Siempre ha sorprendido, en el pasaje de Jesús y la cananea que leemos este domingo, la constancia en la súplica de esta mujer que pide la curación de su hija. Sorprende sobre todo que, ante la negativa de Cristo y el aparente desprecio de sus palabras por pagana, ella responda con la firmeza de la fe en un gesto de humildad que cautiva a Cristo. Para comprender bien este pasaje, es preciso saber que Jesús entendió su misión como enviado principalmente al pueblo de Israel; por eso, cuando los discípulos interceden para que atienda a la cananea que viene gritando detrás de ellos por la curación de su hija, Jesús afirma: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Sabemos, sin embargo, que Jesús hizo alguna incursión en territorios paganos y también allí predicó y realizó milagros. Pero sólo después de la Resurrección, los apóstoles entendieron que la misión de Cristo era universal. El pasaje de la cananea, es, en cierto sentido, un anuncio de esta misión a los paganos.

Vayamos a la escena. Cuando la mujer consigue llegar a Jesús, se postró ante él con esta sencilla súplica: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es muy escueta y hace alusión a la costumbre de echar a los perrillos de la casa trozos de pan: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». La mujer, acoge el reto de estas palabras de Cristo, y responde con toda franqueza y libertad: «Tienes razón, Señor, pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». ¡Hermosa respuesta que conquista a Cristo! Una pagana, que no pertenece a Israel, ha manifestado una gran fe. Se realiza algo que Jesús dirá al contrastar la carencia de fe en el pueblo escogido y la fe de los pueblos gentiles que vendrán a sentarse en la mesa del Reino de los cielos. La fe de esta mujer puede presentarse como ejemplo a seguir para Israel, el pueblo elegido. Jesús, doblegado en cierta medida, realiza el milagro, pero lo presenta como si hubiera sucedido por la simple fuerza de la fe: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Quienes estamos dentro de la Iglesia y, por tanto, sentados en la mesa de Cristo, pensamos muchas veces que tenemos derecho a comer el pan de los hijos. Y así es en razón de nuestro bautismo. Olvidamos, sin embargo, que hay gente que, sin pertenecer aún a la Iglesia, busca a Cristo, atraída por su persona, sus palabras y gestos. Ansían tener fe y poder sentarse a su mesa. A esta gente puede sucederle lo mismo que a la cananea: que se acercan a Cristo para recoger las migajas de pan que caen de su mesa. Y con pocas migajas alimentan su deseo de salvación. Esto debe interpelarnos a quienes nunca nos falta el pan de los hijos. ¿Qué hacemos con él? ¿Cómo progresa nuestra fe? ¿Con qué gratitud seguimos a Cristo y le servimos? ¡Cuántos hombres y mujeres habrá en el mundo que, si tuvieran parte en la mesa de Cristo, nos enseñarían a ser verdaderos hijos! Como la cananea que, sin duda, interpeló a los discípulos de Cristo y a él mismo.

Este evangelio nos invita a gritar con fuerza a Jesús: «Señor, socórreme». Quizás no lo haga enseguida, pero no dejará de atendernos si gritamos con fe humilde y perseverante. Así lo dice Guillermo de Saint-Thierry: «A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes, pasas de largo y yo te grito como la cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti? Seguro que sí: los perritos echados de la casa de su amo siempre vuelven a ella y, por guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi alma no puede vivir lejos de mi Dios!».

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

La fe y la duda van a menudo de la mano. No son incompatibles. Creemos en Dios y en el poder de su palabra, pero nos amenaza la duda cuando sentimos su ausencia o su silencio. Dudamos ante los misterios de la fe, pero se acrecienta la fe cuando nos fiamos de quién los ha revelado. La fe aniquila la duda, y la duda nos remite a la fe. Quien lea el diario íntimo de Unamuno percibirá el contraste de la actitud creyente y la incrédula cohabitando y batallando en su alma según se dejase llevar por el orgullo de la inteligencia o la sencilla humildad de la fe.

