El año litúrgico termina con la solemnidad de Cristo Rey. Es una forma hermosa de concluir el año contemplando a Cristo en su venida al fin de los tiempos para realizar el juicio sobre la verdad. En el Evangelio de hoy, Jesús no pregunta a las naciones si han creído en él, sino si han vivido la caridad, es decir la verdad que se hace activa. Porque la primera exigencia moral del hombre es vivir en la verdad, la que, como decía san Agustín, «habita en el hombre interior». El que vive en la verdad, sin engañarse a sí mismo, tarde o temprano encuentra a Dios, que es al mismo tiempo verdad y amor.

Cuando Poncio Pilato pregunta a Jesús si él es rey, Jesús lo confirma claramente. Pero, para evitar malentendidos, explica su realeza en estos términos: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 19,37). Jesús es

Entre los tópicos más extendidos sobre la religión está el de ser «opio del pueblo». El opio adormece, inhibe las fuerzas y priva al hombre de su responsabilidad en la vida. Pensando en el más allá —continúa el tópico— uno se desentiende del más acá, cruza los brazos y pasa la vida vegetando. La ignorancia que supone este tópico (por no hablar de intencionalidad malévola) es ciertamente culpable. Porque quien se haya acercado sin prejuicios a las religiones para conocerlas en su objetividad, habrá descubierto que nada les es más ajeno que la responsabilidad de vivir empleando al máximo nuestros talentos. Y si esto no se da, no puede hablarse de religión en sentido propio.

En cuanto al cristianismo, la parábola de los talentos es lo más opuesto a desentenderse de este mundo, que Dios ha puesto en manos del hombre para llevarlo a su plenitud. En esta conocida parábola, el dueño de los talentos

La Jornada de la Iglesia diocesana nos invita cada año a vivir y acrecentar la conciencia de que pertenecemos a una determinada diócesis, en nuestro caso a la de Segovia. Pertenecer a la Iglesia exige conocerla, amarla y contribuir con nuestra aportación, espiritual y material, a que cumpla con su misión en el mundo, que es anunciar y testimoniar a Cristo con palabras y obras. Las ideas de la campaña de este año subrayan el carácter familiar que define a la Iglesia: “Somos lo que tú nos ayudas a ser. Somos una gran familia contigo. Con tu tiempo, tus cualidades, tu apoyo económico y tu oración”.

La Iglesia no es un cuerpo amorfo, sino perfectamente estructurado por el Espíritu en el que cada cristiano tiene su lugar y responsabilidad. Con frecuencia, los cristianos miramos la Iglesia desde fuera sin comprometernos en la tarea común. Esta visión de la Iglesia, como meros espectadores, nada tiene que

Uno de los dogmas que más cuesta entender a los cristianos es el del Purgatorio, como estado en que, pasado el umbral de la muerte, el alma se purifica del lastre que deja el pecado en la vida del hombre antes de gozar de la visión de Dios. Los motivos de esta incomprensión son varios: Si afirmamos que Dios perdona los pecados por medio de la confesión, ¿no es suficiente el sacramento para entrar en la gloria? Por otra parte, ¿cómo entender que, si morimos en gracia de Dios, necesitamos esperar a verlo cara a cara? Y, si después de morir, el tiempo cesa, ¿qué significa entonces ese tiempo de purificación que llamamos purgatorio? ¿Cuánto dura? ¿En qué consiste? Las imágenes del fuego purificador con que se representa el estado del purgatorio también pueden confundirnos si las interpretamos literalmente. Es evidente que se trata de una metáfora que no puede entenderse con nuestras categorías materiales que son inadecuadas para

Este domingo, a las cinco de la tarde en la catedral, la diócesis de Segovia contará con un nuevo diácono después de diez años de carestía. Es una gran alegría y un motivo para dar gracias al Señor en la fiesta de san Frutos. Dios sigue llamando a quien quiere y Alvaro Marín —así se llama el nuevo diácono— ha respondido a la llamada.

La vocación es un gran misterio de elección de Dios. La persona siente que Dios pronuncia su nombre y le dice: ¡sígueme! Así fue al principio, cuando Jesús llamó a los Doce, y así es ahora y lo será siempre. Para verificar la vocación, la iglesia pide un tiempo de maduración y estudio. Jesús llamó a los Doce y vivió con ellos varios años educándolos a vivir como él. Fue una auténtica «escuela» en la que aprovechó toda ocasión para iniciarlos en el servicio que un día les confiaría. A esto ahora lo llamamos seminario, «escuela del seguimiento de

El lema del Domund para este año tiene aire profético. Recuerda la vocación de Isaías, cuando, después de haber sido purificados sus labios con un ascua encendida, dice a Dios: «aquí estoy, mándame». La disponibilidad del profeta es total ante la llamada de Dios. Es la misma disponibilidad de los apóstoles de Jesús cuando éste los llama: dejándolo todo, lo siguieron.

