El pasado sábado 17 de junio, quince jóvenes de la Diócesis de Segovia participamos en la Olimpiada Católica. El evento tuvo lugar en el Pinar de Majadahonda y fue organizado por una asociación de parroquias de Madrid, por lo que Segovia puede decir que ha sido la primera diócesis fuera de la Comunidad de Madrid en participar.
Consistía en una competición de varias modalidades deportivas, que abarcaban desde fútbol y baloncesto hasta tenis de mesa. En total, se apuntaron más 18 equipos. Cada parroquia, o en nuestro caso Diócesis, participaba en la “lucha” por las medallas como una federación olímpica.
Los jóvenes de nuestra diócesis participaron en tres deportes: vóleibol, ajedrez y futbolín, debido a la alta inscripción en otros deportes. Más allá de llegar a semifinales en vóleibol y futbolín, lo que nos llevamos fue el buen rato que pasamos en comunidad, no solo entre los segovianos, sino con el resto de parroquias madrileñas. Podemos decir orgullosos que en esta propuesta “hicimos lío” formando la mejor afición, haciendo ruido y contribuyendo a que el ambiente fuera incluso divertido para todos los participantes. Tal fue así que la organización nos añadió una medalla de oro por ello.
El objetivo de este encuentro no era simplemente jugar a los diferentes deportes. La finalidad era tener presente a Dios bajo el lema ‘Atletas en Cristo’, sacado de una Carta de San Pablo, compartiendo deportivamente y respetando; y, como afirmó el sacerdote que presidió la Eucaristía del encuentro, dando gracias siempre por las oportunidades que tenemos.

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En el evangelio de este domingo Jesús habla de la posibilidad del martirio cuando se trata de dar testimonio de la fe. La fe —viene a decir— no es para esconderla en el interior de una bodega, sino para proclamarla desde las terrazas. El cristianismo nació como predicación pública de la resurrección de Cristo. Y esto acarreó enseguida persecución y muerte entre los seguidores de Cristo. Basta leer los Hechos de los Apóstoles para comprender que el martirio es inherente a la vocación cristiana. Cristo murió mártir a causa de las verdades que proclamó. Precisamente por esto enseñó a sus discípulos a contar con esta posibilidad. Y lo hizo de dos formas: acrecentando la confianza en Dios y perdiendo el miedo a morir.

Si analizamos bien estas dos actitudes reconocemos fácilmente que tienen el mismo fundamento. Dios es el señor de la vida y conduce nuestro destino con infinita sabiduría. La confianza en Dios reside en que nada sucede sin su consentimiento. Ni los gorriones del cielo ni los cabellos de nuestra cabeza caen al suelo —dice Jesús— sin el beneplácito del Padre celestial. Y no hay comparación entre el hombre y los gorriones. Por eso, Jesús anima a la confianza en la providencia y a perder el miedo.

Otro argumento que Jesús utiliza para afrontar el martirio es que los hombres pueden matar el cuerpo pero no pueden destruir el alma. ¿A quién debe temer el hombre entonces?  A quien puede destruir alma y cuerpo, es decir, a Dios. Quizás este argumento nos resulte más difícil de comprender, porque nos hemos fabricado una imagen de Dios de la que hemos eliminado el juicio que realizará de nuestra propia vida, un juicio que pertenece, no obstante, a la enseñanza de Jesús y que no está en contradicción con la imagen del Dios misericordioso. Precisamente porque Dios es misericordioso y busca salvar al hombre, le previene de la posibilidad de frustrar su propia vida. En las actas del martirio de san Justino, un gran apologeta cristiano, se lee que cuando el juez le amenazó con los tormentos, el santo le replicó que no temía la tortura sino sólo a Dios. Este temor del santo, lo que la Sagrada Escritura entiende por santo temor de Dios, no es otra cosa que la conciencia clara de que el fin de la vida no lo determina la muerte física, sino el juicio último de Dios, que será inapelable y marcará para siempre el destino eterno de cada persona

El evangelio de este domingo concluye con unas palabras de Cristo que son una seria advertencia a quienes, ante el temor a morir, pueden renegar de la fe en Cristo. Dice Jesús: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo» (Mt 10,33). Todos llevamos en la médula de nuestro ser el miedo a morir, porque valoramos la vida física como si fuera un absoluto. Cuando la vida se contempla en clave de eternidad, lo que debe preocupar al hombre no son los años que permanezca en esta tierra, sino su destino último, el que ratifica Dios con su juicio. Los mártires han entendido esto y no se han echado atrás ante la amenaza de la muerte física. Siguiendo el ejemplo de Cristo, han lanzado su mirada hacia el destino último y han vencido el miedo a morir mediante la confianza suprema en el autor de la vida, la física y la que se prolonga más allá de la muerte. Han comprendido que no hay que tener miedo a los hombres, que, al fin y al cabo, son actores secundarios del drama humano. Hay que vivir bajo el santo temor de Dios, que tiene su última palabra sobre la vida y la muerte y, como enseña la fe, es juez remunerador de vivos y muertos.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