Cuando Jesús se acerca a sus discípulos andando sobre el agua, en una noche de tormenta, Pedro le pide, para asegurarse de que no es un fantasma, que le mande ir hacia él caminando también sobre el agua. Jesús le ordena que vaya y Pedro comienza a andar sobre el lago encrespado, acercándose a Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse. ¿Qué ha sucedido para este cambio radical? La palabra y la autoridad de Jesús son suficientes para que Pedro, fiándose, comience a caminar sobre el agua. El viento y el miedo, es decir, las circunstancias externas y los propios temores —la duda— minan la confianza puesta en Cristo y la tormenta se acrecienta en el interior del alma. Es entonces cuando se despierta de nuevo la necesidad de creer: «Señor, sálvame», grita Pedro al hundirse. Y, dice el evangelio: «Jesús extendió su mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Comentando este pasaje, dice magistralmente Orígenes: «Al principio, su deseo de salir al encuentro de Jesús lo hará caminar sobre las aguas. Pero, estando su fe todavía poco segura y dudando de sí mismo se dará cuenta de la fuerza del viento, tendrá miedo y empezará a hundirse. Sin embargo, saldrá de este peligro porque lanzará a Jesús este gran grito: ¡Señor, sálvame! Entonces, el Verbo extenderá la mano para socorrerlo, reprochándole su poca fe y sus dudas».

Esta escena del evangelio se ha convertido en una imagen perfecta de la vida cristiana. La fe no es sólo la aceptación de las verdades que Dios nos revela con su autoridad; es también una confianza creciente en el Señor que nos agarra con fuerza en las tempestades de la vida. Martin Buber dice que hay dos formas de fe: la judía y la grecocristiana. Esta última pone el énfasis en tener por verdaderas determinadas proposiciones; la judía, sin embargo, acentúa la relación de confianza en Dios como persona. Es la postura de Pedro que se fía de Cristo y comienza su andadura sobre el agua. Y, al gritar que le salve, experimenta que le agarra y evita que se hunda. La fe cristiana significa «creer algo a alguien»: es confianza en quien habla y revela la verdad y conlleva la aceptación de lo que dice. La duda amenazará cualquiera de estos dos polos de la fe: minará la confianza en la persona que se revela, es decir, Dios y Cristo; o salpicará de escepticismo las afirmaciones de fe. Por tanto, para creer no basta confesar el Credo, sino reconocer quién está detrás de los artículos de la fe. Tampoco cree plenamente quien se adhiere a Cristo pero rechaza alguna de sus proposiciones, pasándolas por el filtro de su razón aislada de la fe. La fe verdadera despeja toda duda. Esta siempre puede amenazarnos, pero la autoridad de Cristo y la experiencia de su salvación es el mejor antídoto contra la duda. Por eso, aunque se den juntas, la duda se desvanece ante el acto de fe y entramos con Cristo en su barca. Como decía el beato Henry Newman: «Si alguno dice: Sí, ahora, en este momento, yo creo…; pero no puedo prometer que mañana también creeré, entonces es que tampoco ahora cree».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

El día 6 de Agosto la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, que este año cae en domingo. Los tres evangelios sinópticos narran el hecho que, a partir del siglo IV, se sitúa en el monte Tabor donde existe una bella basílica que lo conmemora. En el Oriente cristiano, la Transfiguración ejerce una enorme influencia en la mística y en la iconografía. Es un misterio que invita a la contemplación de Cristo, quien, al transfigurarse, anuncia su futura resurrección. Para entender bien el significado de la Transfiguración hay que considerar algunas claves de lectura que nos ofrece el texto.

En primer lugar, dice san Mateo que este hecho sucede seis días después de que Jesús anunciase por primera vez su muerte y resurrección. Hay que relacionarlo, por tanto, con este anuncio que sorprendió a los apóstoles e hizo que Pedro quisiera desviar a Cristo de su camino. La muerte de Cristo se presentaba como un escándalo a quienes pensaban que era un Mesías político. Por ello, la liturgia presenta la Transfiguración como un suceso que pretende ayudar especialmente a los tres testigos de la agonía de Jesús, a superar el escándalo de la pasión.

