Es frecuente entre los cristianos que al escuchar la palabra «vocación» pensemos de inmediato en la llamada especial al sacerdocio, a las misiones o a la vida consagrada. Pocos piensan en la vida como vocación, o en la vocación a vivir, que es la primera de todas las vocaciones. La palabra «vocación» viene del latín vocare, que significa llamar. Dios llama al hombre cuando inicia su existencia en el seno materno. Es la primera y fundamental vocación: la llamada a la vida. Vivir con pleno sentido significa que el tiempo en este mundo es una gracia de Dios para desarrollar nuestra condición de personas. Todo hombre, sin excepción, es vocación. Y, al mismo tiempo, es misión porque no se concibe que Dios llame a alguien sin otorgarle una misión específica. Así lo dice el Papa Francisco: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como

La solemnidad del Corpus Christi centra la atención en el Sacramento de la Eucaristía, que es fuente y culmen de toda la vida cristiana. La Eucaristía es el mismo Cristo anonadado bajo las especies sacramentales del pan y del vino. El Hijo de Dios no solo quiso participar de nuestra carne y sangre (cf. Heb 2,14), sino que ha querido hacerse alimento de vida eterna para los hombres. La Eucaristía es comida y bebida de inmortalidad.

El pueblo de Israel esperaba, en tiempo de Jesús, la llegada de un mesías y sacerdote que fuese el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. Leví era la tribu sacerdotal de la que, según la ley de Moisés, salían los ministros del templo. En la liturgia de hoy se habla de otro sacerdocio, distinto del levítico, personificado en la figura de Melquisedec, que ha pasado a la historia como tipo de Cristo

El misterio de la Santísima Trinidad que celebramos este domingo es para muchos cristianos una cuestión de debate teológico sin conexión con la vida diaria. Jesús, sin embargo, le dio gran importancia al hablar del Padre, de sí mismo como Hijo, y del Espíritu Santo. El judaísmo y el islam consideran que los cristianos somos politeístas porque, aunque afirmamos la existencia de un solo Dios, confesamos la Trinidad como si fueran tres dioses. Si Dios es, en sí mismo, un profundo misterio, la fe en la Trinidad hace más compleja aún la reflexión teológica.

            No es así, sin embargo, en la evolución que la fe en un solo Dios ha experimentado en el Antiguo Testamento y, sobre todo, en la enseñanza de Cristo. Con toda naturalidad, Jesús ha hablado de su Padre y del Espíritu, con quienes mantiene una relación

El pasado 15 de mayo clausuramos la etapa diocesana del Sínodo de Obispos convocado por el Papa para el año 2023 sobre el tema «Por una iglesia sinodal: comunión, participación y misión». El resumen de las diversas aportaciones es muy ilustrativo del interés que ha suscitado esta convocatoria en la que han podido participar quienes han querido. Como en todo lo que sucede en la Iglesia, hay luces y sombras.

            En el informe se ha insistido mucho en que todos formamos la Iglesia de Cristo y en ella todos tenemos nuestra voz y nuestro compromiso personal. La consulta realizada ha servido para sentirnos libres a la hora de expresar cómo es nuestra adhesión a la iglesia y cuál es nuestra participación real en ella. Los laicos piden mayor participación en las decisiones de la Iglesia. No sólo ser escuchados, sino

La vida de Jesús ha sido comparada con un viaje. Un viaje desde el Padre a los hombres, de la eternidad al tiempo. Esto es lo que sucedió en la Encarnación, cuando el Hijo de Dios acampó entre nosotros. Y un viaje de retorno, una vez resucitado, que Jesús describe como «me voy al Padre». Se cierra así su ciclo en la historia de la humanidad. A este retorno se le llama «Ascensión». El evangelista historiador, llamado Lucas, dice al comienzo de su segunda obra, Los Hechos de los Apóstoles, que Jesús se presentó a sus apóstoles «después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Este tiempo de apariciones se clausura con la Ascensión, que describe de esta manera sobria: «A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nueve se lo quitó de la vista» (Hch 1,9). En su Evangelio, lo narra de

