Jueves, 07 Abril 2022 08:33

«Triduo Pascual» Domingo de Ramos

El Triduo Pascual —jueves, viernes y sábado santo— nos permite vivir los acontecimientos de la muerte y resurrección de Cristo como una secuencia histórica que ha sido sacralizada por medio de la acción litúrgica. Dicho de otra manera: el fundamento del Triduo Pascual es la historia misma de los acontecimientos últimos de la vida de Jesús, que, en sí mismos, son la liturgia que él mismo ofrece al Padre. Su vida es el definitivo culto que sustituye el culto de Israel y el de los diversos sistemas religiosos surgidos a través de las edades del mundo. Cristo realiza y da plenitud, en su persona y en su acción, al sacerdocio como mediación entre Dios y los hombres y al sacrificio como ofrenda que reconcilia al mundo con Dios.

            La liturgia cristiana es la acción del mismo Cristo que sucede en nuestro tiempo, para

Cercana ya la Pascua, este domingo último de Cuaresma nos dispone para vivir la absoluta novedad que trae la muerte y resurrección de Jesús, que termina con todo lo antiguo para establecer lo definitivo. Dice Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,18). Eso de antaño son las grandes hazañas que Dios hizo con su pueblo. Sorprende esta afirmación porque las obras de Dios deben recordarse siempre. El profeta, sin embargo, lanza su mirada al futuro y ve cosas mayores, inauditas, sorprendentes. Dios actuará con un poder admirable, que dejará pequeñas las obras realizadas hasta el presente.

La escena de la adúltera perdonada por Jesús es un ejemplo de esas obras mayores y una advertencia para no mirar al pasado, en este caso, la ley de Moisés.

La parábola del hijo pródigo, que se proclama en este domingo de Cuaresma, termina con unas palabras del padre al hijo mayor que describen lo que ha sucedido a su hermano pequeño cuando retorna a casa después de malgastar su herencia de forma disoluta. «Hijo —dice el padre— era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,31-32). El paralelismo literario que concluye el relato da la clave de la enseñanza de Jesús: el alejamiento de la casa del padre es muerte y pérdida; el retorno es revivir y ser hallado de nuevo para el padre.

            No se puede decir mejor ni más sintéticamente el significado de la conversión cuaresmal cuando uno retorna al hogar paterno. Sucede hoy que la nula conciencia del pecado impide al hombre en

La Iglesia comenzó a formarse caminando con Jesús. La llamada de los primeros discípulos formó una comunidad en camino que invitaba a la gente a entrar en lo que más tarde se llamaría «Iglesia». Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de caminar, hasta el punto de que el cristianismo fue llamado ya en Jerusalén «el camino». Esta expresión designaba la enseñanza moral del cristianismo, pero recogía la espiritualidad judía del caminar juntos en la dirección marcada por la ley de Dios.  Lo «sinodal» no es un invento actual; es consubstancial a la Iglesia. Después de Pentecostés, los apóstoles y sus colaboradores se dirigieron a todos los pueblos para que Cristo fuera reconocido como Salvador del hombre. Que la Iglesia formara comunidades estables, presididas por los apóstoles y sus sucesores, los obispos, no quiere decir que haya dejado de caminar por el mundo como hizo al inicio de su

Después de haber subido el domingo pasado al monte de las tentaciones para ser testigos del enfrentamiento entre Jesús y el diablo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en el monte Tabor. Pasamos del desierto de la prueba al monte de la luz y de la gloria. Esta pedagogía de la Iglesia en la Cuaresma pretende iluminar el misterio de la persona de Jesús en su doble dimensión: humana y divina. En cuanto hombre, Jesús es tentado como otro cualquiera y experimenta la necesidad de Dios en su prueba. En cuanto Hijo de Dios, revela su gloria mientras ora al Padre.