Otro dato muy ilustrativo es que Jesús les prohíbe hablar del suceso hasta que resucite de entre los muertos. Aunque los judíos creían en la resurrección, el hecho de que Jesús hable de la suya propia debió desconcertarles porque la resurrección era entendida de modo colectivo y no individual. Por eso discutían sobre qué quería decir resucitar de entre los muertos. En la mente de Jesús es claro, sin embargo, que, una vez resucitado, los apóstoles entenderían el sentido profético de la Trasfiguración, en cuanto anuncio de su victoria sobre la muerte. Por eso, la Trasfiguración es considerada como una cristofanía, es decir, una revelación del ser mismo de Cristo.

Este es el último dato que constituye el centro del relato evangélico. Cuando la nube, signo de la presencia de Dios, cubre a los testigos, una voz sale de ella para anunciar: «Este es mi Hijo, el amado, escuchadle». De modo semejante al bautismo, la voz de Dios revela quién es Jesús de Nazaret. No es un hombre cualquiera ni un profeta más sino el Hijo amado del Padre, la Palabra que Dios dice al mundo. Los hombres deben escucharle.

Este desvelamiento del ser de Cristo se ha realizado en la Trasfiguración, palabra que traduce la griega metamorfosis cuyo significado es cambio de forma. Conviene recordar que cuando san Pablo habla de la encarnación de Cristo, dice que, dejando la forma de Dios, tomó la forma de siervo. Pero no dice que haya dejado de ser Dios. Desde esta perspectiva, la Transfiguración deja traslucir en la carne humana de Cristo la gloria que siempre ha tenido junto a Dios, por ser Dios mismo.

Para que comprendamos la trascendencia de este misterio y lo que de él podemos aplicar a nuestra vida, conviene saber que Pablo utiliza dos veces el verbo metamorfoo. En una ocasión, lo hace para oponer a la ceguera de los judíos la iluminación de los cristianos que son transfigurados por la contemplación de la gloria de Cristo resucitado (2Cor 3,18). En la segunda ocasión, exhorta así a los cristianos de Roma: «No os amoldéis a este mundo, sino transfiguraos por la renovación de la mente para discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12,2). Es obvio que, al utilizar este lenguaje, nos invita, como han hecho los grandes maestros de la fe, a contemplar cara a cara a Cristo, para que la luz de su rostro no sólo nos revele quién es Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, sino cuál es nuestro destino si caminamos en pos de Cristo: ser transfigurados ya en esta vida, según su imagen, de gloria en gloria.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

La vida del hombre es una constante elección. Desde que se despierta en la conciencia nuestra capacidad de discernimiento, estamos abocados a elegir. La personalidad se configura progresivamente por este doble movimiento: discernir y elegir. Es obvio, pues, que el hombre debe aprender desde niño el arte del discernimiento. Sólo así podrá elegir lo que más le conviene para su crecimiento integral como persona y como cristiano. El Papa Francisco dice que hoy se habla de un «exceso de diagnóstico» que «no siempre está acompañado de propuestas superadoras y realmente aplicables» (EG 50). No basta, asegura, con una mirada puramente sociológica que pretende abarcar la realidad social y aplicar una metodología de manera neutra y aséptica. Francisco quiere ofrecer más bien un discernimiento evangélico, que define como la mirada del discípulo misionero que se alimenta con la luz y la fuerza del Espíritu Santo para reconocer la llamada que Dios nos hace en una determinada situación histórica (50, 154).

Para discernir, por tanto, es preciso acostumbrar el oído a la Palabra de Dios y reconocer qué nos pide en una situación concreta. Nadie podrá hacerlo sin asumir el valor supremo que tiene el Reino de los cielos. A propósito de esto, Jesús utiliza en el evangelio de este domingo dos parábolas gemelas que tienen un mismo argumento: compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y una perla preciosa. Quien lo encuentra, no duda en vender todo para quedarse con el tesoro y la perla. Es la postura sabia de quien discierne el valor del hallazgo y pone todas sus capacidades al servicio de su deseo: poseer tal riqueza. El discernimiento que Jesús presupone en el persona que encuentra el tesoro o la perla se orienta a la acción, es decir, a elegir lo que debe hacer para quedarse con el valor descubierto.