Es imposible ser miembros de la Iglesia y no estar disponibles a la misión. La llamada de Dios es imperiosa, no admite demoras. No podemos reducir el Domund a una colecta extraordinaria, a unas celebraciones litúrgicas especiales, o a testimonios emotivos de misioneros que acuden a las parroquias a contarnos su vida. Todo eso está bien. La misión ad gentes es mucho más.

En primer lugar, es tomar conciencia de que «aquí estoy». Soy yo, mi persona, quien es interpelada por la llamada de Dios.

El día 30 de septiembre el Papa Francisco publicó una carta en el XVI centenario de la muerte de san Jerónimo que ha pasado bastante desapercibida. Además de la que ha dirigido a los monjes del Parral, único monasterio de jerónimos en el mundo, ésta a la que me refiero es un elogio de la figura del traductor de la Biblia al latín, que ha pasado a la historia con el nombre de Vulgata, porque se convirtió en el alimento para el pueblo (vulgo) cristiano durante siglos. La carta lleva por título Scripturae Sacrae Affectus, pues es lo que distinguió a san Jerónimo: un afecto vivo y tierno por la Palabra de Dios, a la que consagró todas sus energías desde una experiencia de conversión en la que Cristo le echó en cara que era más ciceroniano que cristiano porque estimaba más la lengua latina que los escritos bíblicos por considerarlos demasiado toscos e imprecisos para su refinado gusto literario.

San

El día 1 de septiembre la Iglesia celebraba, por deseo del Papa Francisco, la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación, e iniciaba el Tiempo de la Creación que culmina este 4 de octubre en memoria de san Francisco de Asís. La sensibilidad actual hacia la ecología ha puesto la creación en el centro de la reflexión teológica, aunque hay que decir que no es ninguna novedad, dado que en la Biblia y en la enseñanza de la Iglesia la teología de la Creación es uno de los goznes sobre los que gira el pensamiento católico. La creación que Dios puso bajo el cuidado de Adán y Eva es, como se dice ahora, la «casa común» que debemos proteger de todo pillaje, atropello, deterioro y, en último término, aniquilamiento.

El hombre no es dueño de lo creado; sólo su custodio y protector. Los atentados contra lo creado se convierten en pecados contra el Creador y contra el mismo hombre. Según el

Durante mis estudios teológicos en el seminario recuerdo que me llamó la atención un texto del teólogo protestante K. Barth que hablaba de María en relación con la Iglesia. Es sabido que nuestros hermanos de la Reforma no aceptan los dogmas marianos porque implican que el hombre puede colaborar con Dios en la obra de la salvación. Para ellos, la «sola fe» basta para salvarse. Pues bien, me sorprendió leer en K. Barth que el pensamiento católico sobre la Virgen explicaba perfectamente lo que el Concilio Vaticano II había querido hacer al presentar la Iglesia como la comunidad de creyentes que colabora con Dios en la salvación de los hombres. Así es. Si tenemos que simplificar los dogmas sobre María en una sola idea, podemos decir que es la obediencia de la fe mediante la cual se pone a plena disposición de Dios. Me gusta mucho pensar en María como la oyente de la Palabra de Dios que se ha hecho, por la obediencia, totalmente disponible

Los que llevamos mucho tiempo en la Iglesia pensamos que nuestros derechos de ciudadanía nos permiten juzgar el comportamiento de Dios. Creemos conocer bien sus intenciones, planes y modos de actuar. Incluso nos atrevemos a decirle a la cara lo que debe o no debe hacer. Como si fuéramos sus consejeros. Al final del libro de Job, cuando éste pierde la paciencia y se atreve a pedir cuentas a Dios influido por quienes se consideran sus amigos, Dios se muestra con toda su fuerza y sabiduría —bajo la imagen de la tormenta— para pedir cuentas a Job, que se ha atrevido a emplazar a Dios a un diálogo sobre su modo de proceder. «El que critica a Dios, que responda … si eres hombre, cíñete los lomos, voy a interrogarte y tú me instruirás», dice Dios a Job en una de sus firmes interpelaciones.

En el Evangelio de este domingo, la parábola de Jesús sobre los jornaleros que son enviados a trabajar en la viña,