ANTONIO: «LA IGLESIA ES PORTADORA DE LUZ PARA VER EN PROFUNDIDAD»

ANTONIOEMAUS

ANTONIO, profesor de Religión y colaborador de la parroquia de San Cristóbal de Segovia

  • ¿Cómo ha cambiado su día a día desde que se decretó el estado de alarma y el confinamiento?

Como supongo que a todo el mundo. He tenido que replantear agenda, convivencia familiar, trabajo, celebración y práctica de Fe. En definitiva: ha supuesto un reto para aprender a no enfocar la vida diaria desde lo que “no puedo” o “no se puede hacer”, sino esforzarme en plantearme el tiempo y el quehacer diario viendo posibilidades, espacios, motivaciones, objetivos nuevos y herramientas nuevas para conseguirlos. Por ejemplo, hemos descubierto las posibilidades de internet para celebrar juntos la fe o para acompañar a los alumnos adolescentes en su progreso académico desde las plataformas virtuales.

  • ¿Qué papel desempeña la Iglesia frente al coronavirus?

La Iglesia frente a esta pandemia, como ante cualquier otra realidad de nuestra vida, no es, ni puede ser otra cosa que testigo de esperanza, de sentido. Portadora de luz para ver en profundidad, no tanto en la inmediatez y fugacidad de las cifras y sus efectos mediáticos, tan fugaces, manipulables y carentes de sentido por sí mismos. Es la voz, muchas veces discreta y en silencio, que nos habla de parte de Jesucristo, de su presencia viva y salvífica entre nosotros. Precisamente en este tiempo tan duro.

  • ¿En estos tiempos de mayor convivencia en el hogar, cuál es la posición de los padres como educadores en la fe de sus hijos?

Una vez más, diría que es la misma de siempre, también compartida con la Iglesia. No en vano también estamos redescubriendo que la familia somos Iglesia doméstica. Nuestra posición es análoga a la que se le pide a la familia desde la sociedad. En este caso, se espera que la familia forme un ciudadano adulto en toda su dimensión. También en lo que se refiere a la Fe, es como el útero para el feto: acoger, cuidar, acompañar y posibilitar el nacimiento y desarrollo del cristiano adulto en la Fe. Esta es la responsabilidad y misión recibida en el matrimonio cristiano y en el bautismo de nuestros hijos. Transmitir la FE con la vida misma, con la forma de llevar esta situación, con el ejemplo y, parafraseando a S. Francisco, si es necesario alguna vez también con la palabra. Mostrar que Dios es el Señor de la vida y de la muerte, el Señor de la Historia. Que Él llama a cada uno por su nombre y le ama incondicionalmente, con todo lo que es y no es, con lo que hace y… deshace. Esta es mi experiencia de familia.

  • ¿De qué manera su fe le ayuda a sobrellevar esta situación?

En primer lugar, desde la experiencia misma de la enfermedad que pasé durante catorce días. La fe me ayudó a vivir en confianza y paz esos días duros de debilidad, de fragilidad. La fe también me ayuda a vivir desde el agradecimiento profundo a Dios cada día que amanece, la salud que me regala, cada bocanada de aire gratuita, la simple llamada diaria del centro de salud para seguir mi estado.
La fe me dice que nada es por casualidad, sino parte de un designio misterioso de Dios para nuestro bien. Que nada es por fatalidad, sino más bien una oportunidad para crecer como personas en el amor.

  • ¿Cómo cree que la fe puede servir de “vacuna” ante la impotencia y el miedo de enfermos y familiares?

De igual forma que no existe a día de hoy una vacuna contra el virus, el cristiano debe aceptar que no hay LUZ sin CRUZ. Como el mismo Jesús aceptó su paso por el dolor, la cruz y la misma muerte para darnos la mayor prueba de amor, confiado en su Padre. No podemos hacer de la fe una especie de bálsamo, o droga que nos niega la realidad, como decía Marx, el opio. El cristiano, desde la fe y apoyado en Dios, mira el dolor y la cruz desde la realidad concreta de cada día, siempre, no sólo ahora, no como el FINAL de todo, sino como camino, como medio, como “pascua” para llegar a la plenitud que no puede ser otra cosa que el encuentro con Dios. Obviamente, el que vive la enfermedad, el dolor, la impotencia y el miedo con esta perspectiva, tanto si es paciente, como si es cuidador, tiene un horizonte de sentido, es capaz de vivirlo con esperanza.

