El pasado 15 de mayo clausuramos la etapa diocesana del Sínodo de Obispos convocado por el Papa para el año 2023 sobre el tema «Por una iglesia sinodal: comunión, participación y misión». El resumen de las diversas aportaciones es muy ilustrativo del interés que ha suscitado esta convocatoria en la que han podido participar quienes han querido. Como en todo lo que sucede en la Iglesia, hay luces y sombras.

            En el informe se ha insistido mucho en que todos formamos la Iglesia de Cristo y en ella todos tenemos nuestra voz y nuestro compromiso personal. La consulta realizada ha servido para sentirnos libres a la hora de expresar cómo es nuestra adhesión a la iglesia y cuál es nuestra participación real en ella. Los laicos piden mayor participación en las decisiones de la Iglesia. No sólo ser escuchados, sino

La vida de Jesús ha sido comparada con un viaje. Un viaje desde el Padre a los hombres, de la eternidad al tiempo. Esto es lo que sucedió en la Encarnación, cuando el Hijo de Dios acampó entre nosotros. Y un viaje de retorno, una vez resucitado, que Jesús describe como «me voy al Padre». Se cierra así su ciclo en la historia de la humanidad. A este retorno se le llama «Ascensión». El evangelista historiador, llamado Lucas, dice al comienzo de su segunda obra, Los Hechos de los Apóstoles, que Jesús se presentó a sus apóstoles «después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Este tiempo de apariciones se clausura con la Ascensión, que describe de esta manera sobria: «A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nueve se lo quitó de la vista» (Hch 1,9). En su Evangelio, lo narra de

La Pascua del Enfermo, celebrada en este domingo, nos exhorta a «acompañar en el sufrimiento» a quienes sufren la enfermedad. La condición humana comporta la debilidad de nuestra naturaleza, la enfermedad y la muerte. Por mucho que luchemos contra lo que provoca las enfermedades, sabemos bien que podemos aminorar el dolor, vencer algunas enfermedades, sobreponernos a la fragilidad, pero nunca venceremos la muerte de la que la enfermedad o la edad es antesala inevitable. Quien larga vida desea, dice san Agustín, larga enfermedad desea. Se explica, pues, que una de las actitudes de Jesús fuese el acercamiento a los enfermos, los sanara en algún caso, y nos exhortara a visitarlos. Estuve enfermo y me visitasteis, dice en el juicio último a la humanidad.

Es propio de Cristo asumir el dolor del hombre. Según Isaías, esa fue su intención al

La Iglesia celebró el 10 de mayo la fiesta de san Juan de Ávila (1499-1569)., patrono del clero español. Muchos calificativos se han usado para designar a esta figura insigne de la iglesia española: predicador, confesor, padre espiritual, misionero, doctor, teólogo, reformador de la Iglesia. En todos estos ámbitos, san Juan de Ávila sobresale de forma eminente por su profunda vida evangélica, su austeridad de vida y su celo apostólico, que le llevó a desear ir a América como misionero. Su camino, sin embargo, estaba en España y, más concretamente, en Andalucía, donde ejerció su ministerio con tanta dedicación que se le ha llamado «apóstol de Andalucía».

            La liturgia, en la oración colecta de la Eucaristía, le llama, sin embargo, «maestro ejemplar» para el pueblo cristiano. Todo lo que hizo —estudio,

Con hondo pesar no pude celebrar, a causa del COVID, la Eucaristía de despedida de las monjas cistercienses de Santa María y San Vicente el Real, cuyo monasterio, acostado en la ribera del Eresma, en línea con San Juan de la Cruz, el Parral de los Jerónimos, la iglesia de la Veracruz y el Santuario de la Fuencisla ofrece de Segovia una fisonomía mística, heredera de grandes tradiciones espirituales que marcan la historia del Occidente cristiano. Perdemos el Císter, arraigado en la regla de san Benito y reformado por monjes, entre los que destaca san Bernardo de Claraval, que retornaron a las fuentes del ora et labora y a la austeridad tanto artística como litúrgica que se había descuidado por los benedictinos de Cluny.

