La historia de la salvación es una sucesión ininterrumpida de promesas de Dios. Cuando los testigos de los acontecimientos de Cristo —apóstoles y evangelistas— deciden consignar por escrito lo que han visto, oído y tocado de Jesús, personaje histórico, recurrirán continuamente a las Escrituras para encontrar claves, indicios, anuncios más o menos explícitos y contrastarlo todo con lo que un exegeta alemán llama el «Cristo acontecido». Eran conscientes de que la presencia de Cristo entre los hombres tenía que ver necesariamente con la revelación al pueblo de Israel, llamado pueblo de las promesas. Con ese pueblo, el más pequeño de los pueblos de la tierra, Dios había hecho un pacto que ni siquiera el pecado podría romper. Israel sabía que Dios era fiel y cumpliría sus promesas. Cada promesa nueva era, en cierto sentido, una renovación de la alianza. Se explica, por tanto, que en los evangelios

En el Evangelio de este tercer domingo de Adviento, por tres veces consecutivas, diversos grupos de personas dirigen a Juan Bautista la misma pregunta en orden a la conversión: «¿Qué debemos hacer?». Quienes preguntan pertenecen a tres grupos bien definidos de personas que el evangelista describe como la gente en general, los publicanos y un grupo de soldados. A cada uno de ellos, el Bautista les marca una pauta de conducta antes de bautizarlos en el Jordán. En cuanto al primer grupo, la gente del pueblo llano, Juan les invita a practicar la caridad compartiendo con quienes no tienen ropa y comida. Vestir al desnudo y dar de comer al hambriento figuraban entre las obras típicas de misericordia, a las que alude Jesús en el juicio final: Tuve hambre y me distéis de comer, estuve desnudo y me vestisteis. Al grupo de publicanos, servidores públicos que recaudaban impuestos y tenían fama de abusar de la gente, el

La figura de Juan Bautista personifica la espiritualidad del Adviento. Algunas representaciones que se han hecho de él, basadas en los pocos datos que los evangelios ofrecen, rayan en la caricatura y hacen de él un personaje excéntrico, marginal y alejado de los intereses y problemas sociales. Sin embargo, sabemos que era un profeta influyente, capaz de hacer discípulos y convocar a la gente para la oración y la penitencia. Hasta el tetrarca Herodes Antipas, que ordenó su decapitación, lo respetaba, le oía con gusto, y lo defendía porque sabía que era un «hombre justo y santo» (Mc 6,19). Pero el mejor elogio de Juan lo hace Jesús, al presentarlo como el mayor entre los nacidos de mujer y definirlo como la lámpara que ardía y brillaba. El dato de que el prólogo del cuarto evangelio, que es un himno dedicado al Verbo eterno y encarnado, introduzca al Bautista y afirme que fue «enviado por Dios» como

El año litúrgico cristiano comienza con el tiempo de Adviento, invitación a la esperanza. Todo comienzo conlleva esperanza. Es el anhelo de llegar a término y culminar una obra en la que hemos comprometido el deseo más íntimo del corazón. Cuando no esperamos, la vida se congela en la tristeza, el sinsentido y la rutina de vivir. No hay meta.

            Desde la creación del hombre y el pecado que lo expulsó del paraíso, Dios ha mantenido a la humanidad con promesas de salvación. Podemos decir que Dios no ha dejado de echar aceite en la lámpara de la vida para que nunca se apagara la llama de la esperanza. Y cuando Cristo aparece en el horizonte de la historia humana, las promesas de Dios alcanzan su cumplimiento. Según dice san Pablo, «todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él. Así, por medio de él, decimos

Estamos tan acostumbrados a ver cómo los dirigentes políticos llenan el ámbito público de la vida social con afirmaciones y juicios de valor sobre los más variados temas que afectan a la persona, a su íntima naturaleza y a los problemas de la sociedad, que hemos llegado a pensar que el único poder existente, junto al económico, es el político. Los Parlamentos se convierten en ocasiones en inmensas cátedras desde las cuales, sobre todo por medio de leyes, se busca inculcar en el pueblo antropologías y cosmovisiones desvinculadas de la razón natural y determinadas por presupuestos ideológicos, que, por el simple hecho de venir de los representantes del pueblo, se presentan como indiscutibles. Como si el pueblo les hubiera legitimado para ello. Los mismos que quitan del currículo de la ESO la asignatura de Filosofía o recortan los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas y

