Jueves, 19 Mayo 2022 08:11

«Acompañar en el sufrimiento» VI Domingo de Pascua

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La Pascua del Enfermo, celebrada en este domingo, nos exhorta a «acompañar en el sufrimiento» a quienes sufren la enfermedad. La condición humana comporta la debilidad de nuestra naturaleza, la enfermedad y la muerte. Por mucho que luchemos contra lo que provoca las enfermedades, sabemos bien que podemos aminorar el dolor, vencer algunas enfermedades, sobreponernos a la fragilidad, pero nunca venceremos la muerte de la que la enfermedad o la edad es antesala inevitable. Quien larga vida desea, dice san Agustín, larga enfermedad desea. Se explica, pues, que una de las actitudes de Jesús fuese el acercamiento a los enfermos, los sanara en algún caso, y nos exhortara a visitarlos. Estuve enfermo y me visitasteis, dice en el juicio último a la humanidad.

Es propio de Cristo asumir el dolor del hombre. Según Isaías, esa fue su intención al encarnarse. Asumió nuestros dolores y enfermedades y con sus heridas curó las nuestras. La parábola del «Buen Samaritano» es, más allá de una enseñanza moral, el retrato más expresivo de Cristo, que desciende de su cabalgadura para curar al herido, cargar con él y llevarlo a la posada, que es lugar de misericordia. Esta parábola ha calificado a la Iglesia como samaritana, que, al ejemplo de Cristo, se para junto al hombre que sufre y le unge con el óleo del amor, compadeciendo con él para hacer más llevadero la prueba del sufrimiento.

Junto al dolor físico, el enfermo puede padecer también una crisis espiritual, que le lleva a preguntarse sobre Dios, su misericordia y providencia. La experiencia del dolor nos sitúa en la frontera de nuestra fragilidad y, en ocasiones, en la frontera de la duda de fe. Los cristianos debemos estar atentos a este riesgo. El enfermo no sólo necesita medicinas para el cuerpo, sino aliento para su espíritu, seguridad de que el sufrimiento puede ser —de hecho, lo es— lugar de crecimiento espiritual. No olvidemos lo que dice la carta a los Hebreos sobre Cristo: «fue perfeccionado por los sufrimientos». El debate teológico suscitado por este texto es inagotable y no conviene dulcificarlo con explicaciones que pierdan de vista la condición humana del Hijo de Dios que quiso pasar por la experiencia del padecimiento. Muchos enfermos son «sanados» cuando descubren que la aceptación de su condición es un paso adelante en el crecimiento integral de su persona. De ahí viene la necesidad de «acompañar» al enfermo. Junto a la ciencia médica, que progresa en el alivio del dolor, se necesita la ciencia del espíritu que ofrece, como dice V. Frankl en su espléndida monografía sobre el hombre doliente, la «terapia» de la palabra que hace del médico o sanitario, o del familiar y amigo, un acompañante con capacidad de sanar las heridas del alma acechada por la desesperanza, el sinsentido o la renuncia a asumir la propia enfermedad. ¿Qué otra cosa intentó Jesús con el sacramento de la unción de los enfermos? La oración por el enfermo, junto a la unción con el óleo santo, es la acción de Cristo que viene a identificarse con quien sufre para alentar su esperanza, no solo en la curación, sino en la seguridad de que no está solo en su padecimiento, sino acompañado por la iglesia que lo sostiene en la fe, y, sobre todo, en las manos del Buen Samaritano que no es indiferente ante el dolor ajeno, ya que él mismo participó de nuestra condición humana.

La Pascua del enfermo es el paso de Cristo por la vida del enfermo. El Resucitado se hace presente para iluminar el camino hacia la sanación integral del hombre que se revelará un día en la resurrección de la carne, esa que nos parece tan frágil como la caña cascada o el pábilo vacilante (cf. Mt 12,20).

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