            Pero quiero hablar sobre todo de sus cuatro monjas que aún habitan el monasterio,

Los cuatro Evangelios terminan con relatos de apariciones de Jesús a los suyos. Aunque no narran el hecho de la resurrección, las apariciones confirman que Jesús ha vencido la muerte. Está vivo y se manifiesta a los suyos. Con frecuencia, sin embargo, la idea que se tiene de la resurrección es la de un alejamiento de los suyos en un mundo que no tiene relación con el nuestro. Nada más ajeno a la realidad. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Ya el hecho de que diga «yo estoy», en presente, es significativo. La resurrección no aleja a Cristo de los suyos, sino que establece una relación más estrecha que la de su vida terrena. Así lo indica el final de Marcos: «Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Jesús, no

En las apariciones del Resucitado, que narran los Evangelios, Jesús quiere dejar claro que posee la misma identidad de quien vivió entre los hombres y murió en la cruz. Mucha gente se pregunta la razón por la que, en algunas apariciones, los testigos no lo reconocen enseguida. Hay una razón teológica y otra pedagógica. En cuanto a la teológica, es obvio que el cuerpo de Jesús ha sufrido una transformación radical sin dejar de ser el mismo. Su cuerpo ha pasado a la gloria de Dios y esto significa que su forma de existir ha cambiado radicalmente. Ya no está sometido a las leyes de espacio y de tiempo y su naturaleza humana se ha perfeccionado haciéndose «espiritual». Lo espiritual no debe entenderse en sentido etéreo, fantasmal, como el de algunas películas de ficción. San Pablo habla de cuerpo «celeste», «espiritual» o pneumático, es decir, el cuerpo que ha alcanzado la perfección a la que

La resurrección de Cristo es el acontecimiento trascendental de la historia y el que hace de ella historia de salvación. Que sea un misterio de fe no significa que pertenezca al mundo de las ideas abstractas. El Evangelio de este domingo de Pascua no narra el hecho de la Resurrección. Los Evangelios no dicen cómo sucedió, sencillamente porque trasciende la historia y pertenece al ámbito de Dios. Pero los discípulos vieron al Resucitado, comieron con él, según dice Lucas, y pudieron tocarlo y abrazarlo como las piadosas mujeres. Cuando Pedro y Juan van al sepulcro porque la Magdalena comunica que estaba vacío, corren y ven la piedra desplazada, la sábana mortuoria y el sudario doblado en el lugar donde reposó la cabeza de Jesús. Son las consecuencias de la resurrección, no el hecho mismo. Junto al sepulcro vacío, las apariciones completan lo que podríamos llamar huellas del misterio. El misterio en sí

Jueves, 07 Abril 2022 08:33

«Triduo Pascual» Domingo de Ramos

El Triduo Pascual —jueves, viernes y sábado santo— nos permite vivir los acontecimientos de la muerte y resurrección de Cristo como una secuencia histórica que ha sido sacralizada por medio de la acción litúrgica. Dicho de otra manera: el fundamento del Triduo Pascual es la historia misma de los acontecimientos últimos de la vida de Jesús, que, en sí mismos, son la liturgia que él mismo ofrece al Padre. Su vida es el definitivo culto que sustituye el culto de Israel y el de los diversos sistemas religiosos surgidos a través de las edades del mundo. Cristo realiza y da plenitud, en su persona y en su acción, al sacerdocio como mediación entre Dios y los hombres y al sacrificio como ofrenda que reconcilia al mundo con Dios.

            La liturgia cristiana es la acción del mismo Cristo que sucede en nuestro tiempo, para

Cercana ya la Pascua, este domingo último de Cuaresma nos dispone para vivir la absoluta novedad que trae la muerte y resurrección de Jesús, que termina con todo lo antiguo para establecer lo definitivo. Dice Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,18). Eso de antaño son las grandes hazañas que Dios hizo con su pueblo. Sorprende esta afirmación porque las obras de Dios deben recordarse siempre. El profeta, sin embargo, lanza su mirada al futuro y ve cosas mayores, inauditas, sorprendentes. Dios actuará con un poder admirable, que dejará pequeñas las obras realizadas hasta el presente.

La escena de la adúltera perdonada por Jesús es un ejemplo de esas obras mayores y una advertencia para no mirar al pasado, en este caso, la ley de Moisés.