Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

Lunes, 20 Enero 2020 07:41

Revista Diocesana. Enero 2020

Loading...

Viernes, 17 Enero 2020 11:38

Comodato diputación provincial Segovia

Loading...

Loading...

El día dieciocho de enero comenzaba la semana de oración por la unidad de los cristianos que concluye con la fiesta de la conversión de san Pablo, el día 25. La importancia que la Iglesia da a la unidad de los cristianos —lo que llamamos ecumenismo— responde a la ferviente súplica que Jesús dirige al Padre en la última cena: que todos seamos uno. Jesús intuyó que su Iglesia sufriría desde sus comienzos los desgarrones de la división, la herejía y el cisma. Ya en los escritos del Nuevo Testamento encontramos llamadas a la unidad provocadas por las divisiones entre los cristianos. «He oído —escribe Pablo a los corintios— que cuando se reúne vuestra asamblea hay divisiones entre vosotros» (1Cor 11,18). Estas divisiones aparecen en la primitiva Iglesia de Jerusalén entre los cristianos de lengua aramea y griega y en las disputas que provocaron la convocatoria del Concilio de Jerusalén para determinar si los paganos debían circuncidarse o no. La imagen idílica que a veces se tiene de la Iglesia primitiva se derrumba enseguida si leemos detenidamente el Nuevo Testamento. La aspiración a ser un solo corazón y una sola alma chocaba con los obstáculos típicos de la condición humana: errores en la doctrina, afán de protagonismo, división en la asamblea al olvidar que ni Pablo, ni Pedro ni Apolo han sido los protagonistas de la redención, sino sólo Cristo. Se entiende, pues, que Jesús pidiera al Padre la unidad de todos los suyos.
Interesa subrayar que esta unidad no es un falso pacifismo que guarda las formas de la convivencia mientras el corazón se aparta de la verdad revelada y de la comunión efectiva de todos en Cristo. Sólo la unidad en Cristo hace posible que el mundo crea, según dice el mismo Jesús: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). Sabemos bien que, cuando la sociedad nos contempla divididos, esgrime este hecho como argumento para no unirse a los cristianos. De ahí que la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, esté realizando, a través del ministerios de los Papas y del trabajo de muchos cristianos, una labor ecuménica de primer orden. Desde el abrazo del papa Pablo VI con el patriarca griego Atenágoras han sido muchos los encuentros dirigidos a buscar la unidad. El papa Francisco ha repetido con frecuencia que la unidad es un don del Espíritu, artífice de la comunión eclesial. Pero el Espíritu se mueve con mediaciones humanas en las que todos entramos cuando sabemos mirar a los cristianos de otras confesiones y comunidades cristianas como hermanos nuestros que aspiran a recitar el mismo Credo y celebrar la única eucaristía.
Tampoco debemos olvidar que la unidad de la Iglesia sufre ataques internos dentro de la Iglesia católica cuando ponemos en entredicho verdades de fe o nos apartamos de la Tradición católica interpretada por el Magisterio de la Iglesia. Las críticas internas y públicas a la Iglesia, a los contenidos de la fe revelada, y la falta de adhesión al Magisterio del Vicario de Cristo, en cuestiones de fe y de moral, minan lenta pero eficazmente la comunión eclesial. También si descendemos a las comunidades cristianas y parroquias, encontramos el germen de división, que el enemigo siembra gustosamente en el campo de la Iglesia: críticas, murmuraciones, alejamiento de la comunidad son signos de un espíritu de orgullo y soberbia que nos impide reconocer que en la Iglesia toda reforma empieza por uno mismo y su adhesión a Cristo, por la conversión diaria y por el amor al Cuerpo de Cristo del que todos nosotros somos miembros.

