Secretariado de Medios

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La historia de la salvación es una sucesión ininterrumpida de promesas de Dios. Cuando los testigos de los acontecimientos de Cristo —apóstoles y evangelistas— deciden consignar por escrito lo que han visto, oído y tocado de Jesús, personaje histórico, recurrirán continuamente a las Escrituras para encontrar claves, indicios, anuncios más o menos explícitos y contrastarlo todo con lo que un exegeta alemán llama el «Cristo acontecido». Eran conscientes de que la presencia de Cristo entre los hombres tenía que ver necesariamente con la revelación al pueblo de Israel, llamado pueblo de las promesas. Con ese pueblo, el más pequeño de los pueblos de la tierra, Dios había hecho un pacto que ni siquiera el pecado podría romper. Israel sabía que Dios era fiel y cumpliría sus promesas. Cada promesa nueva era, en cierto sentido, una renovación de la alianza. Se explica, por tanto, que en los evangelios aparezcan expresiones como estas: para que se cumpliera la Escritura, según dice la Escritura, como dice el profeta, etc. En otras ocasiones, los hechos de Jesús son presentados, aunque no expresamente, como el cumplimiento de las profecías y promesas del Antiguo Testamento.

            En el pasaje evangélico de este cuarto domingo de Adviento, se lee el encuentro de María con su pariente Isabel en casa de Zacarías. Es un pasaje entrañable donde se evocan temas del Antiguo Testamento de extraordinario simbolismo. Al escuchar Isabel el saludo de María, la criatura saltó en su vientre y, llena del Espíritu Santo, Isabel levantó la voz y exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,42-45). En la exclamación de Isabel se utiliza un término que en la Biblia griega de los LXX se vincula a la liturgia de los levitas ante el arca de la alianza. De modo indirecto, Isabel vocea con grito grande ante la presencia del arca de la nueva alianza, que es María, en cuyo seno habita ya el Señor. El título aplicado a María — «la madre de mi Señor»— desvela el misterio sucedido en la Virgen que lleva en su seno al «Señor» de cielos y tierra, el Hijo del Altísimo.

            Otro título —«bienaventurada la creyente»— se contrapone a la incredulidad de Zacarías, esposo de Isabel, que no dio fe a las palabras del ángel cuando le anunció el nacimiento de un hijo. María es «la creyente» por excelencia, y su gozo consistirá en el cumplimiento de las palabras del Señor. Más aún: Lo dicho por el Señor ha empezado a realizarse en la gestación del hijo de María. Dios ha sido fiel a sus promesas gracias a la fe de María. Como predicaba el papa Inocencio III, «el autor de la fe no podía ser concebido por una madre incrédula».

            No hay que discurrir mucho para concluir que este pasaje evangélico es el mejor colofón del Adviento y la mejor obertura para las fiestas de Navidad. Dos mujeres encinta: una lleva al precursor; otra al Mesías. Un saludo repleto de gozo y esperanza, porque en la escena aparece «la madre de mi Señor». Y una bienaventuranza que, dicha de María, se hace extensiva a quienes desde entonces a hoy son bienaventurados porque creen que las cosas dichas por Dios no son en vano, sino que tienen cumplimiento, realización. No cabe mayor esperanza para el mundo saber que si el Verbo de Dios se ha hecho carne, es que Dios se ha implicado de tal modo en la historia de los hombres que nada ni nadie podrá abatir la esperanza que nos sostiene como peregrinos de este mundo. ¡Feliz Navidad!

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En el Evangelio de este tercer domingo de Adviento, por tres veces consecutivas, diversos grupos de personas dirigen a Juan Bautista la misma pregunta en orden a la conversión: «¿Qué debemos hacer?». Quienes preguntan pertenecen a tres grupos bien definidos de personas que el evangelista describe como la gente en general, los publicanos y un grupo de soldados. A cada uno de ellos, el Bautista les marca una pauta de conducta antes de bautizarlos en el Jordán. En cuanto al primer grupo, la gente del pueblo llano, Juan les invita a practicar la caridad compartiendo con quienes no tienen ropa y comida. Vestir al desnudo y dar de comer al hambriento figuraban entre las obras típicas de misericordia, a las que alude Jesús en el juicio final: Tuve hambre y me distéis de comer, estuve desnudo y me vestisteis. Al grupo de publicanos, servidores públicos que recaudaban impuestos y tenían fama de abusar de la gente, el Bautista les dice: «no exijáis más de lo establecido». Y, finalmente, exhorta así a los soldados: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga» (Lc 3,14).

