Jueves, 28 Junio 2018 07:28

Enfermedad y muerte D. T.O. XIII

La curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, que leemos en el evangelio de este domingo, presentan a Jesús sanando y resucitando. Estos milagros son la prueba de que es el Mesías esperado, tal como habían anunciado los profetas. Sin embargo, relatos como este suscitan, según Urs von Balthasar, «preguntas terribles», que formula de esta manera: «¿Por qué entonces tienen que enfermar tantos hombres después de él y por qué tienen que morir todos? ¿Quiere Dios la muerte? Si nada ha cambiado en el mundo, ¿para qué vino Cristo a él?».

            La revelación bíblica deja claro que «Dios no hizo la muerte». Su presencia en el mundo se atribuye a la envidia del diablo que, como ángel caído, no podía soportar la felicidad del hombre en estado de gracia. El dogma del pecado original explica el desorden que ha sufrido la humanidad, que padece la enfermedad y camina hacia la

Para comprender la grandeza que ocupa Juan Bautista en el calendario y veneración de la Iglesia, bastarían las palabras de Jesús que lo proclama «el mayor entre los nacidos de mujer» (Mt 11,11). Su honor reside, no obstante, en su humildad. Juan había creado una escuela de discípulos, que lo tenían por el profeta esperado. Cuando aparece Jesús, sin embargo, no duda en señalarle como Mesías y orientar a sus discípulos hacia él. Se siente indigno de bautizar a Jesús y de desatarle las correas de sus sandalias. Su lema fue: «Él (Jesús) tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Y ese fue su destino: desaparecer cuando Jesús se presenta como el Ungido de Dios. No desapareció de cualquier manera, sino derramando su sangre por denunciar el adulterio de Herodes Antipas. Es mártir de Cristo.

Cuando las autoridades de Jerusalén le preguntan sobre su identidad, Juan niega que sea el Mesías o Elías o el Profeta. Se define como la voz que prepara en el

Jueves, 14 Junio 2018 10:11

La semilla del Reino. D. XI. T.O.

Hay muchas formas de ateísmo, unas más claras que otras. Existe el ateísmo teórico que niega a Dios desde presupuestos de la razón. Está el ateísmo práctico que no se preocupa por los argumentos lógicos de la existencia de Dios, pero explica la vida como si Dios no existiera. Simplemente lo ignora. Hay también un ateísmo de los creyentes, aunque parezca paradójico. Hay creyentes que confiesan a Dios, pero con frecuencia pretenden ocupar su puesto. No aceptan que Dios tenga la primacía en todo, y especialmente, en el crecimiento de su Reino. De alguna manera, pretenden arrebatar a Dios el protagonismo que sólo él tiene en la historia. Hace años, P. Zulehner, catedrático de teología pastoral en la universidad católica de Viena, respondía así a la pregunta sobre los pecados más graves de la Iglesia: «Me atrevo a decir que el mayor pecado de la Iglesia es el ateísmo eclesial. Es una palabra muy dura. Pero es como si la misma Iglesia se olvidara de Dios, que se

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo siempre sorprenden a los lectores. Dice que «todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre» (Mc 3, 28-29). ¿Cómo es posible que este pecado no tenga perdón? ¿No es infinito el amor de Dios e infinita su capacidad de perdonar?

            Para entender esta afirmación de Cristo, conviene situarla en su contexto histórico. La enseñanza y la actividad de Jesús suscitó fuertes controversias, muchas alimentadas por la admiración hacia su persona y otras por el odio que alentaban sus enemigos. Sus propios familiares, dice Marcos en el evangelio de este domingo, llegaron a pensar que estaba loco. En este contexto, se añade que los escribas de Jerusalén pensaban que estaba endemoniado y que expulsaba los

Sábado, 26 Mayo 2018 18:14

«Sólo quiero que le miréis a él»

El domingo de la Santísima Trinidad la Iglesia celebra la jornada de oración conocida por la expresión latina «pro orantibus», es decir, por las personas que dedican su vida enteramente a la oración por la Iglesia y por la humanidad en los conventos de clausura. Son hombres y mujeres que viven la regla de grandes santos y santas que fundaron comunidades donde el silencio, la oración y el trabajo son los medios para alcanzar la unión con Dios a la que aspiran. Nos son familiares algunos nombres de estos fundadores, cuyos monasterios se han convertido en oasis de luz y de paz y en centros creadores de cultura y de fraternidad, ya que acogen dentro de sus muros a quienes buscan tiempos de silencio y de oración. San Jerónimo, san Benito, san Bernardo, santa Clara, santo Domingo de Guzmán, santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, por citar sólo algunos. En Segovia tenemos la suerte de contar con el monasterio de monjes jerónimos de El Parral, el único que existe de

