Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

El segundo domingo de Adviento contiene una llamada poderosa a la conversión. Juan Bautista llama a la conversión con tonos severos y denuncia la actitud de quienes con apariencia de respetables son «raza de víboras» que esconden en su interior una radical oposición a Dios. El profeta les dice que el hacha está puesta en la raíz del árbol que, si no da buen fruto, será talado y echado al fuego. La fuerza de esta imagen, que anuncia la cercanía del Mesías, remite al núcleo de su predicación: el Reino de Dios está cerca. Los hombres son invitados a acoger al Mesías que trae la renovación del universo y del mismo hombre.

            El texto poético de Isaías, proclamado en este domingo, describe el nuevo orden que trae el Mesías, basado en la justicia y rectitud, en la paz que supera toda violencia y enfrentamiento. El tiempo mesiánico evoca la armonía del paraíso en la que el lobo y el cordero habitarán juntos, el leopardo se tumbará junto al cabrito, y el león, como el buey, comerá paja. El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente y el recién destetado extenderá su mano hacia la madriguera del áspid. La expresividad de estas imágenes alcanza su clímax en la afirmación del profeta: «Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar» (Is 11,9).

            Si comparamos este paisaje con el que nos ofrece el mundo actual, comprenderemos la necesidad que tenemos de la venida del Mesías de Dios. Y entendemos fácilmente la esperanza del Adviento y la urgencia de la conversión. Nuestro mundo, como el de cada época después de la expulsión del paraíso, se debate en una esperanza agónica. El siglo XX, con la experiencia de las dos guerras mundiales, situó la esperanza en el primer plano del pensamiento filosófico y teológico. La esperanza sacudió, como si fuera un latigazo de la predicación de Juan Bautista, a poetas, filósofos y teólogos con la pregunta existencial sobre Dios: ¿Es posible creer en Dios? ¿No es el hombre un lobo para el hombre? ¿Puede la humanidad tener esperanza en un mundo nuevo? Si hasta los que se llaman hijos de Abrahán son catalogados por Juan Bautista como «raza de víboras», ¿cómo esperar un mundo nuevo?

            Solo Dios puede realizar este cambio a condición de que el hombre se convierta a él. Dios puede sacar de las piedras hijos de Abrahán, ciertamente, pero su camino no pasa por gestos tan extraordinarios. La venida de Jesús en nuestra carne es el camino que ha utilizado para convertir el corazón del hombre. Jesús no aparece con un hacha en la mano para talar el árbol que no da fruto; tampoco se presenta con el bieldo para aventar la parva y echar la paja al fuego. Estas imágenes se refieren al juicio último de Dios al fin de la historia. La aparición de Jesús en la escena de los hombres es la del Mesías manso y humilde que busca al hombre para reconciliarlo con Dios y consigo mismo y convertirlo en un instrumento de su paz mesiánica. Con otras palabras: Dios quiere hacer de cada uno de nosotros un hombre nuevo según la imagen de su Hijo, de forma que en el mundo florezca la esperanza. Así, hasta que al final de la historia Dios establezca la justicia, el tiempo se convierte en un constante Adviento que nos permite mirar el horizonte con la certeza de que nuestro mundo posee ya en su misma entraña la salvación que nos ha traído Jesucristo cuya primera exigencia es la conversión del corazón. Solo la conversión, entendida como acogida de Dios y de su reino, nos lanza al futuro con la seguridad de que la esperanza, por trabajoso y paradójico que sea mantenerla viva, nunca defrauda porque Dios ha salido al encuentro del hombre (cf. Rom 5,5).

FIRMA DIGITAL OBISPO recortada

Miércoles, 30 Noviembre 2022 11:13

REVISTA DIOCESANA DICIEMBRE 2022

Loading...

Jueves, 24 Noviembre 2022 12:01

EL SEÑOR NACE ENTRE COSTURAS EN EL SEMINARIO

05BELÉN SEMINARIOWEB

Un año más el claustro del Seminario Diocesano de Segovia se convierte en lugar de referencia en las visitas navideñas por acoger el belén monumental. La muestra de esta edición se suma a la de los tres pasados años (de temática monumental-ecológica, costumbrista y hebrea, respectivamente), cubriendo ya la totalidad del claustro con la recreación de tan entrañable acontecimiento navideño.

