Durante mis estudios teológicos en el seminario recuerdo que me llamó la atención un texto del teólogo protestante K. Barth que hablaba de María en relación con la Iglesia. Es sabido que nuestros hermanos de la Reforma no aceptan los dogmas marianos porque implican que el hombre puede colaborar con Dios en la obra de la salvación. Para ellos, la «sola fe» basta para salvarse. Pues bien, me sorprendió leer en K. Barth que el pensamiento católico sobre la Virgen explicaba perfectamente lo que el Concilio Vaticano II había querido hacer al presentar la Iglesia como la comunidad de creyentes que colabora con Dios en la salvación de los hombres. Así es. Si tenemos que simplificar los dogmas sobre María en una sola idea, podemos decir que es la obediencia de la fe mediante la cual se pone a plena disposición de Dios. Me gusta mucho pensar en María como la oyente de la Palabra de Dios que se ha hecho, por la obediencia, totalmente disponible

Los que llevamos mucho tiempo en la Iglesia pensamos que nuestros derechos de ciudadanía nos permiten juzgar el comportamiento de Dios. Creemos conocer bien sus intenciones, planes y modos de actuar. Incluso nos atrevemos a decirle a la cara lo que debe o no debe hacer. Como si fuéramos sus consejeros. Al final del libro de Job, cuando éste pierde la paciencia y se atreve a pedir cuentas a Dios influido por quienes se consideran sus amigos, Dios se muestra con toda su fuerza y sabiduría —bajo la imagen de la tormenta— para pedir cuentas a Job, que se ha atrevido a emplazar a Dios a un diálogo sobre su modo de proceder. «El que critica a Dios, que responda … si eres hombre, cíñete los lomos, voy a interrogarte y tú me instruirás», dice Dios a Job en una de sus firmes interpelaciones.

En el Evangelio de este domingo, la parábola de Jesús sobre los jornaleros que son enviados a trabajar en la viña,

El día 14 de septiembre la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz. Esta fiesta se viene celebrando desde el siglo IV. En el año 335, se consagró la iglesia del santo sepulcro de Jerusalén, muy vinculada a la cruz de Cristo, porque el lugar donde fue crucificado Jesús, el monte Gólgota, se encuentra dentro de la iglesia del santo sepulcro. Allí se encuentra también, integrada en la actual basílica, una gran cueva donde, según una venerable tradición, se arrojaban las cruces de los ajusticiados. Santa Elena, madre del emperador Constantino, ordenó excavar en ese lugar y encontró las reliquias de la cruz del Cristo y el título de la cruz con la inscripción en hebreo, griego y latín de las palabras «Jesús Nazareno, rey de los judíos». El de 3 de mayo se celebra la invención de la santa Cruz por santa Elena.

Para comprender cómo un instrumento de tortura cruel como era la cruz se celebra

Muchos cristianos desean una Iglesia perfecta, pero tal Iglesia no existe. El dicho latino ecclesia semper reformanda indica que la Iglesia está siempre en vías de reforma. Pero no sólo la Iglesia llamada institución, a la que siempre miramos cuando hablamos de reforma, sino la Iglesia de a pie, la que formamos cada bautizado. El hecho de estar formada por hombres exige a cada uno que aspire a la perfección de manera que toda la comunidad se beneficie. Con razón decía Pablo que cada miembro debe contribuir a la perfección del cuerpo total.

Basta leer el Nuevo Testamento para darse cuenta de que nunca ha existido una Iglesia perfecta. En la primera comunidad de Jerusalén, en las comunidades fundadas por Pablo, y en el resto de las que conocemos nos encontramos con el pecado de sus miembros. Algunas de las cartas de Pablo han nacido precisamente para corregir errores, evitar divisiones, y edificar auténticas

En el Evangelio del domingo pasado leíamos que, después de la confesión de Pedro, Jesús llama bienaventurado a Pedro por haber recibido de Dios el conocimiento de su condición de Mesías e Hijo del Dios vivo. Hoy leemos la continuación de este Evangelio. Jesús, para enseñar a sus discípulos que él no es un mesías político, sino el siervo de Dios humilde y humillado, les revela lo mucho que debe padecer para consumar su misión. Pedro, al oírle hablar de su pasión, llevando a Jesús aparte, le increpó y le dijo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16,22). Jesús le replicó: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Estas son las palabras más duras que Jesús dirige a un apóstol suyo porque ve en él un obstáculo en el camino que le ha trazado su Padre. Pedro, que confesó la fe en Cristo, se convierte ahora en instrumento de