En esta elección el hombre se juega su libertad y su vida. Se entiende, pues,  que Jesús insista en los principios que deben regir nuestras elecciones. El hombre que quiere edificar una casa debe discernir si tiene medios para terminarla. El rey que quiere entablar batalla contra otro debe discernir si tiene un ejército superior al de su contrario. Y Jesús llama sabio a quien pondera los días de su vida en relación con el término de la misma, no sea que habiéndose preocupado por almacenar bienes materiales sea pobre ante Dios.

Discernir no es sólo un ejercicio del entendimiento; conlleva también una decisión de la voluntad. Es la inteligencia y la voluntad quienes se ponen en juego. Porque si valoro mucho el tesoro o la perla, pero no me decido a vender todo lo que tengo para adquirirlos, seré un necio. Como aquel joven rico que, cuando Jesús le invitó a dejar todo por seguirlo, le faltaron las fuerzas y, dejando de lado a Jesús, se marchó triste. Era un joven con las ideas claras, desde niño había discernido el bien del mal y había cumplido los mandamientos, estaba deseoso de conocer el camino para alcanzar la vida eterna,  y cuando ésta se le puso delante en la persona de Jesús, perdió la oportunidad de su vida: no fue capaz de adquirir el tesoro que tenía delante. Su libertad no aceptó el reto de la elección que se le proponía. La tristeza que le invadió cuando se marchaba es el signo del fracaso. Sólo la elección del bien supremo da satisfacción al hombre que no está hecho para saciarse de lo que no puede dar la felicidad última. Lo sabemos bien, pero hay que aprender a ejercitarse en lo que dice san Pablo: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Entre los atributos de Dios figura el de paciente. Dios es lento a la ira y rico en piedad. La paciencia de Dios tiene dos fundamentos: de una parte, está la misericordia, que sabe esperar la conversión del pecador. De otra parte, está el hecho de que Dios no tiene tiempo, no está sometido por tanto a las esclavitudes de la temporalidad: no tiene que llegar a tiempo a ningún lado, porque está en todos; no tiene prisa por conseguir frutos porque es Señor de la historia; no se ve amenazado por perder una ocasión para ganar un triunfo, ni precipitado por el deseo de conseguir una victoria porque todo es suyo y la historia le pertenece. Dios es paciente y sabe esperar el momento decisivo de su juicio, que llegará al fin del tiempo.

La parábola del trigo y la cizaña, proclamada en el evangelio de este domingo, pone de relieve la paciencia inagotable de Dios, que resulta incomprensible para los espíritus impacientes que desearían establecer la justicia a su manera o dictar incluso a Dios el medio eficaz de hacerlo. Cuando los criados se dan cuenta de que, junto al trigo sembrado por el dueño del campo, empieza a verdear la cizaña, acuden presto y piden al señor permiso para arrancarla. La prudencia del Señor, y la paciencia, aconsejan otra cosa: al arrancar la cizaña puede también arrancarse el trigo. Hay que esperar al momento de la siega. Prudencia y paciencia.

Hay un dato que merece destacarse. Los impacientes son intolerantes con el mal ajeno, no con el propio. Se fijan en el mal que crece fuera de ellos, no el que crece en su propio campo interior. Su justicia, que pretende suplantar la de Dios, lleva de inmediato al juicio. Pero el campo del que habla Jesús no es sólo el mundo considerado como algo externo a nosotros, sino nuestro propio mundo donde, si somos sinceros, crecen juntamente el trigo y la cizaña. San Macario, un notable discernidor de espíritus, dice que «desde el día en que Adán fue creado hasta el fin del mundo, el Maligno, sin descanso alguno, hará guerra a los santos. Sin embargo, son ahora pocos los que se dan cuenta de que el devastador de las almas cohabita con ellos en su cuerpo, muy cerca del alma». Tomar concienciad de esto es fundamental, porque dentro de nosotros sí podemos arrancar con la gracia de Dios, sin temer dañar al trigo, al cizaña que crece. ¿Por qué no lo hacemos ya, de inmediato? ¿Quién lo impide? Exigir a Dios que haga lo que nosotros no podemos con nuestras fuerzas potenciadas por la gracia, ¿no es una arrogante hipocresía? Eso intentaron hacer los que arrastraron a la adúltera hasta Jesús para lapidarla de inmediato, porque era cizaña en medio de un grupo que se consideraba justo. Jesús les devolvió el argumento: el que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra.