El belén de este año nos traslada hasta la segoviana localidad de Escalona del Prado de una manera especial: tejido a ganchillo. Y es que tres mujeres vecinas del pueblo iniciaron en tiempo de pandemia este proyecto que la Navidad pasada pudo contemplarse en la iglesia parroquial, siendo incluso distinguido con el primer premio en categoría artesanal del Concurso de Belenes de la Diputación Provincial de Segovia.

Desde Escalona llega a Segovia este belén bajo el título «Entre costuras nace el Señor» con un entorno y una ambientación completamente nueva para la ocasión. De hecho, se han tejido figuras nuevas para situarlas en el prado del que toma el nombre la localidad. Así, podremos diferenciar dos partes. En primer lugar, encontraremos la representación del pueblo con elementos emblemáticos como el Ayuntamiento, y la recreación de costumbres como el juego del chito, la brisca, el corro de la patata o los bolillos. Y, a continuación, encontraremos el propio misterio de la Navidad, con la Anunciación, el Nacimiento o el camino de los Reyes Magos.

Para finalizar, regresaremos a Escalona y sus costumbres con la procesión de la Virgen de la Cruz en la que la imagen mariana está acompañada del sacerdote, las monjas, los fieles y las mayordomas con sus rosquillas, todo ello amenizado por un grupo de paloteo.

Entre figuras y representaciones, una sorpresa, pues las propias creadoras del belén se han tejido a si mismas siendo entrevistadas por la televisión.

Novedades

El visitante que se acerque al claustro del Seminario podrá volver a contemplar los montajes de años anteriores, en los que se han incluido más de cincuenta nuevas figuras, entre las que destaca una representación de los desposorios de José y María. Así, a los autores ya presentes y de renombre como Mayo Lebrija, Montserrat Ribes, Olot o los Hermanos Cerrada, se unen ahora las creaciones de la belenista Ángela Cámara.

El próximo domingo 27 de noviembre, a las cinco de la tarde, tendrá lugar la inauguración del belén con una sencilla ceremonia de bendición. Desde entonces, quedará abierto hasta el próximo 8 de enero de 2023 con el siguiente horario de apertura: lunes a viernes de 17.30 a 20.30h; sábados, domingos y festivos de 12 a 14h y de 17.30 a 20.30h. A partir del 24 de diciembre el horario será de lunes a domingo de 12 a 14h y de 17.30 a 20.30h.

Los grupos que estén interesados en hacer una visita guiada pueden consultar la disponibilidad de fechas y ampliar información llamando al 921 460 963 o al 689 680 416.

El claustro del Seminario es una de las «paradas» de la ruta belenística establecida con motivo de la celebración del 60 Congreso de Belenes que tuvo lugar en Cuéllar. Así, tanto la villa como el Real Sitio de San Ildefonso albergan durante este periodo diversos y novedosos montajes para que los visitantes disfruten del misterio de la Navidad.

La lógica de la fe cristiana es apabullante. Todo cuadra en la relación de unos dogmas con otros. Nada queda descolgado en la urdimbre de la fe. No hay hilos sueltos. La razón de esta lógica reside en la verdad de Dios. Dios no puede mentir ni negarse a sí mismo. Cuando el prólogo de san Juan afirma que «el Verbo se hizo carne», dice de modo indirecto que la carne del hombre es capaz de Dios. De hecho, Dios había dispuesto desde toda la eternidad que su Hijo se encarnara y revelara la verdad sobre Dios, sobre el cosmos y sobre el hombre con su sola presencia en este mundo.

«Caro cardo salutis», decía Tertuliano. La carne se ha convertido en el quicio de la salvación. Por eso su Palabra, como indica el mismo término hebreo dabar que puede traducirse por palabra y por acción, es al mismo tiempo algo que acontece.

            En el Evangelio de este domingo se narra un diálogo de Jesús con los saduceos, grupo religioso que negaba la resurrección de la carne. Plantean a Jesús un caso rebuscado de una mujer que se queda viuda sin descendencia. Conforme a la ley del levirato, la viuda debía casarse con el hermano de su difunto esposo, que tenía seis hermanos.  Uno tras otro muere sin dar descendencia a la mujer. Como los siete habían estado casados con ella, preguntan a Jesús a quién de ellos pertenecerá la mujer cuando llegue la resurrección de los muertos. También hoy hay muchos cristianos que tienen una idea de la resurrección poco acorde con la fe cristiana: desde quienes la niegan directamente con el argumento de que ya en la muerte resucitamos, hasta quienes consideran la vida eterna como una prolongación de esta, aunque sin fin (¿con sus excesos y deficiencias?).