Al hablar de religiones, es frecuente considerar el cristianismo como una más de las que existen. El debate sobre si el cristianismo es una religión tuvo cierto auge en el siglo pasado y Romano Guardini escribió un libro titulado Religión y Revelación donde intenta aclarar ambos conceptos y su mutua relación cuando se trata de considerar lo peculiar del cristianismo en el conjunto de las religiones. La religión, explica Guardini, se refiere «a ese fenómeno, universal entre los hombres, de la relación con lo divino, cuya investigación forma parte de la ciencia de la cultura». Es obvio que el cristianismo tiene elementos que lo configuran como religión. Sin embargo, su peculiaridad más genuina consiste en «la manifestación de Dios de que habla la Sagrada Escritura en el Antiguo y Nuevo Testamento, y la respuesta de que hace capaz a quien la oye» (Guardini). Dicho de otro modo, el cristianismo, en continuidad (y, en cierto sentido, ruptura

Es sabido que Jesús circunscribió su ministerio público al pueblo de Israel. Era consciente de haber sido enviado, como mesías de Israel, para realizar la nueva alianza que los profetas habían anunciado. Aun teniendo en cuenta esto, sabemos por los evangelios que, en alguna ocasión, salió de las fronteras de Palestina y se adentró en tierra de paganos, bien en la región de Tiro y Sidón, bien en la Decápolis. Y también allí realizó milagros.

El Evangelio de este domingo narra el milagro realizado a una mujer cananea, de la región de Tiro y Sidón, cuya hija estaba enferma. Como la fama de Jesús se había extendido por los países vecinos, esta mujer se acercó a Jesús invocándole con un título propio del mesías: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). En tiempos de Jesús se consideraba que las enfermedades eran causadas por algún demonio; de ahí que la mujer se expresara así. Jesús no respondió

Es frecuente entre los cristianos tener una idea equivocada de la fe. No me refiero al aspecto intelectual de la fe que acepta las verdades reveladas, sino al aspecto existencial que nos lleva a confiar en Dios en las adversidades de la vida. De hecho, cuando nos toca pasar por pruebas duras, nuestra fe se tambalea y hasta dejamos de confiar plenamente en Dios. Basta leer la vida de los santos para darse cuenta de que a ellos les pasó lo mismo, con la diferencia de que confiaron en Dios hasta el final. Es conocida la frase de santa Teresa de Jesús, cuando, en una de sus luchas, le dijo con humor al Señor: «Si así tratas a tus amigos, ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

            La fe, como actitud vital, no es una posesión pacífica exenta de escollos. Creer, como amar, supone dificultades y asumir que Dios puede probar nuestra confianza. ¿No

Hay una palabra que define la misión de Cristo entre los hombres: compasión. Para ser exactos, los evangelistas utilizan un verbo griego que, traducido literalmente, significa «estremecerse las entrañas». Así lo dice el evangelio de este domingo cuando Jesús, al contemplar la multitud que le seguía para escucharle, «se le estremecieron las entrañas y curó a mucha gente» (Mt 14,14). Esta compasión de Jesús es la misma que define al padre del hijo pródigo, cuando ve que retorna a casa; y la del buen samaritano que encuentra al herido junto al camino por donde pasa. Podríamos decir que la compasión es lo que el hombre experimenta cuando sus entrañas se estremecen ante el sufrimiento ajeno. Movido a compasión, se hace solidario con su dolor y se compromete a aliviarlo.

En el evangelio de este domingo, después de curar a la gente, Jesús realiza otro gesto de compasión. Al advertir que el día se ha

La Conferencia Episcopal Española ha pedido a las diócesis que los días 25 y 26 de julio celebren funerales por los difuntos de la pandemia. La diócesis de Segovia ha elegido el domingo 26, fiesta de san Joaquín y santa Ana. Hemos escogido el domingo por ser el día del Señor, de su resurrección de entre los muertos. Además, la fiesta de los abuelos de Jesús nos permite recordar a tantos mayores fallecidos que están siendo llorados por sus nietos y nietas. ¡Que el Dios de la Vida acoja a todos en su paz!

La Biblia nos dice que “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera” (Sab 1,13-14). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, que engañó a nuestros primeros padres para que se rebelaran contra Dios. Junto a la caída, vino la muerte que se extiende a todas las generaciones. Aun así, la muerte no tiene el poder definitivo

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