No hay que olvidar además que tenemos medios para que la cizaña no crezca en demasía y sofoque el trigo. Jesús nos ha dado normas muy eficaces para luchar contra el mal que el enemigo siembra en nosotros y en los demás: la oración y la penitencia, la corrección fraterna, la práctica de las virtudes, el testimonio de nuestra propia vida; son herramientas más eficaces que la precipitación o tomarse la justicia por su mano. Ha hecho más la paciencia de los santos que la impaciencia de los «justos» que pretenden reformar la iglesia y el mundo llevados por un supuesto «celo de Dios». Es fácil erigirse en juez de los demás mientras se es complaciente consigo mismo. Es más fácil airarse contra el pecado ajeno que determinarse a erradicar el nuestro. Arranquemos, con la ayuda de Dios, la cizaña de nuestro corazón y seguramente comprenderemos por qué Dios espera con paciencia el momento de su juicio.

+ César Franco

Obispo de Segovia

El domingo, 16 de Julio, se cumplen 249 años de la dedicación de la catedral de Segovia que tuvo lugar en 1768. Providencialmente, celebramos este aniversario con la inauguración del nuevo presbiterio cuyo altar será consagrado solemnemente. Desde la reforma del Concilio Vaticano II, el presbiterio de la capilla mayor de la catedral se arregló provisionalmente mediante el mobiliario que ha llegado hasta hoy. El cabildo catedralicio ha decidido renovar el presbiterio dando a la liturgia catedralicia la dignidad que merece. Agradecemos esta iniciativa que pone de relieve la importancia de los tres elementos que conforman el espacio celebrativo: el altar, el ambón de la Palabra de Dios y la cátedra episcopal.

El altar, mediante su notable elevación en el centro del presbiterio, es el lugar más sagrado de la liturgia porque en él se realiza el misterio eucarístico. Por eso se consagra mediante la unción con el santo crisma. Es el símbolo de Cristo, que es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. El celebrante lo venera con un beso al comienzo y al final de la celebración y lo inciensa al inicio de la eucaristía y en el ofertorio. En la tradición cristiana se situaba sobre la tumba o reliquias de los mártires, que, a ejemplo de Cristo y en comunión con él, habían entregado su vida como ofrenda agradable a Dios. Es el ara del sacrificio en la cruz y la mesa que actualiza la Cena del Señor con sus apóstoles al instituir la Eucaristía y el Sacerdocio. Según la tradición de la Iglesia, la mesa del altar fijo (no móvil como era el de ahora) debe ser de piedra natural, signo de la consistencia y durabilidad del misterio que sucede en él. El ritual de consagración expresa claramente la santidad del lugar donde el pueblo cristiano recibe las primicias de la vida eterna.

El ambón de la Palabra de Dios, elevado como un púlpito para proclamar la Verdad, es la mesa de la Palabra, donde Dios alimenta a su pueblo. También el ambón tiene su consistencia material y estética para que los fieles comprendan que no es un mero atril con finalidad utilitaria, sino el lugar elevado para proclamar a la asamblea la historia de la salvación, los oráculos de los profetas y los textos de sabiduría de quienes en nombre de Dios iluminan al pueblo como el faro encendido que guía su camino. El ambón es el signo de que Dios no deja de hablar a su Pueblo con palabras antiguas y siempre nuevas. En él se cantan los salmos y se venera sobre todo el Evangelio de Cristo que recibe en las solemnidades el honor del incienso.

