nosotros será personal y directa. Vendrá con el Padre y ambos pondrán en nosotros su morada. «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). No hay mayor intimidad entre Dios y el hombre que ésta. El cristianismo se aleja de toda concepción panteísta de la relación con Dios, que disuelve el yo personal del hombre y el de Dios. Aunque Dios todo lo llena con su presencia y nada existe sin su aliento que sostiene la creación, su relación con el hombre es personal. San Pablo, predicando a los atenienses, dice que en Dios «vivimos, nos movemos y existimos».  El apóstol se remite a una concepción filosófica de Dios, principio de la vida, del movimiento y del ser. Las palabras de Jesús superan esta concepción, pues presentan al Padre y al Hijo viniendo al hombre y habitando en él. Esta enseñanza, que será llamada en la teología «inhabitación», convierte al hombre en la morada de Dios; y Dios, a su vez, se ha hecho huésped, inquilino del hombre que lo acoge bajo su techo. No existe mayor grado de intimidad y de relación interpersonal que este venir de Dios a nosotros y vivir en los entresijos del ser humano. Como dice el gran poeta Dámaso Alonso: «Hombre es amor, y Dios habita dentro/ de ese pecho y, profundo, en él se acalla».

Dios ha querido dar, con su venir a nosotros, una respuesta a la soledad del hombre, en ocasiones terrible e insoportable. El hombre no es un ser solo e inhabitable. Es un ser abierto a la relación y comunicación con Dios. Su cuerpo es un templo más hermoso que la catedral más bella. Porque es un templo a imagen del huésped que lo habita: el Dios personal y trino, hecho hombre en Jesucristo, el Dios que dentro de cada uno de nosotros contempla su creación y se aproxima a cada hombre desde nuestra carne, que él ha hecho suya, para poder consolar, amar, sanar y animar al que pierde la esperanza. Es el Dios que no sólo ha querido poner su tienda —es decir, su cuerpo— junto al nuestro, sino que ha optado por vivir dentro del hombre mismo, llenando el vacío de la soledad que tantas veces le lleva a preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre el dolor que le atenaza. Dios vive en ese hombre, que, a veces sin saberlo, dialoga con él.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Publicado en Tiempo de Pascua
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