El libro del Apocalipsis dice que Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo. Por él todo ha sido creado y hacia él tiende la creación entera en una especie de arrobamiento que busca la consumación. Al acercarnos al fin del año litúrgico, la Iglesia mira al punto final de la historia, al Cristo Omega que, según el Evangelio de hoy, viene «sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13,26) para congregar a la humanidad en un juicio definitivo y solemne. Este lenguaje, de estilo apocalíptico, era bien conocido de los contemporáneos de Cristo pues habían sido educados en una visión teológica del cosmos y de la historia. Junto a estas imágenes, sin embargo, el mismo Evangelio de hoy utiliza otras más sencillas que describen el fin del mundo de manera más cercana y amable. Jesús propone que, si miramos a la higuera cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano

Hay enseñanzas de Jesús que parten de sus observaciones sobre la conducta de la gente. Por los Evangelios sabemos que Jesús era un observador atento a cuanto sucedía a su alrededor, bien en la calle con la gente, bien en los actos de sociedad, como un banquete, o bien mirando a la muchedumbre de los peregrinos cuando subían al templo. En el Evangelio de hoy, el evangelista dice que «estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,41-44).

La solemnidad de Todos los Santos apunta al origen y meta del cristiano y le advierte de que la vida es peregrinación. La santidad de Dios está en el origen de todo. Dios es santo. Así se reveló al pueblo de Israel. De esta verdad se deriva que el hombre, creado a su imagen, está llamado a la santidad. «Sed santos porque yo soy santo» (Lv 11,45). Jesús toma esta «ley de santidad» del pueblo judío y la reformula de esta manera: «Sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Es un cambio ligero pero significativo: nos acerca, en primer lugar, la imagen de Dios, llamándolo Padre, e interpreta la santidad en clave de perfección para hacernos entender que podemos llegar a alcanzarla, porque todo en el hombre tiende a la perfección de su ser, a la plenitud de sus capacidades si orienta bien su libertad.

Desde esta


En el Mensaje del Papa Francisco para el DOMUND de este año, que celebraremos el domingo 24 de Octubre, exhorta a todos los cristianos a vivir la misma compasión de Cristo con la necesidad que el mundo tiene de redención. Recordando la experiencia de los apóstoles que, según dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (4,20), no podían dejar de hablar de lo que habían visto y oído, nos invita a poner el amor en movimiento y comunicar a los demás la alegría de la salvación y los dones que nos ha traído Jesucristo.

Si la experiencia cristiana es auténtica, nos lleva a la misión. Es la forma de agradecer lo que gratuitamente hemos recibido de Dios. «Ponerse en estado de misión, dice el Papa, es un efecto del agradecimiento». Los dones de Dios nunca quedan reducidos al ámbito de quien los recibe, sino que se expanden por la fuerza misma que llevan en sí mismo. Esta expansión y comunicación de la gracia recibida es lo que llamamos


 Hay dos escenas evangélicas que pueden ayudarnos a comprender el sínodo que el Papa Francisco ha convocado para 2023, cuya etapa diocesana empieza este domingo. Una es la de los discípulos de Emaús, narrada por Lucas. Dice el relato que, mientras conversaban por el camino, «Jesús en persona se puso a caminar con ellos» (Lc 24,15). No es preciso recordar el argumento de la escena, de sobra conocido. Me interesa subrayar que Jesús acoge las preocupaciones de los discípulos desalentados por el aparente fracaso del Maestro, las ilumina desde la Palabra de Dios y comparte con ellos la cena que se convierte en una renovada «fracción del pan». Los discípulos recuperan la fe y retornan a la Iglesia madre de Jerusalén a compartir con otros la experiencia del Resucitado. Aquí tenemos una parábola del sínodo. Se trata de escuchar al pueblo de Dios —también a los que han perdido la fe o se sienten defraudados—, iluminar la vida con la Palabra de Dios y celebrar