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

Desde hace más de 50 años, la Iglesia celebra a mediados de enero la semana de oración por la unidad de los cristianos. Por desgracia, los avatares históricos han separado a los cristianos en distintas confesiones, lo que ha supuesto en tiempos pasados muchos conflictos de todo tipo. A lo largo del siglo XX, todas ellas (católicos, protestantes y ortodoxos) dialogan y avanzan en la recuperación de la unidad en torno a un origen y una fe comunes. La labor hecha por los tres últimos papas, desde Juan Pablo II hasta hoy, junto a la de otros líderes religiosos, ha sido muy provechosa. El ecumenismo, que es como se llama este movimiento de acercamiento y restauración de la unidad, es un camino por el que hay que seguir transitando.
Esta semana especial va desde el 18 al 25 de enero. En Segovia, suele ser la parroquia del Cristo del Mercado la que concentra este espíritu ecuménico, que engloba los actos religiosos y culturales que se promueven en este tiempo. Los principales este año son una celebración ecuménica el viernes 17 a las 20:30 horas y una conferencia de D. Alfredo Abad, presidente de la Iglesia Evangélica Española, el viernes 24 a las 18:30 horas. Su título: “Diaconía, sobre la cuestión social”.
Pero esta vez se añade un acto especial. El sábado 18 se dará a conocer en el Palacio Episcopal, a las 19:30 horas, un libro importante: “Los primeros cristianos, los cristianos orientales -entre el hecho histórico y un verdadero genocidio-“. Su autor es Raad Salam Naaman, católico caldeo originario de Mosul, en Irak, que conoce muy bien la persecución y las dificultades de la minoría cristiana en Oriente Medio. Raad Salam fue condenado a muerte en su país natal. Tras lograr asilo político en el nuestro, obtuvo la nacionalidad española en 1999.
El Obispado de Segovia anima a todos los segovianos a que acudan a la conferencia de Raad Salam Naaman para conocer la realidad de estos cristianos perseguidos por su fe, hermanos que, por la distancia, tenemos olvidados la mayor parte del año.
ORACIÓN POR LA PAZ.
También el día 23, el movimiento de Justicia y Paz, convoca una oración por la paz, que se celebrará en la Iglesia de San Millán a las 20:30 de la tarde bajo el lema “la Paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”, que se enmarca dentro del Mensaje de la Paz que cada primero de año el Santo Padre dedica a la Jornada Mundial por la Paz, en el día de Santa María Madre de Dios.

Secretariado de c

Viernes, 10 Enero 2020 07:32

Bautismo de Cristo y del cristiano.

Aunque el bautismo de Cristo y del cristiano son de distinta naturaleza, están íntimamente relacionados, de forma que, sin el de Cristo, no es posible el de los cristianos. Muchos cristianos confunden la naturaleza de ambos bautismos, porque no entienden que Cristo, el Hijo de Dios sin pecado, baje al río Jordán a ser bautizado por el Bautista junto a muchos otros pecadores. ¿Era pecador Jesús? ¿Necesitaba hacer penitencia por sus pecados? De ninguna manera. Jesús es santo en su naturaleza, sencillamente porque es el Hijo de Dios, Dios mismo. Entonces, ¿por qué bautizarse?
Digamos, como primera observación, que Jesús, al unirse a los pecadores que buscan conversión, muestra de modo simbólico que, asumiendo nuestra naturaleza humana, se ha hecho, en cierto sentido, solidario con el pecado de los hombres. Ha venido a redimirnos y salvarnos de nuestro pecado. Y lo hace apareciendo entre los pecadores como si fuera uno más. De ahí que Juan Bautista, conocedor de la santidad de Jesús, se niegue a bautizarlo.
Pero hay todavía otro aspecto de gran importancia teológica. Jesús, ciertamente, se ha hecho hombre. Su naturaleza humana es, por sí misma, santa, obra del Espíritu que actuó en el seno de María con la fuerza del Altísimo. Así lo dice el ángel Gabriel a María: «El Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dio». La santidad de Jesús reside en su misma persona, la del Hijo de Dios, que, en la plenitud de los tiempos toma nuestra carne. Pues bien, es esta carne asumida —la naturaleza humana de Cristo— la que necesita ser ungida por el Espíritu con el fin de ser para nosotros un cauce eficaz de comunicación de su propia virtud. Cristo es ungido en su naturaleza humana con el Espíritu que nos comunicará a nosotros.
Si contemplamos ahora la escena que narra el evangelio de hoy, veremos cómo se abordan estos dos aspectos del bautismo de Jesús en una unidad armoniosa. Cuando Juan se resiste a bautizar a Jesús porque reconoce que es el mesías enviado por Dios, éste le dice: «conviene que así cumplamos toda justicia». Con esta expresión, Jesús se refiere a la voluntad de Dios que debe cumplir. Dentro de esa voluntad de Dios, está el que Jesús se humille apareciendo como un pecador. Como dice Dionisio bar Salibi, Jesús «acudió a Juan para enseñarnos la humildad». También san Agustín presenta a Jesús como ejemplo de gran humildad, y san Ambrosio reconoce que la justicia de Jesús consiste en haber realizado primero lo que iba a exigir a los demás.
La ratificación de que Jesús es el Santo por excelencia viene dada con la apertura de los cielos, el descenso del Espíritu Santo que se posa sobre él en forma de paloma, y la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Esta teofanía no deja ninguna duda sobre quién es Jesús, el Hijo amado de Dios sobre el que reposa el Espíritu santo capacitando a su humanidad para transmitirnos la gracia de ser hijos de Dios. Por ello, comenzaba este comentario aludiendo a la estrecha relación entre el bautismo de Jesús y el nuestro: gracias a que Jesús fue ungido por el Espíritu en el Jordán, podemos nosotros recibir su unción en el bautismo que él mismo instituye para salvarnos del pecado y de la muerte. Se entiende así que la fiesta del bautismo de Jesús sea un magnífico colofón del tiempo de Navidad. Durante este tiempo, la Iglesia nos habla de un maravilloso intercambio, a saber, que al participar él de nuestra naturaleza humana, se ofrece al hombre la posibilidad de participar de la naturaleza divina. Esto es lo que sucede en el bautismo: también a nosotros el Padre nos considera hijos muy amados al renacer del agua y del espíritu.

