Jueves, 16 Mayo 2019 08:05

La señal del amor. D. V. de Pascua.

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En el evangelio de este domingo Jesús anuncia que le queda poco tiempo de estar con los suyos. Su partida al Padre en la Ascensión es inminente. Sus palabras hablan de la gloria que recibirá del Padre, que es una clara referencia a la resurrección, aunque también la gloria —por paradójico que parezca— se refiere a la cruz. ¿En qué sentido? En la cruz, cuando Cristo sea levantado sobre el madero de la ignominia, revelará el amor que tiene a los hombres dando la vida por ellos. Cuando hablamos de la cruz gloriosa de Cristo confesamos que en ella el amor ha sido enaltecido al grado más alto: no hay amor más grande que el de dar la vida por los demás. Esa es la gloria de Cristo y también la del hombre. Lo entendemos bien cuando alguien ofrece su vida para salvar a otro. Un gesto así vale por sí mismo; no necesita comentarios. Por amar así, y porque el Hijo de Dios no podía quedar sometido al poder de la muerte, Dios lo ha glorificado resucitándolo de entre los muertos.
A la luz de esta verdad entendemos que, al despedirse, Jesús deje a sus discípulos el mandamiento del amor. Es un mandamiento nuevo, no porque antes de Cristo no se conociera la supremacía del amor, piedra angular de la moral judía. Es nuevo, porque Cristo encarna una forma de amar radicalmente nueva. O si queremos decirlo de otra manera: Cristo revela en su plenitud y grandeza qué significa amar. Por eso, no dice que nos amemos como lo hacía los justos del Antiguo Testamento, sino como él mismo nos ha amado. La señal por la que se conocerá que somos cristianos es amarnos como él mismo no ha amado. Esta es la novedad absoluta que interpreta la Ley y los Profetas. Sólo este amor —dice un teólogo actual— «será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo».
Si lo pensamos bien, la norma para el cristiano no es una ley escrita, es la persona misma de Cristo que se convierte, por su resurrección, en la referencia indispensable para todo cristiano. Cuanto hace, dice y enseña es el camino que conduce a la perfección moral y al testimonio convincente de la fe cristiana. Sobra todo discurso cuando se ama de verdad. El amor se justifica a sí mismo y tiene la virtualidad de tocar al hombre en su fibra más íntima. El mejor elogio que se hace de las primeras comunidades cristianas se resume en estas palabras: «¡Mirad cómo se aman!».
Al dejarnos este mandamiento nuevo, Jesús ha simplificado mucho las cosas, porque todo cristiano puede fijar su mirada en él y descubrir en cada circunstancia de su vida cómo debe amar. No hay dificultad, por grande que sea, que se resista a ser iluminada por el ejemplo de Cristo. De ahí que los santos han hecho de la imitación de Cristo el camino seguro de la vida cristiana. Quien imita a Cristo no se equivoca nunca, porque es el Maestro que nos invita a hacer lo que él ha hecho. Cristo siempre va por delante en nuestro camino de fe y siempre ilumina nuestras oscuridades. Basta contemplarle con ojos de fe, la fe que ha encendido en nosotros la resurrección, para acertar en el camino.
Se cuenta de san Buenaventura que le preguntaron en cierta ocasión en qué libros se inspiraba para componer sus sermones y tratados espirituales. Él condujo a la persona que le interrogaba al interior de su habitación y le mostró un crucifijo ante el cual hacía su oración y le dijo: he aquí mi biblioteca. El Crucificado y Resucitado es el libro abierto para entender la existencia cristiana. Gracias a que el Hijo de Dios ha tomado nuestra carne comprendemos, con la simplicidad de una mirada, qué significa vivir, morir y amar como Cristo. Es la novedad absoluta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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