  • ¿Considera que, debido a las circunstancias, estamos profundizando en nuestra relación personal con el Señor de una manera más pura?

Sin ninguna duda, es un tiempo de gracia. Como he dicho, es una oportunidad. Pero Dios nos hace libres, no se nos impone. “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”, nos dirá el profeta Oseas. Este confinamiento nos ha hecho recluirnos físicamente. Nos ha mostrado una perspectiva personal, familiar, social y eclesial completamente nuevas. Nos ha quitado ciertos estorbos, ruidos o interferencias que antes ponían muy difícil el verdadero encuentro familiar, por ejemplo. Nos ha hecho añorar otros encuentros y espacios que antes quizás despreciábamos, o no apreciábamos en su valor, como la Eucaristía y comunión “no-virtuales”. ¿Estamos aprovechando realmente esta oportunidad y gracia? Ojalá. Creo que habrá que esperar un tiempo para ver si ha sido así o no.

  • ¿Opina que la irrupción de esta crisis sanitaria y social ha alterado la forma de vida generalmente individualista y materialista de la humanidad?

Nuestra voracidad egocéntrica como especie es evidente. Y es la causa de buena parte de los desequilibrios sociales y ecológicos, como ha dicho el Papa Francisco. Un virus insignificante, nos ha parado en esa escalada. Sigilosamente, sin la fuerza, sin violencia, sin armas… nos ha obligado a parar. En este escenario de cuarentena, podemos replantearnos la sostenibilidad de nuestros modelos de progreso económico, nuestro ideal de bienestar y de felicidad. Ahora viene la “desescalada”, esa grave crisis económica en ciernes, esa “nueva normalidad” que vemos acercarse cada día con una mezcla de estupor, inquietud y deseo. Sin duda: es una irrupción que, paradójicamente, puede traer muchos cambios saludables. Sólo puede.

  • ¿Cree que una vez superada la pandemia el ser humano cambiará su actitud ante la vida y ante los demás?

Si algo nos enseña la Historia de la Humanidad es que no aprendemos fácilmente de las experiencias, ni como personas ni como especie. Como he dicho, este tiempo podría ser una gran oportunidad para cambiar el rumbo de la Humanidad a escala planetaria en el comienzo de este tercer milenio de nuestra era. Hemos re-descubierto lo que siempre supimos: que somos vulnerables, que no somos dioses, que no somos autosuficientes. Que podemos y debemos ser solidarios en la solución de los grandes males, como lo somos en padecerlos. De hecho hay signos esperanzadores de que esto es posible en nuestro comportamiento personal y social, más allá de casos particulares indignos. Pero también podría ser un simple paréntesis para volver a las andadas, como solemos decir.

  • La Iglesia ha sabido adaptarse para continuar con su labor desde la distancia ¿cómo valora las iniciativas evangelizadoras a través de los medios de comunicación y redes sociales?

Me parecen una vez más, signo de la presencia y acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Ante cada necesidad nueva, suscita nuevas respuestas, nuevas iniciativas. Es maravilloso. De distinto tipo, amplitud y calidad, pero todas con el denominador común de hacer presente a Cristo en nuestra realidad personal y social. El Triduo junto al Papa por TV, impresionante. Creo que hay cosas mejorables, desde el punto de vista de la comunicación, como por ejemplo la genial iniciativa de la ronda de todos los obispos españoles en 13TV. La idea me pareció magnífica. Otra cosa fue el formato elegido y resultado ofrecido. Pero todos vamos aprendiendo. En la pequeña comunidad en la que camino en la fe llevamos este tiempo manteniendo celebraciones semanales de la Palabra y la Eucaristía de forma telemática. Y nos ha costado comenzar, pero es una gracia de Dios.

  • Escoja una cita bíblica que sirva como mensaje de esperanza a los creyentes.

Me quedo con Lc 24,13-35. El encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús, el evangelio de este Domingo III de Pascua. Cada vez que me acerco a este texto encuentro una nueva razón para seguir, para esperar, para creer. Me identifico mucho con los discípulos cortos de entendederas, con los ojos ofuscados por la “dura realidad” de la cruz. Y tengo por experiencia también que el Señor ha caminado conmigo como con ellos, muchas veces escuchando con paciencia mi desánimo, mi falta de fe, mi dolor, acogiéndolo y abriéndolo a la experiencia de la Pascua: “era necesario pasar por ahí…” para llegar a la Vida. Feliz Pascua! Cristo vive y nos acompaña en esta crisis.

 

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