 

+ César Franco

 

Esta mañana se ha firmado en la sede del obispado de Segovia, el convenio de colaboración entre ambas instituciones. Han estado presentes D. Angel Galindo , Vicario General en representación del obispado , D. Ramón López Blázquez, alcalde de Sepúlveda, acompañando de la Secretaria de la localidad.
El convenio tiene una duración de treinta años, prorrogables de manera automática si ninguna de las partes denuncia el mismo con una antelación mínima de un año.
La cesión del templo está destinada al desarrollo de las actividades y servicios que ofrece el Museo de los Fueros que se estableció en el inmueble en el año 2006. Se incluye en esta cesión de uso las piezas de arte sacro y objetos litúrgicos depositados en dicho museo y que forman parte de la colección permanente que allí se expone.
El Ayuntamiento se compromete, por su parte, al mantenimiento y reparación del templo, así como a asumir las responsabilidades derivadas de la propia actividad.
De esta manera, la diócesis de Segovia participa activamente en la conservación y puesta en valor de su patrimonio, contribuyendo al desarrollo de la cultura y favoreciendo el mantenimiento de los edificios de carácter histórico y religioso.

Descargar convenio

Las fiestas de Navidad pueden definirse como fiestas de la luz. Desde la claridad que inunda a los pastores, cuando el ángel les anuncia el nacimiento del Hijo de Dios, hasta la estrella que guía a los magos, la Navidad es la manifestación de la luz inefable de Dios que brilla en Jesucristo. Así como en el primer día de la creación, Dios dijo: «Exista la luz y la luz existió», así, al iniciarse la nueva creación con el nacimiento de Cristo, se afirma en el prólogo de Juan: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo».
La paradoja Cristo, Luz del mundo, es que «la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió». Esta afirmación es una clara referencia a aquellos que, perteneciendo a la casa de Cristo —el pueblo de Israel— no acogieron a Cristo. Por eso, puntualiza el evangelista: «Vino a su casa y los suyos no lo recibieron». Naturalmente no sólo fueron ellos quienes lo rechazaron. Son muchos los hombres que, viviendo en tinieblas, han rechazado la luz. Y muchos también quienes lo han acogido recibiendo así la capacidad de ser hijos de Dios. Porque la luz está íntimamente unida a la vida; es su expresión externa, como afirma el prólogo de Juan: «La vida era la luz de los hombres». Jesús nos trae la Vida eterna y esta vida se manifiesta luminosamente.
La historia de la humanidad, a partir del pecado de Adán y Eva, ha quedado marcada por la oscuridad. Por eso, Isaías anuncia así la llegada del mesías: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tiniebla y sombras de muerte, y una luz les brilló» (Is 9,1). Es evidente que las tinieblas a que alude el profeta no es otra cosa que la muerte que dominaba el mundo, fruto del pecado. La luz que brilla sobre la humanidad postrada en la oscuridad es la Vida misma de Dios manifestada en Cristo. Por eso, cuando san Mateo presenta el ministerio público de Jesús, lo hace citando estas palabras de Isaías para probar con la Escritura que la venida de Cristo, su predicación y llamada a la conversión es el cumplimiento de lo anunciado por el profeta. Cristo es la Vida que ha venido para arrancarnos, con su poderosa luz, de la oscuridad del pecado. Como afirma san Pablo: «El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor» (Col 1,3).
En este tiempo de Navidad, nuestras ciudades, calles y escaparates derrochan luz, luces de colores. Se pretenden así alegrarnos un poco la vida y romper la rutina diaria. Pero, por mucho que iluminemos artificialmente nuestras casa y ciudades, podemos vivir en oscuridad total si olvidamos el mensaje de la Navidad y no permitimos a Cristo que sea nuestra Luz. Para ellos debemos permitir que entre en nuestra morada interior con la luz de su verdad, ahuyente la oscuridad del pecado y convertirnos a nosotros mismos en parte de sí mismo, como dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo». Cuando terminen estas fiestas, se apaguen las luces de colores, y volvamos a la rutina diaria, todo seguirá igual si nuestro corazón no ha sido iluminado por la luz de Cristo. Nos sucederá como a aquellos fariseos que no querían admitir la curación del ciego de nacimiento porque, si la admitían, suponía reconocer que Cristo era la luz del mundo. Jesús les acusa de estar ciegos, por no reconocer el milagro, y añade: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9,38).
Como los magos de Oriente, dejemos que la estrella de Cristo nos guíe hacia él para postrarnos en adoración ante él dándole gracias porque ha disipado las tinieblas del pecado y nos ha conducido al reino de su luz.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.