            Según el Evangelio de hoy, Jesús aprovechó la ocasión para hacer una catequesis sobre el significado de la resurrección y sobre la vida más allá de la muerte, que no puede entenderse desde categorías meramente terrenas. Afirma, sobre todo, que los muertos resucitarán porque Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, como lo indica el calificativo que los judíos daban a Dios: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Al mencionar a los patriarcas, que, para la fe judía, ya vivían en Dios, Jesús concluye que Dios no es un dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos.

            Cuando algunos cristianos de Corinto negaron la resurrección de los muertos, san Pablo argumentó de una manera muy sencilla: si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Ahora bien, si Cristo ha resucitado al tercer día de su muerte, es obvio que, por resurrección, solo puede entenderse la de su carne, la que asumió en la encarnación. La resurrección supone la encarnación. El modelo de nuestra resurrección solo puede ser la suya. En otra ocasión san Pablo dice que hemos resucitado con Cristo en el bautismo. Lo que de forma sacramental comenzó en el bautismo llegará a su plenitud al fin de la historia cuando resucitemos. Entonces, nuestra carne será trasformada según el modelo de la carne gloriosa de Cristo. Esta es la lógica coherente de la fe. La carne, como decía Tertuliano, se ha convertido en el quicio de la salvación.

En cuanto a cómo será la vida de los resucitados, debemos dominar la fantasía para evitar las trampas absurdas de los saduceos. Una cosa es segura: será vivir en la plenitud de lo humano conforme al plan de Dios trazado para su Hijo. Si Dios nos ha creado para la felicidad eterna, y ha querido que su Hijo compartiera nuestra carne, es lógico deducir que lo previsto para nosotros supera lo que la imaginación pueda barruntar. Nada de lo humano se perderá, sino que alcanzará la plenitud de lo divino.

 

FIRMA DIGITAL OBISPO recortada

Jueves, 03 Noviembre 2022 09:03

REVISTA DIOCESANA NOVIEMBRE 2022

Loading...

JOSEANTONIOWEB2

 

La entrega de «el llamador» se traslada hasta Montejo de la Vega de la Serrezuela • Con este galardón la Diócesis de Segovia reconoce el valor del servicio discreto en favor de la Iglesia y la sociedad

 

CARTEL.jpg
La Diócesis de Segovia ha concedido el VI Premio San Alfonso Rodríguez a D. José Antonio García Baciero. Desde 2017, la Diócesis entrega este premio a finales del mes de octubre, con el que reconoce la labor callada de todos aquellos fieles que dedican su tiempo a los pequeños servicios cotidianos en favor de la Iglesia y la sociedad. Con cariño, con generosidad, pasando desapercibidos, pero realizando una tarea eficaz y necesaria en el día a día de nuestras parroquias.

            En la actualidad, en Segovia siguen existiendo muchos «san Alfonsos Rodríguez» que nunca salen en las noticias. Fieles de a pie, gente sencilla como Toño —o Toñín, como se le conoce en el pueblo—, de 76 años, vecino de Montejo de la Vega de la Serrezuela. Un hombre soltero, que fue obrero en una fábrica de Aranda de Duero y agricultor pero, ante todo, el sacristán del pueblo. Desde que se edificara la iglesia parroquial de San Andrés Apóstol hace 34 años, (ya lo hacía anteriormente), cuida con esmero todos los detalles relacionados con el culto y el mantenimiento del templo. Como a san Alfonso, todos lo buscan y a todos a tiende desde esa tarea que un día se le encomendó y continúa cumpliendo con la mayor naturalidad y discreción.

           
La entrega de «el llamador», como se denomina al galardón, tendrá lugar el próximo domingo 30 de octubre a las 17 horas. Será en su pueblo, en Montejo de la Vega de la Serrezuela, tras una Eucaristía presidida por el Obispo de Segovia, Mons. César Franco, que estará animada por la coral La Espadaña de Ayllón. El acto, muy sencillo al estilo del santo, pretende mostrar la realidad de una Iglesia acogedora y abierta a todos, que se nutre de la labor discreta y perseverante de personas como Toño que, en nuestros pueblos y barrios, salen diariamente al encuentro de los demás con la mayor entrega y total gratuidad.

San Alfonso Rodríguez

San Alfonso Rodríguez es conocido por ser el santo de lo cotidiano, alguien que podríamos denominar como nuestro «santo de la puerta de al lado».