Martes, 22 Mayo 2018 19:57

Pentecostés

Decía el beato Pablo VI que la Iglesia está necesitada de un Pentecostés permanente. Necesita fuego en el corazón y profecía en los labios. Así es desde sus orígenes: fuego que abrasa los corazones de los hombres y profecía en los labios para proclamar el evangelio de Jesucristo a todos los pueblos. La Iglesia se manifiesta públicamente en Pentecostés, cuando el grupo apostólico, con María, recibe el bautismo de fuego prometido por Jesús. En ese momento son investidos del poder espiritual de Cristo para continuar su obra y llamar a los hombres a formar parte del Pueblo de Dios que camina en la historia.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra el acontecimiento de Pentecostés con todo detalle y se presenta Jerusalén como el lugar donde se ha reunido la totalidad de los pueblos conocidos, para indicar la unidad del género humano llamado a recibir el evangelio de Cristo. Es el fenómeno opuesto al que tuvo lugar en Babel. Allí, Dios castigó al

En la Ascensión de Jesús a los cielos coincide la partida hacia su Padre y el comienzo de la Iglesia. Ambos aspectos son inseparables. Jesús deja de ser visible para los suyos y la Iglesia inicia su misión en el mundo. Dejar de ser visible no quiere decir que Jesús se convierta en un ser pasivo o mero espectador de lo que sucede en su Iglesia. Al final de su evangelio, Marcos dice que Jesús, sentado a la derecha del Padre, cooperaba con los apóstoles y confirmaba con señales su acción. Cristo sigue siendo el Señor de la historia y Cabeza de su Iglesia. Nadie puede ocupar su puesto, pues permanece vivo para siempre.

            Momentos antes de ascender a los cielos, Jesús anuncia a los apóstoles que serán bautizados con el Espíritu y éstos le hacen una pregunta muy significativa: «¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?». No han comprendido nada: siguen mirando la misión de Cristo

Martes, 22 Mayo 2018 19:54

«Os llamo amigos», VI D. Pascua

El concepto de amistad ha sido analizado desde muy antiguo por filósofos, teólogos y poetas. Ha llenado páginas en los tratados de sicología y sociología. Al definirla, suele decirse que es una relación de amor benevolente, basado en la igualdad entre quienes comparten ese afecto, tan noble en sí mismo que sólo busca el bienestar del otro. No hay amistad para el mal, dice un proverbio. En ella todo concurre hacia el bien. También necesita tiempo. Según Aristóteles, «el deseo de ser amigo puede ser rápido, pero la amistad no lo es. La amistad sólo se completa cuando media el concurso del tiempo». No es fácil llegar a la verdadera amistad, que el tiempo consolida y purifica. De ahí que encontrar un amigo -dice la Escritura- es encontrar un tesoro; y es claro que un tesoro no se encuentra todos los días.

            En el evangelio de este domingo, Jesús revela su propio concepto de amistad cuando dice a

Ha sorprendido en algunos medios que el Papa Francisco haya dedicado una exhortación apostólica –Gaudete et Exultate- a la santidad en el mundo actual. En realidad, desde que fue elegido Sucesor de Pedro no ha dejado de hablar de ella, porque nos ha remitido siempre al Evangelio, cuyo núcleo es la santidad. En el tiempo de Pascua, la invitación a ser santos recoge la enseñanza de Jesús en este domingo que nos pide permanecer en él. Quien permanece en Cristo se hace como él y da frutos de vida.

            No debería sorprender que Francisco se situara en la teología del Concilio Vaticano II con su llamada a la santidad de todo cristiano sin excepción. El capítulo V de la Lumen Gentium se titula precisamente «vocación universal a la santidad en la Iglesia». El Papa recoge esta enseñanza para decirnos que la santidad no es para unos pocos, sino para todos, sea cual sea la condición del

Martes, 22 Mayo 2018 19:50

Recuperar la vida, IV D. Pascua

Hay una frase en el evangelio de este domingo, que esconde el secreto de la vida humana, y, por supuesto, de la divina, dado que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Dice Jesús: «Por esto me ama mi Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla» (Jn 10,17). Jesús se refiere a su muerte y a su resurrección, momento en que recupera la vida. El Padre le ama por su entrega generosa a la muerte que le convierte en el Buen Pastor de su pueblo.

De las palabras de Jesús se puede deducir que sólo quien entrega la vida la recupera. Y no de cualquier manera. Cuando Jesús recupera la vida perdida por la muerte, la recupera de modo insospechable: venciendo la muerte de toda la humanidad. No sólo recupera la vida para sí mismo sino para toda la humanidad. La fecundidad de su amor alcanza a todos los hombres que pasen por este mundo.

El signo del amor es dar la vida por los demás. El amor no necesita explicación. Hace poco tiempo, todos quedábamos

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