            Estas exhortaciones morales, que recogen principios básicos de la ley de Dios, responden, en primer lugar, al deseo de conversión de quienes se acercaban a recibir el bautismo; y, en el segundo lugar, a la expectación que existía sobre la llegada del Mesías, que algunos identificaban con Juan Bautista. En el contexto de esta expectación, el Bautista confiesa abiertamente que él no es el Mesías, pues solo bautiza con agua, mientras que el Mesías bautizará con Espíritu santo y fuego. El pasaje del evangelio termina con estas palabras significativas: «Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio». La predicación de Juan, según el evangelista Lucas, pertenece, por tanto, al Evangelio, el que Jesús trae en su propia persona y que explicitará mediante sus hechos y enseñanza.

            Si leemos este pasaje de san Lucas en el tercer domingo de Adviento es porque, en la preparación a la Navidad, la iglesia nos invita a preguntamos también nosotros: «¿qué debemos hacer?». La llamada a la conversión, que conlleva el Adviento, suscita en el cristiano el deseo de hacer obras de santidad y justicia para recibir a Cristo en la Navidad. Reducir la Navidad a simples fiestas de invierno sin el significado cristiano que comporta, supone perder de vista su origen y finalidad. No hay que olvidar, además, que la palabra «evangelio» significa buena noticia, anuncio gozoso. Precisamente este domingo tercer de Adviento es llamado «domingo Gaudete», porque en el texto de san Pablo, que leemos como segunda lectura, utiliza dos veces este verbo latino que invita a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4). La alegría es la nota distintiva del Evangelio en cuanto anuncio de la venida del Mesías, Cristo Jesús. No se trata de una alegría cualquiera, y mucho menos pagana, sino de la que produce el hecho histórico de que Dios entra en la escena de los hombres para ofrecerles la redención del pecado y de la muerte. Es la alegría de la salvación última que se ofrece a los hombre como regalo de Dios en su Hijo Jesucristo. Ante tal acontecimiento, el hombre salta de gozo porque deja de ser un condenado a muerte sin remedio y pasa a ser un redimido por Cristo. Por eso, la pregunta «¿qué debemos hacer?» revela la actitud de que, ante la misericordia de Dios manifestada en Cristo, sólo cabe salir de uno mismo, acoger el regalo que Dios nos hace, y responder con obras de conversión a la oferta de su entrañable misericordia. A esto nos invita la buena noticia del Adviento.

 

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Viernes, 03 Diciembre 2021 12:14

SAN MIGUEL ABRE SUS PUERTAS A LAS VISITAS

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La iglesia de San Miguel abre sus puertas al público. Un proyecto con el que se busca acercar a segovianos y visitanes tanto el legado cultural cristiano como su aportación al patrimonio de la ciudad. Así, el encargado de la parroquia de San Miguel, D. Isaac Benito Melero, defiende que el principal motivo para la apertura del templo es que «una iglesia cerrada no evangeliza». De hecho, que la iglesia se abra a las visitas supone una continua catequesis, como instrumento e instrucción en la fe para todos aquellos que «estén dispuestos a abrir su corazón a este misterio divino». 

Además, Isaac Benito cree que con este proyecto se rinde un recuerdo especial a los antepasados, ya que es «increíble» que nada más derrumbarse la primitiva iglesia románica, fueran capaces de construir «este templo tan hermoso» con el esfuerzo enorme —alentado por la fe— de los feligreses de la parroquia. Por ello, es también un signo de agradecimiento a todos los que a lo largo de los siglos han hecho posible que la iglesia cuente con el rico patrimonio que hoy alberga: construcción, altares, imaginería, pinturas... en definitiva, todo aquello que nos invita a penetrar e interiorizar nuestra fe. 