            El relato de Lucas, proclamado este domingo, a pesar de su brevedad, dice muchas más cosas de las que aparenta. Afirma que la transfiguración sucede «mientras oraba» Jesús. El salmo 34, 2 invita a la oración de esta manera:

El desierto ocupa en la Biblia un lugar predominante. La experiencia de Israel al salir de Egipto y vivir cuarenta años por el desierto del Sinaí marcó para siempre su vida y espiritualidad. Una vez asentado en la tierra prometida, la memoria de Israel retornaría, como vemos en la Biblia, al tiempo del desierto que se convirtió en símbolo de la prueba, de la fidelidad de Dios y de la alianza de amor. Los milagros de Dios en el desierto —la nube de fuego, el agua de la roca, el maná del cielo— se convertirían en símbolos de la constante presencia de Dios a pesar de la incredulidad de su pueblo. Aunque parezca extraño, las tentaciones que padeció Israel durante su peregrinación en el desierto eran un preludio de la gran alianza de amor que Dios se disponía a establecer con Israel. Se comprende que el desierto sea al mismo tiempo lugar de tentación y lugar de desposorios. «La llevaré al desierto y hablaré

Una actitud del hombre sabio es el discernimiento. Esta palabra viene del término latino «discernere», que significa separar, cribar.  Es la acción de quien separa la paja del trigo, lo bueno de lo malo. En el libro del Eclesiástico leemos este pasaje sapiencial de permanente vigencia: «Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos. El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación. El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona. No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona» (Eclo 27,4-7). La sabiduría práctica que revela este texto apunta a la necesidad del discernimiento como tarea esencial del hombre. Por medio de la palabra la persona desvela su corazón y, con frecuencia, sus propósitos, del mismo modo que el fruto indica si el árbol

A comienzos de enero el Papa Francisco convocó al cuerpo diplomático ante la Santa Sede y le dirigió un discurso que figura entre los más importantes del año. Esta vez trató de la pandemia, las migraciones, los conflictos sociales en algunos países y el cuidado de la casa común. Insistió también en el diálogo y la fraternidad como medios para superar crisis actuales (Siria, Yemen, Palestina e Israel, Myanmar) y exhortó a evitar el recurso a las armas.

Recordando su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, subrayó, además, la necesidad de fomentar una cultura del dialogo y la fraternidad por medio de la educación y el trabajo, que son derechos fundamentales de la persona y, al mismo tiempo, ámbitos que necesitan constante protección y vigilancia para que sean cauces de verdadera humanización. En este contexto, el Papa se refirió a

La campaña de Manos Unidas forma parte ya de nuestra conciencia social en la lucha contra el hambre en el mundo. La solidaridad entre todos los seres humanos, propia de la fe cristiana y puesta de relieve con insistencia en el magisterio del Papa Francisco, nos impide contemplar los problemas del hombre desde un punto de vista meramente individual. Todo lo que afecta al individuo es una cuestión social, que involucra a la sociedad entera y a sus instituciones. El individualismo no encaja en la naturaleza del cristianismo: ni en la oración dominical, que empieza con «Padre nuestro», ni en la cumbre de la liturgia que es la eucaristía, donde Cristo se ofrece por toda la humanidad.

            Ser indiferente a las problemas del hombre es desvincularse de la propia identidad y negarse a sí mismo en cuanto miembro de la humanidad.

El pasado viernes, 28 de enero, los obispos de las provincias eclesiásticas de Valladolid, Toledo, Madrid y el arzobispo castrense de España fuimos recibidos por el Papa Francisco en la audiencia que concede al finalizar las reuniones con los organismos de la Santa Sede con ocasión de la visita ad limina. Cada cinco años, los obispos estamos obligados a informar al sucesor de Pedro y cabeza del colegio episcopal de la marcha de nuestras diócesis. Fue un encuentro cordial, fraterno, sincero y «sin censuras», como le gusta decir al Papa a propósito de la colegialidad episcopal. Cada obispo pudo presentar al Papa sus inquietudes e impresiones sobre la marcha de la Iglesia. Previamente, en las reuniones con los llamados Dicasterios o Congregaciones (que son como los ministerios del Papa), habíamos tratado los temas prioritarios de nuestra tarea episcopal: familia y vida, evangelización y trasmisión de la