18 de junio, Día de Caridad

«LLAMADOS A SER COMUNIDAD» PARA QUE TODOS VIVAMOS
CON LOS MISMOS DERECHOS Y DIGNIDAD EN LA CASA COMUN

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«Llamados a ser comunidad» es la propuesta que lanza Cáritas a toda la comunidad cristiana y al conjunto de la ciudadanía en el Día de Caridad, que, como cada año, se celebra el domingo 18 de junio, festividad el Corpus Christi.

Con esta invitación, se quiere poner de relieve la importancia de que todas las personas podamos vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos, con los mismos derechos y dignidad, que pertenecen a todos los seres humanos por igual.

La campaña institucional de Cáritas en Corpus Christi, llama la atención sobre la necesidad de colaborar en la realización “de una comunidad humana plural, donde seamos capaces de reconocer la riqueza que cada persona aporta en la construcción de la sociedad, cultivando la actitud de acogida y el intercambio enriquecedor, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria”. Como se señala en los materiales editados para esta jornada, “se trata de vivir la cultura del encuentro”, en palabras del papa Francisco.

   “La acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común, que es de todos”.

Para poner de manifiesto la importancia de esa vida comunitaria en el momento presente, Cáritas pone el foco en el drama de la movilidad humana que viven hoy en día millones de personas que se ven obligadas abandonar sus hogares para asegurar sus vidas o sus derechos básicos. A ese respecto, se hace una invitación en clave personal a revisar nuestras actitudes hacia las personas migrantes que conviven con nosotros, en nuestros mismos barrios y comunidades.

   “¿Te has preguntado cómo son sus vidas, cuáles son sus sentimientos, sus sueños?”, se interroga en el díptico editado para el Día de Caridad, al tiempo que se invita “a practicar el encuentro y la acogida con otras personas, a ti, a tu grupo o comunidad, a conocer la vida de los otros, su historia, su camino, ponerse en su lugar, saber qué necesitan, compartir”.

La mejor manera de responder a la llamada a ser comunidad de seres humanos iguales en derechos y dignidad, bajo el techo de la casa común que es la Creación, pasa por poner en práctica estos valores y actitudes:

Hacer comunidad, buscar siempre el bien común, ser participativo, compartir y vivir sencillamente, hacer un consumo responsable, ser cooperativo, tener un compromiso solidario trabajando por la justicia y los derechos para todos, El dinero no rige mi vida, el bien del ser humano es lo primero, afán de servicio y gratuidad, cuidado y religación con la Madre Naturaleza, cultivar la propia profundidad, la espiritualidad, la trascendencia

Julio Alonso. Delegado de Cáritas

Es difícil entender que un cristiano afirme que la misa no le dice nada. Muchos cristianos abandonan la eucaristía aduciendo esta razón. Intentando comprender la sinceridad de quien piensa así, podemos suponer ignorancia del significado de la eucaristía. Se desconoce su origen, el valor de sus signos y palabras, y, en último término, la intención de Jesús al ofrecer su cuerpo y sangre como comida y bebida. Quien ignora esto no entiende nada. También puede ser que la rutina de nuestras misas borre la belleza de su contenido. Como la fotografía de un ser querido termine por no decir nada cuando el tiempo ha borrado su imagen convertida en una mera sombra.

Sabemos, sin embargo, que la eucaristía ha suscitado siempre fascinación entre los cristianos sencillos y humildes, y entre los grandes místicos —muchos de ellos grandes intelectuales— que han descubierto en ella el pan bajado del cielo, como dice Cristo en el evangelio de san Juan: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Jesús pronunció estas palabras en su famoso discurso, llamado del Pan de Vida, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún, para explicar el significado de la multiplicación de los panes y peces. El pueblo se quedó en el milagro sin entender su sentido último. Y quiso hacer rey a Jesús para que nunca les faltara el pan. Querían tener aseguradas sus necesidades materiales. Jesús se ve forzado a aclarar que él no ha venido a solucionar los problemas materiales del hombre y explica el milagro como un signo anticipado de la entrega de su cuerpo y de su sangre en el banquete eucarístico. Y lo explica con tal realismo que no deja ninguna duda sobre el significado de la eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitare en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come ni carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Tanta claridad, tanta luz en sus palabras, escandalizó a los oyentes y cambiaron el deseo de hacerlo rey por el rechazo. Curiosa paradoja: los hombres prefieren llenar sus estómagos antes que vivir eternamente. Esperan ser saciados de bienes materiales y desprecian a quien ofrece vivir para siempre.