No hay que olvidar que que la iglesia de San Miguel tiene una especial concexión con personajes históricos de relevancia, como la reina Isabel la Católica y el médico Andrés Laguna. De hecho, en la tribuna de la primitiva iglesia de San Miguel, que entonces ocupaba el centro de la Plaza Mayor, fue proclamada Isabel como reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474. Para la contemplación artística y la vivencia de la fe, la iglesia permanecerá abierta al público desde hoy, de lunes a sábado de 11.00 a 14.00 horas y de 16.00 a 18.00 horas. Domingos y festivos de 11.00 a 12.30 horas y de 16.00 a 18.00 horas. Durante la visita, se pordrá recorrer el interior del templo y conocer su valor e historia a través de los paneles y códigos QR instalados en diferentes puntos de interés.

Finalmente, y fruto de la colaboración entre parroquia, Obispado y Ayuntamiento, surge un proyecto piloto mediante el cual, Turismo de Segovia ofrecerá visitas guiadas al interior del templo. Las visitas, de carácter gratuito, tendrán lugar los días 20, 21 y 22 de diciembre a las 17 horas. Para inscribirse, es necesario acudir de manera presencial al Centro de Reservas de Turismo de Segovia, ubicado en la plaza del Azoguejo.

 

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Jueves, 02 Diciembre 2021 08:49

REVISTA DIOCESANA DICIEMBRE 2021

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La figura de Juan Bautista personifica la espiritualidad del Adviento. Algunas representaciones que se han hecho de él, basadas en los pocos datos que los evangelios ofrecen, rayan en la caricatura y hacen de él un personaje excéntrico, marginal y alejado de los intereses y problemas sociales. Sin embargo, sabemos que era un profeta influyente, capaz de hacer discípulos y convocar a la gente para la oración y la penitencia. Hasta el tetrarca Herodes Antipas, que ordenó su decapitación, lo respetaba, le oía con gusto, y lo defendía porque sabía que era un «hombre justo y santo» (Mc 6,19). Pero el mejor elogio de Juan lo hace Jesús, al presentarlo como el mayor entre los nacidos de mujer y definirlo como la lámpara que ardía y brillaba. El dato de que el prólogo del cuarto evangelio, que es un himno dedicado al Verbo eterno y encarnado, introduzca al Bautista y afirme que fue «enviado por Dios» como «testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él», es la prueba de su eminente papel en la vida de Cristo.

            Juan Bautista es el último gran profeta del Antiguo Testamento cuya misión es presentar al Mesías que llevará a cabo la restauración del mundo y la redención del hombre. Él deja claro que no es el Mesías, ni Elías ni el Profeta definitivo. Se define a sí mismo simplemente con las palabras de Isaías: «La voz que grita en el desierto: allanad el camino el Señor». Si Cristo es la Palabra, el Bautista es la voz que prepara su venida. Si Cristo es la Luz del mundo, Juan es la lámpara que arde y brilla. Si el Precursor bautiza con agua, Cristo bautizará con Espíritu Santo. Juan está al servicio de Cristo. De ahí que se desprenda de sus discípulos para que sigan a Jesús, y define su relación con Cristo con estas significativas palabras: «Él tiene que crecer y yo que menguar» (Jn 3,30).

             En este segundo domingo de Adviento, el Evangelio de Lucas presenta a Juan en las coordenadas históricas de su tiempo con gran solemnidad para darnos a entender que el Bautista no es una ficción ni un personaje de leyenda, sino que pertenece a la historia de Cristo. Dice así: «En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3,1). Lucas no puede ser más preciso, pero, junto a los datos históricos, introduce la nota distintiva de la fe: «vino la palabra de Dios sobre Juan». Como sucedió en otros momentos de la historia de Israel, Juan es un llamado por Dios para proclamar su palabra, que anunciará la llegada de los tiempos nuevos. La voz que grita en el desierto posee la fuerza de la palabra de Dios que está a punto de intervenir de modo definitivo en la historia de Israel y de la humanidad enviando a su Hijo. Se explica entonces que el Bautista personifique la espiritualidad del Adviento, pues invita a acoger al Salvador y le prepara el camino, según la profecía de Baruc que se lee este domingo: «Dios ha mandado rebajarse a todos los montes elevados  y a todas las colinas encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos hasta hacer que el suelo se nivele, para que Israel camine seguro,  guiado por la gloria de Dios. Ha mandado a los bosques y a los árboles aromáticos que den sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel con alegría, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia». Esta es la misión de Juan: anunciar que el desierto será un vergel porque Dios, en su Hijo, viene a guiar a su pueblo.