Nacido en el barrio de El Salvador de Segovia, pasó la segunda parte de su vida, desde los 40 años hasta más allá de los 80, sirviendo como portero del colegio jesuita de Monte Sión, en Palma de Mallorca. Dicen que cuando oía la campana de la puerta, acudía a ella diciendo «Ya voy, Señor», franqueando el paso a todos. Allí se santificó en los pequeños servicios, escuchando a todos, procurando que todo estuviera bien.

NOMBRAMIENTO VG

 El vicario general de la Diócesis, D. Ángel Galindo García, ha sido nombrado capellán de Su Santidad, título honorífico que se confiere por una especial concesión de la Santa Sede a los presbíteros. Reconocimiento que se concede a petición del Obispo de la Diócesis para sacerdotes considerados dignos, y es el único honorífico que sigue vigente tras la abolición de este tipo de reconocimientos por el Papa Francisco en 2014.

            En virtud de este nombramiento, don Ángel Galindo ostenta el título de Reverendo Monseñor, y podrá ser distinguido de otros sacerdotes por sus vestiduras. Así, el vicario general tendrá como vestimenta coral y como traje de diario la sotana negra con ojales, botones, bordes y forro de color morado, y banda de seda morada.

            Cabe destacar que este rango no expira, aunque requiere renovación tras la muerte del Papa que otorgó el título.

Hay milagros de Jesús que dicen mucho más de lo que sugiere una primera lectura. Hoy leemos el Evangelio de san Lucas sobre la curación de los diez leprosos. Yendo de camino entre Samaría y Galilea, antes de entrar en una aldea, diez leprosos, guardando la distancia exigida por la ley, suplican con gritos a Jesús para que los cure. Jesús no se acerca a ellos, como en otra ocasión, sino que les ordena que vayan a los sacerdotes, que tenían la autoridad para confirmar la curación. Ellos obedecen y, cuando iban de camino, sucedió el milagro: estaban limpios. Al darse cuenta, uno de ellos se vuelve hacia Jesús alabando a Dios, se postra a sus pies rostro en tierra y le da gracias. san Lucas añade: «este era un samaritano».

            Este pequeño añadido sobre la condición samaritana del leproso curado tiene una clara intención. Sugiere claramente que los otros eran judíos y ninguno de ellos volvió a dar gracias. San Lucas es el evangelista del universalismo de la salvación, como lo muestra la segunda parte de su obra que es el libro de los Hechos de los Apóstoles. Si se sigue el hilo del relato, la salvación que acontece en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo, se extiende, mediante los viajes de Pablo por la cuenca del Mediterráneo hasta llegar a Roma, centro del imperio. Que el leproso, que retorna sobre sus pasos y se postra ante Jesús, le agradezca el milagro, subraya que también los paganos —Samaría era ciudad de paganos— acogen y agradecen la compasión de Jesús. Como en la parábola del buen samaritano, este leproso adora a Jesús, como indica el verbo griego utilizado por san Lucas.

            Pero hay algo más que hace de este samaritano un modelo de creyente. Cuando Jesús lo alaba por haberse postrado para dar gracias, dice estas palabras: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: levántate, vete; tu fe te ha salvado» (Lc 17,18-19). Lucas distingue entre curación y salvación. Jesús cura a los diez, pero solo del samaritano dice que se ha salvado por la fe. Le extraña que, habiendo sido curados todos, solo uno —extranjero y samaritano— alabe a Dios y retorne a Jesús para darle gracias. Sin decirlo explícitamente, está describiendo el proceso de la fe, que se ha realizado en el samaritano. En él, el milagro ha sido eficaz, no solo porque se ha curado, sino porque ha reconocido en Jesús a quien le ha dado tal gracia. Al alabar a un extranjero samaritano, está censurando la actitud de los judíos que, teniendo fe en el verdadero Dios, no le agradecen sus dones. Muchos vieron los milagros de Jesús y fueron beneficiados por él, pero no todos creyeron en él, porque no se abrieron a la gratitud que provoca la acogida del milagro. El samaritano, que no creía en Jesús antes de ser curado, se salva por la fe que provoca en él la curación y entiende que tal gesto sólo puede venir del Salvador del hombre.