Finalmente, la cátedra episcopal, que da nombre a la iglesia madre de la diócesis, la catedral, es el lugar de la presidencia eucarística y del magisterio del obispo, que, como sucesor de los apóstoles, nos vincula a los orígenes del cristianismo y nos alienta a vivir mirando siempre hacia Cristo, que vendrá al fin de los tiempos para consumar la historia de la salvación. La cátedra del obispo evoca a Cristo Maestro que, según la costumbre judía,  solía enseñar sentado. En la cátedra su magisterio se hace presente en aquellos que participan de su sacerdocio a lo largo de los siglos. La cátedra recuerda al propio obispo que su autoridad no se fundamenta en sus cualidades, talentos y saberes, sino en quien es el único Maestro que tiene palabras de vida eterna. Es el lugar de la sucesión apostólica donde el obispo aparece como un eslabón de la cadena que tiene su origen en Cristo de quien recibe la capacidad de hablar y presidir en su nombre. Demos gracias a Dios por este acontecimiento que nos permitirá vivir con gratitud y gozo los misterios que nos salvan. Laus Deo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Es posible que la devoción al Corazón de Jesús nos parezca anticuada, pasada de moda. Es posible también que algunas imágenes del Corazón de Cristo resulten poco atractivas, melifluas, carentes de verdadera espiritualidad. En el arte, incluso en el sacro, hay cosas buenas y cosas malas. Pero el simbolismo del Corazón de Cristo es y será siempre actual. ¿Hay algo más nuclear en la persona que el corazón? ¿Algo identifica más al hombre que su propio corazón? ¿No late con fuerza cuando nos enamoramos? ¿No parece que se sale del pecho cuando algo nos asalta o nos conmueve? ¿No lo entregamos a alguien como signo de amor? Hasta lo usamos, como emoticón, en nuestros diálogos sin palabras. El corazón es un símbolo universal, comprensible por todos.

Jesús se ha definido a sí mismo con el símbolo del corazón en estas únicas y asombrosas palabras: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30).  Como símbolo del hombre en la cultura semita, el corazón representa la humanidad de Cristo, que se define como manso y humilde, capaz de atraer hacia sí a los fatigados y agobiados para aliviarlos con su sola presencia. Poner la cabeza sobre su pecho, como hizo Juan en la última cena, es signo de amistad y descanso. Es un gesto de confianza que sugiere la identificación con aquel que amamos. Jesús atrae por su mansedumbre, no rechaza a nadie, busca al que se pierde. Seduce con su humildad y abajamiento. Precisamente este descenso a lo bajo, perdido y postergado, convierte a Cristo en el amigo más fiel y cercano que podemos imaginar. En él siempre hay alivio y descanso.

La devoción al corazón de Cristo no es un invento moderno ni una devoción particular que algunos santos han desarrollado gracias a revelaciones privadas. Está en las palabras citadas de Jesús, leídas en el evangelio de este domingo, y en la escena conmovedora de la muerte de Cristo, cuando el centurión le atraviesa el costado con su lanza. El evangelista Juan da testimonio de este hecho que provoca la salida de sangre y agua, interpretado por la Tradición como símbolo de los sacramentos de la Iglesia. Algunas imágenes de Cristo lo presentan mostrando su llaga del costado, signo de su amor y compasión por el hombre. El Resucitado muestra las llagas de su humanidad indicando que es el Crucificado, y que el amor manifestado en la pasión perdura en su carne gloriosa. Y la carta a los Hebreos llega a decir que los cristianos tenemos libre acceso a Dios a través del velo rasgado de la carne de Cristo. Su humanidad se ha convertido en el camino seguro para llegar a Dios.

¿Es anticuada esta devoción? De ninguna manera. El mes de Junio, dedicado al Corazón de Cristo, no basta para llegar a comprender su ternura y misericordia con el hombre. Ni toda la vida. Comprender esta devoción a la humanidad de Cristo representada en su corazón es reconocer que Jesús nos ama con un corazón humano y divino al mismo tiempo. Supone darnos cuenta de que, como hizo con Pedro, nos pregunta si le amamos de verdad, si estamos dispuestos a amar como él e identificarnos plenamente con sus sentimientos. El cristianismo se reduce a esta identificación plena con Cristo de manera que nuestro corazón sea semejante al suyo, como pedimos en la oración. Nuestra espiritualidad puede adolecer no sólo de sentimentalismo vano, sino de racionalismo que ha olvidado lo que decía Pascal: el corazón tiene razones que la razón ignora; Dios es más sensible al corazón que a la razón.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

Aunque Cristo sea un misterio insondable, absolutamente único en el panorama de las religiones, se deja conocer a través de las exigencias que plantea a sus seguidores. Su forma de actuar y enseñar posee el estilo de una autoridad única, que él presenta como recibida directamente de Dios. Sus palabras y gestos se remiten a lo que ha oído y visto del Padre. Podemos decir que no se sale del guión que ha recibido del Padre para actuar entre los hombres.