 

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El año litúrgico cristiano comienza con el tiempo de Adviento, invitación a la esperanza. Todo comienzo conlleva esperanza. Es el anhelo de llegar a término y culminar una obra en la que hemos comprometido el deseo más íntimo del corazón. Cuando no esperamos, la vida se congela en la tristeza, el sinsentido y la rutina de vivir. No hay meta.

            Desde la creación del hombre y el pecado que lo expulsó del paraíso, Dios ha mantenido a la humanidad con promesas de salvación. Podemos decir que Dios no ha dejado de echar aceite en la lámpara de la vida para que nunca se apagara la llama de la esperanza. Y cuando Cristo aparece en el horizonte de la historia humana, las promesas de Dios alcanzan su cumplimiento. Según dice san Pablo, «todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él. Así, por medio de él, decimos nuestro Amén a Dios, para gloria suya a través de nosotros». Decir «Amén» es afirmar que la esperanza se ha cumplido, vive entre nosotros y se llama Jesucristo. De ahí que los cristianos no pueden vivir en la aflicción de quienes no tienen esperanza (cf. 1 Tes 4,13). El apóstol se refiere a la aflicción de la muerte que representa la máxima desesperanza. Una esperanza que no permitiera atravesar el umbral de la muerte con la certeza de la vida eterna no sería tal. Si la muerte fuera el fin del camino, seríamos los más desgraciados de los hombres.

            El Adviento acrecienta la esperanza, y por ello nos invita a salir al encuentro del Dios que viene en nuestra propia carne. Las primeras palabras de la predicación de Jesús son una llamada a la conversión: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Para entender bien este comienzo, debemos recordar que el año judío empieza y termina con la llamada a la conversión, al retorno a Dios. La fiesta de Rosh ha Shaná, que inicia el año nuevo, es una invitación a la renovación total. Jesús inicia su ministerio con este espíritu de la espiritualidad judía. La razón es clara: Dios se acerca, viene a renovar el mundo. La cercanía del reino de Dios, es decir, de su soberanía sobre todas las cosas, mueve al hombre a volverse a él. Cristo inaugura el tiempo nuevo y definitivo. Según los rabinos, Dios también reza. ¿Cómo es posible esto? podemos preguntarnos. ¿Cómo puede rezar Dios? ¿A quién se dirige cuando reza? El Talmud de Babilonia pone estas palabras en labios de Dios: «¡Que la medida de mi misericordia prevalezca sobre la medida de mi justicia!». Dios es pura misericordia y viene al mundo en su Hijo, que es la misericordia encarnada en favor de los hombres.

            A la luz de lo dicho se entiende que la llamada a la conversión del Adviento se distingue de la que proclama la Cuaresma. En el Adviento, la novia espera al novio y sale en su búsqueda; en la Cuaresma, la esposa llora al esposo y rasga su carne con la penitencia. Son dos modos de expresar el amor. Lo distintivo del adviento es la alegría porque la llegada inminente de Dios anuncia sus desposorios con la humanidad, aniquila el temor a morir y arroja al abismo la soledad del hombre sin esperanza de salvación. El sonido del cuerno judío llamando a la oración recuerda el toque de trompetas que anuncia la llega del rey. En opinión de los judíos, al sonar el cuerno, Dios abandona el trono de la justicia para sentarse en el trono de la misericordia que desea derramar a manos llenas. ¿No es esta la misión de Cristo? ¿No acuden a él los lisiados, leprosos, ciegos y sordos? ¿No viene a resucitar a los muertos? ¿No es él la luz del mundo que ilumina a quienes están postrados en tinieblas y en sombras de muerte? Si esto es así, vivamos la bienaventurada esperanza. Levantemos la cabeza, se acerca nuestra liberación.

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El claustro del Seminario Diocesano acoge por tercer año consecutivo un nuevo belén monumental que nos acerca a las tierras del Duratón

 

Un año más el claustro del Seminario Diocesano de Segovia se convierte en lugar de referencia en las visitas navideñas por acoger el belén monumental. La muestra de esta edición se suma a la de los dos pasados años (de temática costumbrista y hebrea, respectivamente), alcanzando ya una superficie de 120 metros cuadrados que recrean tan entrañable acontecimiento navideño.