            Durante su ministerio, Jesús advierte en muchas ocasiones a los judíos que vendrán los paganos y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos, mientras que ellos pueden perderlo. Leyendo este Evangelio desde la perspectiva actual, es una advertencia para los que, habiendo sido sanados por Cristo del pecado —que es más que la enfermedad de la lepra— no agradecemos el don que nos ha hecho, lo cual indica la debilidad o carencia de nuestra fe. Nos hemos acostumbrado tanto a la salvación recibida de modo tan gratuito, que nos parece que vale poco; quizás por eso, nuestra gratitud es tan raquítica. ¿No bastaría solo este dato —¡Cristo me ha redimido! —para vivir en una constante y gozosa acción de gracias? ¿No nos sorprendemos cuando un recién convertido a la fe nos da lecciones de entrega a Dios, de alabanza y de gratitud?

FIRMA DIGITAL OBISPO recortada

Martes, 04 Octubre 2022 10:04

REVISTA DIOCESANA OCTUBRE 2022

Loading...

Siempre me han sorprendido las palabras de Jesús sobre la fe que leemos en el Evangelio de este domingo. Cuando sus discípulos le piden que les aumente la fe, Jesús dice: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería» (Lc 17,6). Un grano de mostaza es una pizca en la palma de la mano. Apenas se ve. ¿Tan poca fe tenían los discípulos —me pregunto— que no alcanzaban lo que pedían? La hipérbole es legítima, desde luego, pero ¿hasta este extremo? ¿No tenían la fe de un grano de mostaza?

            Quizás la clave de este dilema esté en lo que entendemos por fe. Quienes recitamos el Credo en la misa o en la oración personal tenemos fe, y fe verdadera. Quienes recibimos los sacramentos de la Iglesia, lo hacemos con fe. Sin embargo, la fe no es solo el contenido de los dogmas ni la convicción de que en los sacramentos recibimos la gracia de Dios. La fe es también la actitud del corazón que se fía plenamente de Dios y se adhiere a su voluntad con la certeza de que Dios no defrauda nunca. Es la total confianza en su poder y magnanimidad.

En el Evangelio hay ejemplos de fe tan luminosos que hasta sorprenden a Jesús. La mujer hemorroísa que se abre paso entre la gente para tocar tan solo el manto de Jesús y, al hacerlo, quedó curada. El centurión que pide la curación de su criado y, cuando Jesús se dispone a acompañarlo hasta su casa, aquel le dice que no es necesario, pues una sola palabra de Jesús basta para sanarlo. O la mujer fenicia de Siria, que acepta imperturbable las palabras de Jesús, de apariencia despectiva, cuando le dice que el pan de los hijos no se puede echar a los perrillos, para responderle con serena firmeza que también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de los hijos. «Mujer, qué grande es tu fe —afirma Jesús—, que se cumpla lo que deseas» (Mt 15,28).

            Quizás este último ejemplo nos ayuda a entender la razón por la que nuestra fe no llega al tamaño de un grano de mostaza. Esta mujer estaba convencida de que su plegaria tenía que ser escuchada. Estaba segura del poder de Cristo, aun siendo una pagana, para darle lo que solicitaba. Y aceptó con sencillez la humillación que suponían las palabras de Jesús al distinguir entre los hijos y los perrillos, es decir, entre los hijos de Israel y los paganos, que recibían tal calificativo. No se rindió ni se echó atrás en su demanda. Más aún, con cierta osadía —la fe, cuando es verdadera, es osada— pide con insistencia. Y, como dice Jesús, la fe se hace eficaz en la realización del milagro: que se cumpla lo que deseas.

            El hecho de que esta mujer sea pagana, como pagano era el centurión que pide la curación de su criado, también es significativo para entender que la fe, además de su aspecto cognoscitivo, tiene otro que podemos llamar cordial, porque tiene su sede en los afectos del corazón. Ni el centurión ni la mujer fenicia compartían la fe de Israel. Sin embargo, como afirma Jesús del centurión, ni en Israel había encontrado tanta fe. Es posible que los cristianos nos hemos acostumbrado a pensar que, por el hecho de serlo, merecemos que Dios nos atienda y nos conceda sin más lo que pedimos. Pero nuestra fe no tiene el tamaño de un grano de mostaza cuando nos falta perseverancia, insistencia, osadía en la petición. Creemos, sí, en las verdades de la fe, pero estas no llegan a echar raíces en el corazón y moverlo con la certeza de que el Señor puede realmente darnos lo que pedimos. Es entonces cuando debemos recordar que «el justo vive de la fe», una fe viva, confiada, segura del poder de Cristo. Es esta fe arraigada en el corazón la que debemos pedir como los discípulos: «Auméntanos la fe».

FIRMA DIGITAL OBISPO recortada

Página 1 de 59