DON CÉSAR TRASLADA UN MENSAJE DE ESPERANZA A LAS FAMILIAS EN EL FUNERAL POR LAS VÍCTIMAS DE LA COVID-19

26

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cerca de 200 personas, lo permitido según las limitaciones establecidas por la normativa vigente, se han unido en oración para cumplir con el deber de caridad de rezar por los difuntos que la pandemia de la Covid-19 ha dejado en nuestra diócesis. Un funeral que también ha servido para acompañar a todas esas familias que han sufrido en soledad la pérdida de sus seres queridos y transmitirles un mensaje de fraternidad y esperanza. Esperanza, como ha dicho el Obispo de Segovia, Mons. César Franco, en que todos aquellos que han partido de este mundo, resucitarán como lo hizo nuestro Señor.

La Iglesia de Segovia ha hecho suya la propuesta de la Conferencia Episcopal Española para celebrar el funeral por las víctimas de la pandemia los días 25 o 26 de julio. En este caso, D. César, respaldado por el Consejo Episcopal, eligió la fecha de hoy, 26 de julio, día en que se celebra la festividad de san Joaquín y santa Ana, abuelos de Jesús y patrones de los abuelos, esas personas tan duramente castigadas por el coronavirus.

Además de un nutrido grupo de familiares de las víctimas -a quienes se había invitado especialmente a participar de esta Eucaristía-, también han acudido diversas autoridades políticas como la alcaldesa, Clara Luquero; la subdelegada del Gobierno, Lirio Martín; el presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel de Vicente o el delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Segovia, José Mazarías. Junto a ellos, representantes de los diferentes partidos en la corporación municipal, provincial e incluyo en las Cortes Generales. Igualmente, han estado presentes representantes del ámbito policial, militar y sanitario, como los voluntarios de protección civil.

 

34

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El prelado ha querido también agradecer la labor de todos aquellos profesionales que han estado en primera línea en la batalla contra el coronavirus, siendo testimonio del amor de Dios e incluso perdiendo su propia vida por acompañar y estar al lado de quien sufría la enfermedad sin el calor de los suyos. En definitiva, un emotivo funeral con el que la Diócesis de Segovia y, en su nombre, D. César, ha querido despedir a las víctimas con el honor que se merecen y mostrar el afecto de todo el pueblo a quienes han tenido que despedirse de sus seres queridos durante este tiempo de pandemia.

 

Homilía completa en las exequias por los difuntos a causa de la pandemia. Domingo, 26 de Julio de 2020

 

«Yo soy la resurrección y la vida»

5

La Iglesia que peregrina en Segovia, unida al resto de las diócesis españolas, hemos acogido la iniciativa de la Conferencia Episcopal Española de celebrar ayer y hoy las exequias por los fallecidos de cada diócesis durante este tiempo de pandemia. Queremos cumplir así con el deber de justicia y caridad de orar por los difuntos y acompañar con nuestra oración, fraternidad y esperanza a sus familiares, muchos de los cuales no han podido despedirse de sus seres queridos con los signos propios del afecto y del luto que conlleva la muerte. Lo hacemos ahora como expresión de nuestra comunión con todos los que han padecido la muerte y la separación de sus seres más queridos. Lo hacemos en el domingo, día del Señor, y en la fiesta de san Joaquín y santa Ana, pues muchos de los fallecidos son ancianos, abuelos y abuelas entrañables, llorados ahora por sus hijos y nietos.

           «Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén» (Is 40,1-2).

            Con estas palabras del profeta Isaías deseo expresar el significado y la finalidad de estas exequias. Todos los hombres, ante la muerte, buscan consuelo. Creyentes y no creyentes necesitamos ser consolados. Por eso dice el profeta: Consolad, consolad a mi pueblo, habladle al corazón.

            ¿Cómo podemos consolarnos ante una muerte inesperada, vivida en muchos casos en dramática soledad? ¿Quién puede darnos una palabra de consuelo? ¿No es mejor callar?

            La muerte, hermanos, es el máximo enigma de la condición humana. Entendemos lo que dice el libro de las Lamentaciones: «He perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije: Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor. Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado» (Lam 3,17-20). No se puede describir mejor la desolación que acarrea la muerte. El escritor sagrado llega a decir algo que parece blasfemo: ha sucumbido mi esperanza en el Señor.

            Sin embargo, a renglón seguido, la queja da paso a los sentimientos de esperanza porque trae a la memoria que la bondad y la misericordia del Señor no se agotan, sino que se renuevan cada mañana. Y, aunque le resulte difícil esperar, sabe que Dios es bueno para quien le busca, y espera en silencio la salvación del Señor (cf. Lam 3,21-26).

            ¿De qué manera consuela Dios a su pueblo y le habla al corazón? Lo ha hecho, y sigue haciéndolo, en su Hijo Jesucristo. Entre los títulos del Mesías, figura el de Consuelo de Dios, porque la misión de Cristo es consolar a los hombres ante el drama de la muerte. Jesucristo ha venido a consolar, como hizo a lo largo de su vida, enjugando las lágrimas de quienes sufrían, acompañando a quienes padecían soledad, ungiendo como buen samaritano las heridas de nuestros pecados y, finalmente, asumiendo sobre sí todo el dolor del mundo dejándose clavar en la cruz. Dice san Pablo que hemos sido crucificados con Cristo. ¿Qué quiere decir? Sencillamente que él se ha puesto en el lugar de quien sufre para ser fuente de inagotable consuelo. En Cristo crucificado y muerto en la cruz tenemos la expresión del máximo dolor y de la máxima compasión. Porque Cristo no nos ha consolado sólo con palabras, sino con el gesto sobrecogedor de pasar por la muerte para vencerla para sí mismo y  para nosotros. ¿Quién dudará entonces del amor de Dios manifestado en Cristo? preguntaba san Pablo.