              El belén monumental de este año nos acerca a las tierras segovianas del «espiritual río Duratón». En un paseo que comienza con la imagen de la visitación, y a través de la representación del conocido paraje de la Pedriza y de las Hoces de los ríos Duratón y Riaza podremos contemplar iglesias, monasterios, ermitas, murallas, cuevas,... lugares fácilmente reconocibles por los segovianos que, podrán seguir un camino de conversión que culminará con la contemplación del Misterio, enclavado en la cueva de los Siete Altares de Sebúlcor. Además, el visitante podrá disfrutar de una sorpresa al final de su paseo.

              Un recorrido por diferentes enclaves llenos de vida gracias a las más de cien figuras que ambientan el nacimiento de Jesús, de autores de renombre como Mayo Lebrija, Montserrat Ribes, Olot o los Hermanos Cerrada. Un homenaje a las pequeñas ermitas que pueblan nuestra provincia, recordando el espíritu de consagración que presidió este territorio de Segovia, todo ello integrado en la naturaleza, con fauna y flora de la zona.

La disposición de los belenes a lo largo del claustro permite observarlos con la debida distancia y en cumplimiento de las medidas sanitarias contra la Covid19 (mascarilla obligatoria, distancia y uso de gel hidroalcohólico), que se van a seguir manteniendo en la visita al recinto.

El próximo domingo 28 de noviembre, a las seis de la tarde, nuestro Obispo D. César inaugurará la muestra con una sencilla ceremonia de bendición. Desde entonces, quedará abierto hasta el próximo 9 de enero de 2022 con el siguiente horario de apertura: lunes a viernes de 17.30 a 20.30h; domingos y festivos de 12 a 14h y de 17.30 a 20.30h.

 

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Estamos tan acostumbrados a ver cómo los dirigentes políticos llenan el ámbito público de la vida social con afirmaciones y juicios de valor sobre los más variados temas que afectan a la persona, a su íntima naturaleza y a los problemas de la sociedad, que hemos llegado a pensar que el único poder existente, junto al económico, es el político. Los Parlamentos se convierten en ocasiones en inmensas cátedras desde las cuales, sobre todo por medio de leyes, se busca inculcar en el pueblo antropologías y cosmovisiones desvinculadas de la razón natural y determinadas por presupuestos ideológicos, que, por el simple hecho de venir de los representantes del pueblo, se presentan como indiscutibles. Como si el pueblo les hubiera legitimado para ello. Los mismos que quitan del currículo de la ESO la asignatura de Filosofía o recortan los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas y morales (CE art. 27 § 3) no dudan en imponer ideologías contrarias a la naturaleza de la persona. Se niega la existencia de una verdad universal sobre el hombre abriendo la puerta sin reparos a «verdades» dimanadas de los propios idearios políticos. Por otra parte, la idea de que lo permitido por la ley es también ético ha suprimido la íntima relación entre naturaleza y derecho, de forma que éste tendría su fundamento, no en la naturaleza humana en cuanto tal, sino en la subjetividad del individuo. Como afirma la encíclica Veritatis Splendor, «el individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana» (nº 32).

En el Evangelio de hoy, solemnidad de Cristo Rey, Jesús representa el poder de la verdad. Acusado de tener pretensiones políticas, declara que su reino no es de este mundo, pues, en tal caso, su «guardia habría luchado para no caer en poder de los judíos» (Jn 18,36). Jesús deja claro a Pilato que su realeza es de otro orden: el de la verdad. El orden, al que todos los demás —político, económico, cultural—deberían plegarse pues la vocación esencial del hombre es la búsqueda, acogida y el respeto a la verdad. «Amigo es Platón, pero más amiga la verdad», dice el dicho atribuido a Aristóteles. Jesús se define a sí mismo desde la autoridad de la verdad: «Yo para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37). En la sociedad de las «fake news», donde la mentira se ha establecido como categoría de estrategia política es evidente que la verdad —ni la de Cristo ni la que procede de la estructura de la naturaleza humana— serán escuchadas por quienes han renunciado a la primacía de la razón sobre la propia subjetividad. Se podrá objetar que la verdad de Cristo vincula solo a los cristianos. Jesús, sin embargo, no habla de «su verdad», sino de la verdad que precede a su propia venida, pues afirma que ha venido para dar testimonio de «la verdad», indicando que lo que él enseña y personifica está presente ya en quien «es de la verdad», pues en todo hombre existe, por el hecho de su religación con Dios desde la creación, la aspiración a descubrir la verdad y someterse a ella con gozo y libertad. Es cierto que Cristo se presenta a sí mismo como «el camino, la Verdad y la Vida». Y, al afirmar esto, piensa en todos los hombres, no solo en los que le siguen. Los cristianos hemos tenido la gracia de reconocerlo y de ser acogidos bajo su dichosa soberanía al formar parte de su Reino. En él vemos ya realizada la Verdad de Dios sobre el hombre, pues al asumir nuestra naturaleza nos permite reconocer que la verdadera humanidad consiste en reproducir en nosotros su propia imagen, la que Dios dejó impresa en cada hombre en el acto de la creación.