La Pascua del Enfermo, celebrada en este domingo, nos exhorta a «acompañar en el sufrimiento» a quienes sufren la enfermedad. La condición humana comporta la debilidad de nuestra naturaleza, la enfermedad y la muerte. Por mucho que luchemos contra lo que provoca las enfermedades, sabemos bien que podemos aminorar el dolor, vencer algunas enfermedades, sobreponernos a la fragilidad, pero nunca venceremos la muerte de la que la enfermedad o la edad es antesala inevitable. Quien larga vida desea, dice san Agustín, larga enfermedad desea. Se explica, pues, que una de las actitudes de Jesús fuese el acercamiento a los enfermos, los sanara en algún caso, y nos exhortara a visitarlos. Estuve enfermo y me visitasteis, dice en el juicio último a la humanidad.

Es propio de Cristo asumir el dolor del hombre. Según Isaías, esa fue su intención al

La Iglesia celebró el 10 de mayo la fiesta de san Juan de Ávila (1499-1569)., patrono del clero español. Muchos calificativos se han usado para designar a esta figura insigne de la iglesia española: predicador, confesor, padre espiritual, misionero, doctor, teólogo, reformador de la Iglesia. En todos estos ámbitos, san Juan de Ávila sobresale de forma eminente por su profunda vida evangélica, su austeridad de vida y su celo apostólico, que le llevó a desear ir a América como misionero. Su camino, sin embargo, estaba en España y, más concretamente, en Andalucía, donde ejerció su ministerio con tanta dedicación que se le ha llamado «apóstol de Andalucía».

            La liturgia, en la oración colecta de la Eucaristía, le llama, sin embargo, «maestro ejemplar» para el pueblo cristiano. Todo lo que hizo —estudio,

Con hondo pesar no pude celebrar, a causa del COVID, la Eucaristía de despedida de las monjas cistercienses de Santa María y San Vicente el Real, cuyo monasterio, acostado en la ribera del Eresma, en línea con San Juan de la Cruz, el Parral de los Jerónimos, la iglesia de la Veracruz y el Santuario de la Fuencisla ofrece de Segovia una fisonomía mística, heredera de grandes tradiciones espirituales que marcan la historia del Occidente cristiano. Perdemos el Císter, arraigado en la regla de san Benito y reformado por monjes, entre los que destaca san Bernardo de Claraval, que retornaron a las fuentes del ora et labora y a la austeridad tanto artística como litúrgica que se había descuidado por los benedictinos de Cluny.

            Pero quiero hablar sobre todo de sus cuatro monjas que aún habitan el monasterio,

Los cuatro Evangelios terminan con relatos de apariciones de Jesús a los suyos. Aunque no narran el hecho de la resurrección, las apariciones confirman que Jesús ha vencido la muerte. Está vivo y se manifiesta a los suyos. Con frecuencia, sin embargo, la idea que se tiene de la resurrección es la de un alejamiento de los suyos en un mundo que no tiene relación con el nuestro. Nada más ajeno a la realidad. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Ya el hecho de que diga «yo estoy», en presente, es significativo. La resurrección no aleja a Cristo de los suyos, sino que establece una relación más estrecha que la de su vida terrena. Así lo indica el final de Marcos: «Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Jesús, no

En las apariciones del Resucitado, que narran los Evangelios, Jesús quiere dejar claro que posee la misma identidad de quien vivió entre los hombres y murió en la cruz. Mucha gente se pregunta la razón por la que, en algunas apariciones, los testigos no lo reconocen enseguida. Hay una razón teológica y otra pedagógica. En cuanto a la teológica, es obvio que el cuerpo de Jesús ha sufrido una transformación radical sin dejar de ser el mismo. Su cuerpo ha pasado a la gloria de Dios y esto significa que su forma de existir ha cambiado radicalmente. Ya no está sometido a las leyes de espacio y de tiempo y su naturaleza humana se ha perfeccionado haciéndose «espiritual». Lo espiritual no debe entenderse en sentido etéreo, fantasmal, como el de algunas películas de ficción. San Pablo habla de cuerpo «celeste», «espiritual» o pneumático, es decir, el cuerpo que ha alcanzado la perfección a la que

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