            La muerte, en efecto, nos hace dudar. Nos amenaza con su acción destructora que pone en peligro la esperanza. Cristo experimentó también la soledad ante la muerte y la expresó con unas palabras sobrecogedoras dirigidas a su Padre: «Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado». La gente se burlaba de él, le decían que bajara de la cruz si era el mesías. En esa soledad de Cristo, que, según Ortega y Gasset, «declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humana que es su radical soledad», se concentraba toda la soledad de quienes mueren en este mundo, la soledad de quienes han muerto sin la presencia de los suyos en esta terrible pandemia. Pero esta soledad de Cristo, que expresa su solidaridad con el hombre, no ha quedado sin fruto ni sin respuesta.

            En la conversación que sostiene Jesús con Marta, hermana de su amigo Lázaro, ésta se queja porque Jesús no ha llegado a tiempo para salvarlo. Jesús la consuela recordándole la fe de Israel sobre la resurrección de los muertos, pero Marta piensa en la resurrección final, la del fin de los tiempos. Ella quiere ver a su hermano ahora, quiere ver su rostro, escuchar su voz y poder abrazarlo. Es entonces cuando Jesús proclama solemnemente la verdad que ningún ser humano se ha atrevido a pronunciar: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,25-27).

            Ha dicho un gran teólogo que estas palabras sólo puede decirlas un loco o alguien que realmente sea lo que afirma ser, es decir, Dios mismo. Cuando momentos después, Jesús resucite a Lázaro, sus palabras se harán realidad, confirmando la verdad de su enseñanza.

            Hoy también Jesús nos pregunta si creemos esto. Muchos, seguramente, contestarán con las palabras de Marta: sí, Señor, creo. Otros dudarán, como ocurrió con los que las oyeron por primera vez; otros, quizás, las escucharán con reserva con la secreta esperanza de que escondan algún barrunto de verdad. Sin embargo, siguen resonando en el corazón del mundo como la única respuesta que puede ayudarnos a superar el drama de la muerte con la certera esperanza de que no caemos en la nada.

            Queridos familiares de los difuntos del coronavirus. Os invito a escuchar estas palabras de Jesús, que no engaña. El es la resurrección y la vida, y el que cree en él aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en él no morirá para siempre. En esta celebración, queremos unirnos a vuestro dolor y ponerlo sobre el altar para que Cristo de nuevo lo haga suyo. Queremos dar gracias a Dios por vuestros familiares y por el bien que habéis recibido de ellos. No temáis. No son meras cenizas que vuelven a la tierra. Son hijos de Dios que han retornado al Padre, como un día haremos nosotros. Dios —dice Jesús— no es un Dios de muertos sino de vivos porque para él todos están vivos. El hecho de que hayan desaparecido de la escena de este mundo visible no quiere decir que han caído en la nada. Todo lo que es de Dios vuelve a Dios. Mirad a Cristo en la cruz y se aplacará vuestro dolor. Miradlo resucitado y sanará vuestras heridas. Os confortará y consolará.

            El filósofo existencialista Gabriel Marcel escribió que «amar a alguien es decirle tú no morirás jamás». En la entraña del amor existe la necesidad de la permanencia, de la vida más allá de la muerte. Esto es lo que Dios nos ha enseñado en Cristo: que su amor es más fuerte que la muerte. Y que la muerte no es la última palabra sobre el hombre, que resultaría, si así fuera, una pasión inútil, un ser sin finalidad ni consistencia. También durante la pandemia hemos visto que el hombre es más fuerte que la muerte. Lo hemos visto en tantos hombres y mujeres que, en el ejercicio de las más diversas profesiones al servicio del bien común, nos han testimoniado el poder y la fuerza del amor que acompaña con ternura a quienes sufren y mueren. Gracias a ellos, podemos decir que no morimos solos: siempre hay una mano samaritana que, apretando la de quien sufre y muere, le está asegurando, quizás sin saberlo, que ahí está Dios unido a nuestra carne temblorosa y sufriente, que ahí está Dios, en la entraña de nuestro morir, que ahí está Cristo muriendo y resucitando al mismo tiempo por nosotros. En esta eucaristía, queremos dar gracias por tantos hombres y mujeres que han testimoniado el amor perdiendo incluso su propia vida.

            «Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor, habladle al corazón». Desearía con estas palabras haberos ofrecido la gracia del consuelo, de la compañía de esta comunidad diocesana de Segovia que quiere sentirse al lado de todos los que sufrís. Pero desearía aún más que fuera Dios mismo quien os hablara al corazón y os hiciera entender que aquellos que han pasado ya por la muerte están vivos. Dios no permite que nada de lo que es suyo se lo arrebate la muerte, pues por eso murió Cristo. Dios los tiene consigo y, aunque el paso del tiempo y de las generaciones, borre su memoria, ellos viven. Dios los guarda para sí y para nosotros, que un día volveremos a ver sus amables y queridos rostros.

            Que la Virgen de la Fuencisla, que permaneció junto a su Hijo al pie de la cruz, permanezca también junto a vuestra propia cruz, y mezclando sus lágrimas con las vuestras, os libere de toda duda y turbación y os conforte con su poderoso amor de Madre. Y que san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen y abuelos de Jesús, cuya memoria celebramos, sean vuestra familiar compañía. Amén.

© 2018. Diócesis de Segovia