La eucaristía es Cristo mismo ofreciendo al hombre vivir para siempre. Las palabras de Jesús nos revelan una intimidad entre él y los suyos que supera toda imaginación y todo idealismo desencarnado. Jesús afirma que su cuerpo es comida y su sangre bebida. San Ignacio de Antioquía dice que la eucaristía es «remedio de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre». Y conmueve leer en las memorias del cardenal vietnamita Van Thuán, en proceso de canonización, que era la misa, celebrada secretamente en el campo de concentración, cuando lograba obtener un poco de pan y de vino, la que le sostuvo en medio del sufrimiento haciendo él mismo de su propia vida una eucaristía —es decir, una acción de gracias— ofrecida a Dios.

Ante testimonios de este tipo, ¿cómo podemos devaluar la misa o caer en la rutina? ¿qué ha ocurrido entre los cristianos para que la entrega de Cristo, que se actualiza en cada eucaristía haya dejado de decirnos algo? ¿qué sucede en nuestras asambleas dominicales cuando el memorial de Cristo se convierte en un recuerdo borroso del pasado y no en el aliciente para ofrecer nuestra vida a Dios como la han ofrecido los santos? Después de tantos siglos de cristianismo, debemos volver a Cafarnaúm y escuchar de labios de Cristo la invitación a vivir en el y él en nosotros: esto es la eucaristía.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

En su obra Paradojas y nuevas paradojas, Henri de Lubac dedica un capítulo al tema de la «vida espiritual» de donde recojo este pensamiento: «Los cadáveres espirituales permanecen más tiempo agostados que los cadáveres temporales antes de la descomposición. Pero no por eso son menos cadáveres». La descomposición física es un proceso rápido, ciertamente. La espiritual puede durar toda una vida, lo que haría del hombre un cadáver viviente. El hombre sin Espíritu carece de lo que Jesús llama Vida. He escrito con mayúsculas las palabras Espíritu y Vida porque no me refiero al espíritu propio de su condición humana. Tampoco la Vida de la que habla Jesús es la meramente física. Al hablar de Espíritu y Vida, Jesús se sitúa en un orden nuevo, el que ha establecido por su Resurrección de entre los muertos.  San Pablo, en una admirable síntesis teológica, define a Cristo como «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45) y lo contrapone al primer hombre, Adán, que sólo era «alma viviente». ¡Magnífico contraste! Para que el hombre viviera, Dios le insufló al barro, dice el Génesis, un «aliento de vida». El pecado dejó al hombre postrado en la muerte. De ahí que Cristo, al resucitar, sople sobre los apóstoles para que reciban el Espíritu de la Vida y de la inmortalidad. Es la acción de Cristo el día de su resurrección, como proclama la liturgia de la fiesta de Pentecostés que celebramos.

La lógica de la fe cristiana es aplastante. Sólo Cristo, que asumió nuestra carne en la encarnación, puede devolver a la carne la vida que había perdido, sin la cual el hombre no puede aspirar a la incorrupción después de la muerte. En su último poemario, titulado Desde otras soledades me llamaron, el gran poeta Carlos Murciano cita estas palabras de Nikos Kazantzakis que son, en cierto sentido, una clave de lectura del libro: «Qué pena que los ojos de arcilla de los hombres no pueden ver las cosas invisibles». Yo diría que el Espíritu otorgado por Jesús en su Resurrección nos permite ver, incluso con nuestros ojos de arcilla, las realidades invisibles; nos permite vernos a nosotros mismos como hombres portadores del Espíritu y superar la dramática tensión que experimentamos entre el espíritu y la carne, que siempre están en lucha. La arcilla del hombre está invadida, gracias al soplo del Señor resucitado, del Espíritu de Dios, que es portador de la Vida. Para que esto sucediera, Cristo asumió la carne humana, vivió y padeció en ella, y, finalmente, la glorificó convirtiéndola en el cauce de la Vida. Insisto: es la lógica irrefutable de la fe cristiana.