Para seguir a Jesús hay que posponer todo: la familia, el trabajo, la profesión, los bienes de este mundo. Su señorío alcanza a toda la existencia de la persona. De ahí el título de «Señor» que recibe después de resucitar de entre los muertos. Sólo Él puede exigir lo que nadie se atrevería a pedir.

Los tratados de cristología se preguntan sobre la causa de estas exigencias de Jesús, formuladas así en el evangelio de hoy: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10, 37-38). Estas exigencias suscitarían en sus oyentes la pregunta: ¿Quién es éste que reclama un amor único, una entrega total, un seguimiento radical? Naturalmente, como sabio maestro, Jesús no se contentó con mostrar sus exigencias, sino que las propuso en el marco de una enseñanza más amplia, que es conocida como predicación del Reino de Dios.

Desde el inicio de su enseñanza, Jesús ha proclamado que el Reino de Dios ha comenzado a implantarse en este mundo no como un reino temporal, sino como la extensión a todos los hombres de la soberanía del Dios Creador y Señor de la Historia. Dicho reino se ha hecho presente en la persona de Jesús, cuyos signos salvíficos revelan que Dios viene para salvar al hombre en su integridad y a todos los hombres. Nada queda fuera de la influencia de este Reino presente en Cristo. De ahí que haya que tomar una opción por Cristo hasta el punto de que aceptar o rechazar a Cristo supone entrar o quedar excluido del Reino. Cuanto el hombre haga por él no quedará sin recompensa: hasta el vaso de agua fresca dado en su nombre. Quien quiera seguir a Jesús debe, pues, estar dispuesto a perder la vida por él, a darlo todo, sencillamente porque él lo da todo por el hombre, y ofrece lo que nadie puede dar: la vida eterna.

Se comprende así que en las palabras citadas de Jesús se repite por tres veces el estribillo «no es digno de mí». Jesús se presenta como el valor supremo del cristiano, frente al cual no existen competencias. Con esto no se degrada nada: ni las relaciones familiares, ni el valor de los afectos humanos, ni la importancia de los bienes de la tierra. Todo adquiere su medida, la de Cristo. Quizás la clave para entender estas exigencias resida en la última frase de Jesús: «el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí». La expresión «coger la cruz» hace sin duda referencia al hecho histórico de la muerte de Cristo, que subió al Gólgota cargado con su cruz. Ese gesto de amor único y total al hombre ha condicionado para siempre la relación con Cristo. Quien ha sido capaz de entregar la vida por los hombres, redimiéndolos de la esclavitud del pecado y de la muerte, se ha convertido en el Señor de la vida y puede, por tanto, exigir lo mismo a quienes quieran participar de su Reino, viviendo ya aquí bajo su señorío. Como decía el Papa Benedicto XVI, Cristo no nos quita nada, lo da todo. Y esta es la razón por la que, en una justa, leal y amorosa correspondencia, pueda también pedirnos que lo demos todo por él. Su única pretensión es reclamar un amor como el suyo. Pura coherencia.

+ César Franco

Obispo de Segovia

            

El pasado sábado 17 de junio, quince jóvenes de la Diócesis de Segovia participamos en la Olimpiada Católica. El evento tuvo lugar en el Pinar de Majadahonda y fue organizado por una asociación de parroquias de Madrid, por lo que Segovia puede decir que ha sido la primera diócesis fuera de la Comunidad de Madrid en participar.
Consistía en una competición de varias modalidades deportivas, que abarcaban desde fútbol y baloncesto hasta tenis de mesa. En total, se apuntaron más 18 equipos. Cada parroquia, o en nuestro caso Diócesis, participaba en la “lucha” por las medallas como una federación olímpica.
Los jóvenes de nuestra diócesis participaron en tres deportes: vóleibol, ajedrez y futbolín, debido a la alta inscripción en otros deportes. Más allá de llegar a semifinales en vóleibol y futbolín, lo que nos llevamos fue el buen rato que pasamos en comunidad, no solo entre los segovianos, sino con el resto de parroquias madrileñas. Podemos decir orgullosos que en esta propuesta “hicimos lío” formando la mejor afición, haciendo ruido y contribuyendo a que el ambiente fuera incluso divertido para todos los participantes. Tal fue así que la organización nos añadió una medalla de oro por ello.
El objetivo de este encuentro no era simplemente jugar a los diferentes deportes. La finalidad era tener presente a Dios bajo el lema ‘Atletas en Cristo’, sacado de una Carta de San Pablo, compartiendo deportivamente y respetando; y, como afirmó el sacerdote que presidió la Eucaristía del encuentro, dando gracias siempre por las oportunidades que tenemos.