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El libro del Apocalipsis dice que Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo. Por él todo ha sido creado y hacia él tiende la creación entera en una especie de arrobamiento que busca la consumación. Al acercarnos al fin del año litúrgico, la Iglesia mira al punto final de la historia, al Cristo Omega que, según el Evangelio de hoy, viene «sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13,26) para congregar a la humanidad en un juicio definitivo y solemne. Este lenguaje, de estilo apocalíptico, era bien conocido de los contemporáneos de Cristo pues habían sido educados en una visión teológica del cosmos y de la historia. Junto a estas imágenes, sin embargo, el mismo Evangelio de hoy utiliza otras más sencillas que describen el fin del mundo de manera más cercana y amable. Jesús propone que, si miramos a la higuera cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano está cerca. Del mismo modo, cuando veamos que suceden los signos apocalípticos referidos en su discurso, debemos pensar que «él está cerca, a la puerta».

Junto a una visión extraordinaria del mundo que, ante la llegada del Señor, se estremece en sus fundamentos y en los cielos, tenemos esta otra del visitante que llama a la puerta. También esta imagen aparece en el Apocalipsis: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apc 3,20). Pocas imágenes podemos hallar más expresivas que esta. La historia se consumará cuando el Resucitado vuelva en su gloria y llame a mi puerta para cenar conmigo. El Dios de la creación y de la historia, el vencedor sobre el pecado y la muerte llama a la puerta para intimar en una cena que no tendrá fin.

Ante esta perspectiva se comprende que, desde la partida de Jesús resucitado al Padre, la iglesia anhelara su vuelta. Miraba al final, a la meta de su peregrinar. Añoraba el tiempo de la convivencia con el Maestro y atisbaba el horizonte con el deseo de su retorno. Estaba a la espera de que alguien llamara a la puerta y abrirle con la certeza de que era el Maestro. Esta visión de la historia hoy suena a mito, leyenda, relato piadoso y edificante, es decir, literatura. Nos falta la vivencia de la cercanía de Dios en Cristo. No miramos a la meta, hemos perdido lo que Julián Marías llamaba la visión «futuriza» de la vida. Si hay algo cierto es que la vida avanza hacia su fin. En estos días los poderosos de la tierra, reunidos para hablar del clima y de nuestro planeta, han pronunciado discursos apocalípticos sobre el fin de nuestro planeta si seguimos tratándolo como un cubo de basura. ¿Son los nuevos profetas? Dejando aparte la visión global del planeta, más cercano es el fin de cada uno de nosotros, la llegada a la «Estación Termini» de la vida. Como en la película de Vittorio de Sica que lleva este nombre, la estación es el símbolo de la decisión: ¿qué hacer con mi vida? No podemos dejar que pasen los trenes, uno tras otro, sin tomar en serio la verdad de mi vida, cuyo fin es seguro. La vida tiene un punto omega, que, gracias a Cristo, está lleno de esperanza y de amor infinito. Creer es esperar el momento de la consumación, de la plenitud escatológica en la que este mundo viejo dará paso al nuevo, totalmente liberado de la esclavitud y de la muerte, inimaginable pero real, un mundo que se abrirá paso en la vida de cada uno de nosotros cuando oigamos que llaman a la puerta y la abramos con la convicción de que el Altísimo se ha hecho tan cercano a nosotros, tan compañero y amigo, que viene a cenar con nosotros en la cena sin fin, partiendo el mismo pan que nosotros comemos cada domingo.

 

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