San Juan Pablo II en su encíclica sobre el Espíritu Santo —Dominum et Vivificantem— nos ha dejado un bello cántico a la esperanza para una sociedad marcada por la trágica cultura de la muerte, cuyos signos son fácilmente perceptibles. Dice el Papa que el Espíritu Santo es el que nos ayuda a resolver la tensión entre el espíritu y la carne —la vida y la muerte— , que luchan en el interior de cada hombre. Pero, junto a esta dimensión individual de la lucha interior, existe otra dimensión externa, social, que nos sobrecoge cada vez que la muerte se impone sobre la vida y busca sembrar la desesperanza nacida de la negación de Dios. Se trata de la resistencia y oposición al bien que adquiere diversos rostros: la carrera de armamentos, el ataque frontal a la vida, el terrorismo irracional, y toda violencia que busca destruir al hombre.  El Espíritu viene en ayuda de la fragilidad del hombre para vencer el mal en sí mismo y en la sociedad. Pentecostés es la gran fiesta de la esperanza porque sabemos que la Vida ha vencido a la muerte y el Espíritu es superior a la carne.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

«El inmortal seguro»

¿Es la Ascensión de Jesús a los cielos una despedida? Así sería si Jesús se hubiera ido a los cielos físicos, azules, que contemplan nuestros ojos. Habría cambiado la tierra por el cielo separándose físicamente de nosotros. Pero Jesús no ha ascendido a los cielos físicos, que —no lo olvidemos— forman parte del universo creado. No vive en alguna parte de la creación visible, cuyos límites no llegamos a abarcar con la mirada. Jesús ha retornado al Padre de donde salió. Ha entrado en el mundo propio de Dios; o, si nos gusta más la expresión bíblica, ha vuelto al seno del Padre.

El bellísimo poema de Fray Luis de León, que comienza con el verso «y dejas, Pastor santo», está cargado de sentimientos de adiós y nostalgia, de despedida. El autor se hace intérprete de la grey que contempla alejarse a Cristo, que rompe el puro aire, dejándola «en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto». Aflora en sus versos el sentimiento humano de quien ve partir al «dulce Señor y amigo, dulce padre y hermano, dulce esposo» y experimenta ya la insoportable soledad de la presencia de Cristo.

El texto del evangelio de este domingo, sin embargo, termina con unas palabras que contradicen estos sentimientos, o, al menos, no los sustentan con la verdad teológica de la fe. Las últimas palabras de Cristo dichas en su última aparición —es decir, en el momento de manifestar su continuada presencia entre los suyos— son éstas: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Así termina el primer evangelio, con una rotunda afirmación de la presencia continua del Señor entre los suyos. No es la confesión de una despedida, sino la promesa de un enamorado que afirma con la solemnidad de un juramento que jamás abandonará a su grey. Cristo sigue estando en medio de los suyos. No lo vemos, pero sabemos que está. Su presencia, sentida muchas veces como herida de ausencia, es el don de su retorno al Padre.

La Ascensión de Cristo, como su resurrección, nos introduce en el horizonte de la fe, que supera la contemplación de la visión. La pregunta «¿a dónde ha ido Cristo?» sólo es correcta si entendemos el lugar adonde en un sentido trascendente, no físico. Salí del Padre, dice Jesús y vuelvo al Padre. El Padre no es un lugar físico, sino el Ser en sí mismo, la Vida eterna. «Los cielos» a los que sube Jesús es una forma de nombrar lo innombrable, la morada de Dios que es Él mismo.

Precisamente por esto, Jesús, en su Ascensión, lo llena todo porque ha regresado al origen que todo lo sustenta. Esta es la razón por la que puede ser omnipresente, estar junto a cada hombre, en el rincón más escondido de la tierra, y hacérsele presente con un amor único e imperecedero. Es el Cristo glorioso que habita junto a los hombres de manera misteriosa y real. 

Fray Luis de León no desconocía esta perspectiva trascendente de la Ascensión. Teólogo como era, no sólo plasma en su poesía los sentimientos de quienes experimentan la ausencia visible del Jesús terreno. Ya en sus primeros versos nos da una clave para entender la Ascensión desde la fe, capaz de consolar al cristiano. El poeta le dice a Cristo: «y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro». No se puede conjugar con más arte la frontera que ha traspasado Jesús —el puro aire, ése que respiramos para vivir— , y, al mismo tiempo, la meta de la Ascensión, que Fray Luis define como «inmortal seguro», un modo lírico de definir a Dios. El cristiano sabe que, aunque gemimos en este valle oscuro de soledad y llanto, Cristo nos ha abierto el camino de ese «inmortal seguro» que un día será también nuestra meta conquistada por Cristo en su Ascensión.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

 

 

Los que estén interesados en asistir deben comunicarlo a Florinda (645 82 03 37)  aunque sea en la modalidad de externos (es decir, sin quedarse a comer o dormir). El preció en casos de externos se establecerá según en lo que se participe (comidas, visita a las edades, etc.).

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