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En el evangelio de este domingo Jesús habla de la posibilidad del martirio cuando se trata de dar testimonio de la fe. La fe —viene a decir— no es para esconderla en el interior de una bodega, sino para proclamarla desde las terrazas. El cristianismo nació como predicación pública de la resurrección de Cristo. Y esto acarreó enseguida persecución y muerte entre los seguidores de Cristo. Basta leer los Hechos de los Apóstoles para comprender que el martirio es inherente a la vocación cristiana. Cristo murió mártir a causa de las verdades que proclamó. Precisamente por esto enseñó a sus discípulos a contar con esta posibilidad. Y lo hizo de dos formas: acrecentando la confianza en Dios y perdiendo el miedo a morir.

Si analizamos bien estas dos actitudes reconocemos fácilmente que tienen el mismo fundamento. Dios es el señor de la vida y conduce nuestro destino con infinita sabiduría. La confianza en Dios reside en que nada sucede sin su consentimiento. Ni los gorriones del cielo ni los cabellos de nuestra cabeza caen al suelo —dice Jesús— sin el beneplácito del Padre celestial. Y no hay comparación entre el hombre y los gorriones. Por eso, Jesús anima a la confianza en la providencia y a perder el miedo.

Otro argumento que Jesús utiliza para afrontar el martirio es que los hombres pueden matar el cuerpo pero no pueden destruir el alma. ¿A quién debe temer el hombre entonces?  A quien puede destruir alma y cuerpo, es decir, a Dios. Quizás este argumento nos resulte más difícil de comprender, porque nos hemos fabricado una imagen de Dios de la que hemos eliminado el juicio que realizará de nuestra propia vida, un juicio que pertenece, no obstante, a la enseñanza de Jesús y que no está en contradicción con la imagen del Dios misericordioso. Precisamente porque Dios es misericordioso y busca salvar al hombre, le previene de la posibilidad de frustrar su propia vida. En las actas del martirio de san Justino, un gran apologeta cristiano, se lee que cuando el juez le amenazó con los tormentos, el santo le replicó que no temía la tortura sino sólo a Dios. Este temor del santo, lo que la Sagrada Escritura entiende por santo temor de Dios, no es otra cosa que la conciencia clara de que el fin de la vida no lo determina la muerte física, sino el juicio último de Dios, que será inapelable y marcará para siempre el destino eterno de cada persona

El evangelio de este domingo concluye con unas palabras de Cristo que son una seria advertencia a quienes, ante el temor a morir, pueden renegar de la fe en Cristo. Dice Jesús: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo» (Mt 10,33). Todos llevamos en la médula de nuestro ser el miedo a morir, porque valoramos la vida física como si fuera un absoluto. Cuando la vida se contempla en clave de eternidad, lo que debe preocupar al hombre no son los años que permanezca en esta tierra, sino su destino último, el que ratifica Dios con su juicio. Los mártires han entendido esto y no se han echado atrás ante la amenaza de la muerte física. Siguiendo el ejemplo de Cristo, han lanzado su mirada hacia el destino último y han vencido el miedo a morir mediante la confianza suprema en el autor de la vida, la física y la que se prolonga más allá de la muerte. Han comprendido que no hay que tener miedo a los hombres, que, al fin y al cabo, son actores secundarios del drama humano. Hay que vivir bajo el santo temor de Dios, que tiene su última palabra sobre la vida y la muerte y, como enseña la fe, es juez remunerador de vivos y muertos.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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